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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad del Corpus Christi.

Jueves 26 de mayo de 2005

Muy amados hermanos y hermanas en el Señor. La Iglesia vive de la Eucaristía. No sabría que hacer ni de qué manera vivir si no fuera por el Cuerpo y la Sangre del Señor que nos alimenta, que nos da fuerza, que nos anima a vivir con alegría nuestra fe cristiana.

En la Eucaristía, como lo afirma el Concilio Vaticano II, los cristianos encontramos la fuente y el culmen de todo cuanto somos. Es por esta razón que el Santo Padre, el Papa Juan Pablo II de felíz memoria, convocó a la Iglesia Universal a vivir un año especial de la Eucaristía, de octubre del año 2004, al octubre 2005.

Quédate con nosotros Señor, ha suplicado el Papa y es el anhelo de toda la Iglesia, de cada creyente que se ha hecho realidad en el Santo sacrificio de la misa.

Efectivamente mis amados hermanos, el Señor se ha quedado con nosotros y no sólo en su Palabra o en su recuerdo, sino que ha querido permanecer realmente presente en su cuerpo y en su Sangre que recibimos en cada Eucaristía.

En su Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, el Papa Juan Pablo II nos dio varias consignas para este Año de la Eucaristía: Que intentemos profundizar en nuestro conocimiento este Sacramento; que celebremos mejor la misa dominical; que la Eucaristía sea factor de unidad interior y estímulo para la misión; que nos ayude a vivir al servicio de los últimos, de los pequeños, de los marginados.

También nos pide que demos particular relieve a la fiesta del Corpus. Dice el Papa en el número 18 de esta su Carta Apostólica Mane nobiscum Domine: “Vívase este año con especial fervor la solemnidad del Corpus Christi, con su tradicional procesión.

Que la fe del Dios que al encarnarse se hizo compañero nuestro de viaje, se proclame por doquier, especialmente en nuestras calles y entre nuestras casas como expresión de nuestro grato amor y fuente de inextinguible bendición.

Miren mis amados hermanos y hermanas, Cristo es el verdadero maná bajado del Cielo para que nadie muera sino que viva y se llene de esperanza. Cristo no nos alimenta para unos días, no!, nos alimenta para siempre y no sólo prolonga la vida sino que la cambia haciéndola participar de la misma vida de Dios.

Es como una nueva transustanciación no ya del Pan sino de la Persona misma. El que comulga ya no vivirá El, será Cristo quien viva en él. Después de la multiplicación de los panes, hemos escuchado en el trozo del Evangelio de hoy, Capítulo Sexto de San Juan que es el capítulo más largo, en donde encontramos precisamente el discurso de Jesús sobre el Pan de Vida. Jesús se presenta  a sí mismo como el mejor Pan, el Pan por excelencia. Un Pan bajado del Cielo, regalo del Cielo, mejor que el maná.

Un pan que sacia toda hambre, todas las hambres. Un Pan vivo que llena de Vida. Un Pan que asegura la inmortalidad venciendo toda muerte con resurrección. Un Pan que nos nutre de Dios. Un Pan que nos diviniza.

Mis amados hermanos, ¿quién no querrá acercarse para comer de este Pan?, que además es gratuito. Todos sabemos que el pan es vida, por eso lo pedimos a Dios en el Padrenuestro. Dios no quiere a sus hijos hambrientos, quiere que sus hijos vivan, por eso les manda Pan del Cielo. Y ese Pan del Cielo baja en forma de fuerza, en forma de energía, para trabajar, para luchar…

Que sea regalo, pero que también sea cultivo, así el Pan será de Dios y será nuestro. Será más apreciado, nos sabrá mejor. Qué sabroso cuando nos comemos el Pan con el sudor de nuestra frente y no con el sudor del de enfrente, qué terrible es eso.

Mis hermanos, nuestro Señor nos dice, en la Primera Lectura lo hemos escuchado en el Libro del Deuteronomio: “Pero no sólo de pan vive el hombre”, hay otras hambres y otras necesidades; hambre de dignidad y reconocimiento, de justicia y solidaridad; de amistad y de cercanía; de belleza y felicidad.

El hombre tiene hambre de vida, tiene hambre de amor, tiene hambre de Dios. Y Dios quiere satisfacer esas hambres profundas, para eso se nos dio, para eso nos entrega su Palabra que nos llega de forma fragmentaria. Y después, al ver que los hombres seguían hambrientos, el mismo se hizo Pan: “Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del Cielo”.

Mis hermanos, Dios se empanizó, Dios se hizo comestible. Ahora sí que podrá asociárselo: “El que coma de este Pan vivirá para siempre”, dice el Señor Jesús.

Cristo se hizo Pan partido porque entregó su vida para salvarnos. No vivió para sí sino para nosotros y para el Padre. Se dejó romper para que pudiéramos alimentarnos de su Espíritu. ”El que coma mi carne habita en mí y yo en él”. “El que me come vivirá por mi”. Mis hermanos, son vidas que se unen, ¡qué increíble es esto!, la de Dios y la nuestra; la de Jesús y la nuestra; la de Jesús y la nuestra.

