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Homilía
de Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario para el Primer Domingo de Cuaresma. u

Domingo 13 de febrero de 2005

SÓLO EN CRISTO VENCEMOS LA TENTACIÓN

Demos gracias al Señor, hermanos muy queridos, por este tiempo santo de cuaresma, pues nos da, por medio de la Iglesia, una oportunidad de reencontrar y volver por el camino que, desde el principio de la historia, Dios nos ha marcado para nuestra Salvación y del cual nos hemos separado culpablemente. Pero también, demos gracias, porque nos ha dado en su Hijo amado la garantía de poder superar la tentación del pecado por nuestra adhesión a él.

Tenemos la experiencia de que la existencia humana se desarrolla en medio de situaciones de fracaso y de tristeza junto con otras de dicha y de felicidad. La cuaresma, mis hermanos, nos sitúa en una de estas realidades: el pecado y todas sus consecuencias que cotidianamente experimentamos. La cuaresma es una llamada fuerte a la conversión; a la vuelta, al regreso. Vuelta o regreso ¿De dónde o de qué y hacia dónde o hacia quién? Penitencia, significa principal y originalmente arrepentimiento. Dejemos de identificarlo, mis hermanos, inmediatamente con el dolor o el sufrimiento como si esto fuera el contenido genuino del concepto bíblico, teológico y litúrgico.

A la luz de la Palabra de Dios que escucharemos durante este tiempo, iremos descubriendo la dimensión auténtica de tres palabras que están estrechamente unidas a la cuaresma: arrepentimiento, penitencia y conversión que pueden entenderse como sinónimos y que a su modo cada una expresa un aspecto de la actitud fundamental de este tiempo, como etapa pedagógica del año litúrgico.

Y es en su finalidad pedagógica del año litúrgico como hemos de situarnos en esta etapa. En realidad cada una de las etapas del año sólo pretende enfatizar por separado cada uno de los aspectos de la vida del creyente. Porque no debemos olvidar que el principal misterio que inunda con su luz la vida del cristiano es precisamente la Pascua del Señor, es decir el misterio de su pasión, muerte y resurrección. De manera que cada año, celebramos en la esperanza y en la fe la venida del Verbo en la carne mediante la celebración del adviento y la navidad; asÍ mismo, celebramos el misterio pascual como culminación de la obra salvadora de Dios en Cristo, precedido del tiempo de cuaresma y prolongado durante los cincuenta días de la Pascua, tiempo que culmina con la fiesta de Pentecostés que es la irrupción del Espíritu en el nacimiento de la Iglesia.

Pero la vida toda del cristiano transcurre en el espíritu del adviento (en la esperanza), de la cuaresma (en conversión permanente), de la Pascua (en la vida nueva) y de Pentecostés (en el amor y la santidad). De manera que celebrar la cuaresma en este periodo de tiempo, para después olvidarnos de la necesidad de conversión no tiene sentido; tampoco sería sensato pensar que podemos olvidarnos de la esperanza y la vigilancia ante la venida del Señor fuera de Adviento.

Entonces, la cuaresma es un tiempo, a manera de recordatorio, de la necesidad de vivir y responder constantemente al llamado a la conversión interior para acoger en la alegría y el gozo el don de la Palabra que se hizo carne y murió para darnos la vida eterna. Sin embargo, si vivimos cada año a profundidad e intensamente cada cuaresma tenemos la posibilidad de irnos cada vez mis compenetrando del misterio pascual en el que vivimos, nos movemos, y somos (Hch 17,28). Y para alcanzar esto, mis hermanos, no alcanza la vida que Dios nos quiera conceder en este mundo.

Por eso, queridos hermanos, los invito a todos a aprovechar al máximo esta cuaresma, dejándonos guiar por la Palabra de Dios con las prácticas que la caracterizan: el ayuno en su dimensión física como signo externo de una realidad interior; y, como fruto del ayuno, la limosna que es concreción de la misericordia; finalmente, la oración, especialmente la que deriva de la escucha devota de la Palabra, sea individual o comunitaria.

