Homilía
pronunciada por Mons. Eduardo P. Patiño Leal, Obispo de la
Diócesis de Córdoba, en ocasión
de la peregrinación de su diócesis a la Basílica
de Guadalupe.
14 de junio del 2005
5° Aniversario de la Erección de la Diócesis de Córdoba
Muy queridos
hermanos, nos sentimos en la casa de la madre a la que concurrimos los
mexicanos con tanta confianza y devoción. La morenita del Tepeyac,
la Virgen de Guadalupe, ha querido esta casa para apoyarnos en nuestro
caminar como seguidores de su Hijo Jesús. Para hacernos experimentar
su maternal protección y levantar la esperanza de todos los peregrinos.
A lo largo del año muchos de nosotros acudimos
con la misma confianza a encomendarnos a su intercesión y a darle
gracias porque su oración unida a la nuestra nos ha conseguido
del Padre celestial tantos favores y maravillas que sigue haciendo en
nosotros como las hizo en María, la humilde esclava del Señor.
Sin embargo, ésta es nuestra peregrinación
anual como diócesis: lo cual nos permite más intensamente
experimentar el gozo de sabernos pueblo y familia de Dios, rescatado
por la Sangre preciosa de su Hijo Jesucristo. El día de hoy,
cumplimos cinco años como diócesis y un servidor, también
cinco años como su pastor y obispo. Nos felicitamos mutuamente
y con María, nuestra madre, elevamos una acción de gracias
al Padre, por Jesucristo en la unidad del Espíritu de amor, por
los logros y dones recibidos de estos primeros cinco años. Aún
las dificultades para nuestro inicio como diócesis son regalo
de Dios, si sabemos unirlas a la Pasión de Cristo y con entrega
alegre y generosa, permitir al Padre bondadoso y providente, que nos
tiene tanta paciencia y sabe incluso sacar de los males bienes a favor
de su Iglesia.
La primera lectura que hemos escuchado nos invita a
mirar a una señal grandiosa: una mujer, vestida de sol, con la
luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Nos
la describe "embarazada” y gritando de dolor porque está
a y punto de dar a luz.
La tradición ha leído y meditado este
pasaje del Apocalipsis, en un doble sentido: uno que identifica la mujer
con María, y otro con la Iglesia.
1) María es la mujer vestida de sol, pues ella
es Ia madre del varón "que ha de gobernar a todas las naciones",
Jesucristo, que fue por su resurrección y ascensión gloriosa,
se dice que "fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono".
Es Jesucristo, el cordero el único que puede abrir los siete
sellos de la historia del mundo, el cordero que degollado nos recuerda
su pasión y sus llagas, pero al mismo tiempo "de pie"
y erguido, porque resucitado, comparte con Dios el poder y la gloria.
El mismo Jesús, en el Evangelio de San Juan, llama a María
la "mujer”, en el momento en que intercede por los novios
y la familia de Caná; y también "mujer" cuando
le confía a María, el destino y cuidado de Juan el apóstol
y de toda la Iglesia en él representada.
2) Pero la mujer vestida de sol, también alude
a la Iglesia apostólica, el pequeño rebaño del
grupo de apóstoles y seguidores de Jesús. A ellos Cristo
les anuncia en la última cena, que les será quitado. Que
dentro de poco no lo verán y luego lo volverán a ver.
Los compara Jesús a la mujer que cuando está encinta,
sufre los dolores de parto, pero que su tristeza se convierte luego
en un gozo por haber dado un hijo al mundo. Así los apóstoles,
se volvieron a regocijar y alegrar al ver al Resucitado y su alegría
fue colmada. La comunidad apostólica se parece entonces a la
mujer, que una vez dado a luz, debe "huir al desierto" donde
"será alimentada" por Dios.
Es nuestra Iglesia que revive el peregrinar del éxodo por el
desierto y es alimentada por Cristo, el nuevo Maná, el pan de
vida que nos da la fuerza para perseverar en la fe y resistir las asechanzas
del Maligno, aquel dragón que "se fue a hacer la guerra
al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos
de Dios y guardan el mensaje de Jesús" (cf. Ap. 12, 17).
Así hermanos queridos, en la mujer vestida de
sol, está María y estamos nosotros que queremos guardar
el mensaje de Jesús, su Evangelio que puede transformar nuestras
personas, nuestras familias y nuestro mundo. Al contemplar la bendita
imagen de la Virgen de Guadalupe, y reconocerla como quedó pintada,
vestida de sol y de estrellas, y su vientre ligeramente abultado, la
reconocemos como lo que ella misma manifestó al indio san Juan
Diego, dijo ser "la madre del verdadero Dios por quien se vive".
Con esta tierna madre de Jesús y madre nuestra, nos sentimos
unidos y fortalecidos para seguir guardando los mandamientos y el mensaje
evangélico de Jesús, para descubrir que es el Dios que
anuncia es el "Dios por quien se vive", el Padre celestial,
"Dios de vivos y no de muertos, el Hijo eterno, Camino, Verdad
y Vida; el Espíritu amoroso, "Señor y dador de vida."