El Pan partido hecho alimento significa la Muerte y la Resurrección de Cristo. El Pan muere para dar vida a quien lo come.  También la Muerte de Cristo es nuestra victoria sobre la muerte. Es nuestra vida. “El que come este Pan, vivirá para siempre”.

Mis amados hermanos, el que se asocia a la Muerte de Cristo, resucitará con El. Por eso el que comulga debe estar dispuesto a hacerse Pan, a debe estar dispuesto a partirse, a dejarse comer por los demás. Morir con Cristo no es pedir que nos pongan en un madero, no!, sino morir a nuestro ego, a nuestro yo, a nuestro orgullo, a nuestra soberbia. No buscar nuestros intereses o nuestros gustos, no!, sino gastarlos por los demás en servicios multiplicados, día a día aunque sea en cosas pequeñas y sencillas.    

Cada vez que comulgamos algo tiene que morir en nosotros, definitivamente, pero también algo tiene que resucitar en nosotros. Cada vez que comulgamos seremos menos yo, menos nosotros, y algo más Jesús, Jesús en nosotros. “El que me come permanece en mí y yo permanezco en él, como yo permanezco en el Padre y el Padre permanece en mí”.

Mis hermanos, ojalá que gustemos y vivamos esta verdad. El Pan compartido significa lazo de unión. Nos une en primer lugar con Cristo, unión misteriosa, unión profunda. Nos une también con todos los comensales; el Pan que partimos --ya hemos escuchado en la Segunda Lectura--, nos une a todos en el Cuerpo de Cristo. Así siendo muchos somos uno; el Pan es uno y así nosotros aunque somos muchos formamos un solo cuerpo. Así lo rezaban los primeros cristianos, por allá lo encontramos en un documento muy antiguo llamado Didagé. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida la Iglesia de todos los confines de la tierra en tu Reino.

Miren mis amados hermanos y hermanas, en la Koinonía, en la comunión, en la común unión –eso significa Koinonía--, la Eucaristía no sólo es signo sino fuente de unidad, fuerza aglutinante, vínculo de caridad. Comiendo el Pan de Cristo recibimos todos la misma sabia, respiramos todos el mismo Espíritu. Unidos hacia Cristo ya no vivimos nosotros, es Cristo quien vive en nosotros, se cumple lo que El pedía la víspera de su Muerte, la víspera cede su Pasión: “Padre, que todos sean perfectamente uno”.

Mis hermanos, en Cristo desaparecen los antagonismos de raza, religión, cultura, clase social. Ya no hay blanco y negro, español o boliviano o peruano; europeo  o africano, nortamericano o iraquí. No!, ya no hay árabe o chino, mexicano o filipino; ya no hay joven o anciano, intelectual o analfabeto, rico o pobre, católico o protestante, que sé yo!. Unidos a Cristo las diferencias se integran pero no desaparecen. Este era el gran sueño de Jesús, en el Capítulo 17 de San Juan, en la famosa oración sacerdotal.

Mis hermanos, qué lejos estamos!. No sólo no somos uno, sino que no estamos unidos. Por todas partes vemos que se rompen el entendimiento y la concordia, prevalecen las actitudes de intolerancia, de rivalidad y de rechazo. Se imponen las agresiones y los odios, las guerras y las venganzas; tal parece que triunfan los halcones y se esconden las palomas.

Mis amados hermanos, esto también en las familias, ahí constamos las divisiones y las rupturas, las riñas y las infidelidades, el frío y la soledad, sin hablar de hechos más crueles. Tampoco en la Iglesia somos capaces de unirnos en la verdad y en el amor. Rivalizamos unos con otros, hay posturas, criterios, actitudes tan distintos, que parecen vivir en oposición.

Mis amados hermanos, hermanas, hoy debemos reconocer pues nuestras incoherencias, porque no vivimos lo que profesamos y celebramos. Comulgamos pero no nos comunicamos. Partimos el mismo Pan pero ni compartimos ni nos partimos. Tomamos la comunión pero sin vivir la común unión. Unidos todos a Cristo pero sin conocernos unos a otros o rivalizándonos unos contra otros.

Mis hermanos, hemos de acogernos una vez más a  la Misericordia de Cristo, que siga teniendo paciencia con nosotros sus discípulos torpes y necios; que nos perdone, nos pode y nos purifique, nos espiritualice. Y que el Espíritu de Vida haga de nosotros profetas de solidaridad y artífices de unidad en la Iglesia y en el Mundo entero.

Pidámosle esto a Nuestra Señora la Santísima Virgen María de Guadalupe. Que nuestra Madre Santísima nos ayude a vivir con intensidad este Año de la Eucaristía, Año de Gracia que el Señor nos concede, y que haga que nuestro vivir sea como el de Ella: una continua Eucaristía, es decir, una ininterrumpida acción de gracias al Padre Celestial, por habernos dado el regalo de su Hijo Jesucristo en la unidad y en la sencillez del Pan.

Que así sea, mis amados hermanos.  

 
 
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