Detengámonos, queridos hermanos, a meditar por unos instantes cómo la Palabra de Dios ilustra muy concretamente lo que estamos diciendo.

La primera lectura nos enseña cómo Dios creó al hombre de una manera especial y diversa del resto de la creación, pues cuando hubo terminado el mundo como hábitat del hombre, éste fue plasmado de la tierra pero con el mismo respiro de Dios. En medio de este escenario, se le asigna una tarea que ejercer con autoridad en la transformación de todo lo que le rodea sin salirse de las normas que Dios ha establecido. Sin embargo, no puede ni debe intentar tener un conocimiento, por la experiencia, del bien y del mal. Esto sólo le pertenece a Dios. La narración nos enseña cómo desde el principio el hombre es soberbio y desobediente y por lo mismo ha sufrido muy pronto, y desde el principio, las consecuencias de su desobediencia: verse desnudo, es decir, frágil, efímero y derrotado, pues ha sucumbido ante la tentación.

En el evangelio se nos narra el reverso de esta medalla. San Mateo nos presenta a Jesús sufriendo también la tentación como una prueba de Dios. Como el pueblo de Israel en el desierto, durante el éxodo hacia la tierra prometida. Pero Jesús sale vencedor, por la obediencia, al elegir el camino que su Padre le había señalado. AsÍ, vemos que frente a la tentación del alimento, presenta la Palabra de Dios como un alimento inigualable y perfecto. Frente al exhibicionismo y el éxito que el diablo le propone para presentarse como Mesías, Jesús le contrapone el sometimiento al plan del Padre. Y, finalmente, frente al uso del poder para su propia ventaja junto con la idolatría, Jesús le exige la adoración al único Dios verdadero.

Hermanos, desde el principio, Dios ha creado al hombre para ser feliz en una tierra donde es posible encontrarse con su creador. Pero, también desde el principio, el hombre fue colocado en la tierra de la libertad, de la cual puede echar mano para elegir el bien propuesto por Dios. Gracias a la libertad, el hombre se adhiere concientemente en el amor a su creador. Sin ella el ser humano sería sólo un títere en sus manos. Dios ofrece, pero es necesario aceptar sus dones en la libertad y en la responsabilidad. Y para actuar asÍ es necesaria la humildad y el respeto a Dios desde la conciencia de seres creados no autosuficientes ni autónomos. Dios nos creó para ser felices y todo lo que Él desea es que nos sometamos a su proyecto en la observancia de las normas que ha establecido para alcanzar ese destino. No todo lo podemos pues somos criaturas; no somos Dios. El respeto a Dios consiste precisamente en esto: que reconozcamos y nos conduzcamos en la certeza de que Dios es Dios y nosotros somos criaturas suyas. Sigamos el ejemplo de Jesús que, siendo Dios se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (Fil 2,8).

En la sagrada Eucaristía, especialmente la que celebramos los domingos convocados por el Padre, el Verbo por el cual fueron creadas todas las cosas, se hace texto sagrado y, al ser proclamado, nos alimenta con la vida de Dios. En esta celebración, máxima expresión cultual de nuestra fe, actualizamos, por mandato de Cristo, el signo más verdadero y auténtico de amor de Dios por nosotros en la obediencia de su Hijo; como signo perfecto de fidelidad a Dios y de fidelidad a nosotros, sus hermanos. Por eso, acudir con devoción y obediencia al llamado a hacer Iglesia mediante la Eucaristía se nos da como una necesidad y no sólo como una mera exigencia normativa. Pero aún cuando asÍ fuera, es una buena ocasión para vivir la obediencia.

Que María, nuestra Señora de Guadalupe, quien desde su sencillez y su humildad tan pronta a la obediencia, fue dócil al proyecto divino, nos sirva de modelo y guía en el gozo por el cumplimiento de la voluntad soberana y amable de Dios.

Amén.

 
 
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