Al encontrarnos en la Eucaristía de esta peregrinación,
como familia diocesana nos uniremos en el Maná que nos sostiene
para seguir luchando y construyendo nuestro caminar como Iglesia particular.
Como saben hermanos, desde la Asamblea Eclesial de
noviembre 2004 hemos venido recogiendo las experiencias y anhelos de
sacerdotes, religiosas y laicos para que el nuevo lustro o quinquenio
que estamos empezando, nos encuentre más unidos, con la eficacia
que Cristo quiso dotar a su Iglesia, cuando pedía al Padre "que
todos sean uno, como tú padre y yo somos uno... para que el mundo
crea". Si realmente queremos ser fieles a Jesús y su mensaje
de vida, no podremos convencer al mundo tan golpeado por el mal y los
efectos de criterios contrarios al evangelio, si no nos ven unidos,
como la primitiva comunidad, "teniendo una misma fe y un mismo
espíritu". Con la ayuda de Dios y la buena voluntad de todos
ustedes, sacerdotes, religiosas y laicos, esperamos poner en marcha
en la 6a asamblea eclesial del próximo noviembre.
Se sumará a nuestro trabajo, la guía
del Santo Padre Benedicto XVI, que como nuevo sucesor de Pedro, ha tomado
el timón de la barca de Jesús, y con su magisterio nos
confirma en la fe y nos alienta en la caridad y la esperanza. Mi próximo
encuentro, junto con mis demás hermanos obispos de México,
el próximo septiembre, será para mí como apóstol
y pastor, un fortalecimiento y espero que a través de mi humilde
ministerio, fortalezca también a nuestra Iglesia de Córdoba,
al servirla con mayor entusiasmo y entrega.
Queremos reemprender una Nueva Evangelización
de toda nuestra gente, para que pueda redescubrir la alegría
del encuentro liberador con Jesucristo vivo, y en una conversión
permanente, no dudemos en ser fieles y llevar a todos, especialmente
las familias y los jóvenes, la libertad plena de los hijos de
Dios.
Pero nadie da lo que no tiene. Si queremos llevar el
Evangelio a otros, debemos avanzar en dejarnos nosotros mismos evangelizar.
El Evangelio de san Lucas que hoy escuchamos, nos recuerda
el gozo de María, cuando fue primero "evangelizada"
por el ángel Gabriel, en ese dichoso "Alégrate, llena
de gracia, el Señor está contigo." María recibe
el gozoso anuncio de que será la madre del "Hijo del Altísimo"...
el "Hijo de Dios". Ella aceptando primero en la fe la Palabra
eterna, concibió en su carne a nuestro Salvador. Así María
es la primera evangelizada, la mujer dichosa por haber creído
y fiel siempre al Evangelio de su Hijo, el primer sagrario de Jesús,
el Pan de vida, la nueva Arca de la Alianza que lleva consigo a nuestro
Salvador.
Por eso ella evangelizada, luego se convertirá en "evangelizadora"
y solidaria con su prima Isabel, llevándola a ella y a su hijo
Juan Bautista, la alegría compartida de la presencia salvadora
de Jesús.
Para nuestra patria mexicana, el Papa Juan Pablo II,
tan querido por todos nosotros, supo descubrir en el evento del Tepeyac,
la presencia admirable de Cristo a través del rostro maternal
de su Madre, María, que asumió para los naturales de estas
tierras y todos los moradores, los rasgos de una buena noticia inculturada,
que sabe hablar el lenguaje y las expresiones de los pueblos evangelizados.
Por eso nos enseñaba en Puebla y en Santo Domingo:
"En efecto, en la figura de María -desde el principio de
la cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del Evangelio de
Jesús- se encarnaron auténticos valores culturales indígenas.
En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac se resume el gran principio
de la inculturación: la íntima transformación de
los auténticos valores culturales mediante la integración
en el cristianismo y el enraizamiento del cristianismo en las varias
culturas." (1). Por este motivo, el Santo Padre ha querido honrar
a la Madre Dios en tierra americana con el título de: "Estrella
de la Primera y de la Nueva Evangelización". (2)
Pidamos hermanos para que María de Guadalupe
con su intercesión nos permita la dicha de ser perfectamente
evangelizados y que juntos podamos ser todos, entusiastas promotores
de la nueva evangelización de nuestras familias.
Ayúdenme a darle gracias a Dios por su asistencia
continua que como obispo me ha brindado a lo largo de estos primeros
cinco años. Y pidan que María "la Reina de los apóstoles"
esté siempre a mi lado como protectora, como maestra de oración,
de servicio y solidaridad con todos ustedes.
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NOTAS
1.- Juan Pablo II, Discurso inaugural, IV Conferencia
General del "Episcopado Latinoamericano, 24. (12 de octubre de
1992). Cfr. Celam TII, Puebla, 446; Celam IV, Santo Domingo, 15.
2.- Juan Pablo II, Santo Domingo, Discurso inaugural,
31.