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Homilía
pronunciada por Mons. Pedro Tapia Rosete, arcipreste de la Basílica de Guadalupe, en el Segundo Domingo de Cuaresma. u

Domingo 20 de febrero de 2005

Unos días antes tuvo lugar al parecer el suceso de Cesarea de Filipo. Aquella situación en la que Jesús preguntó a sus discípulos qué decía la gente acerca de Él, por quién lo tenían.

Recordaremos que fue la ocasión para que Pedro manifestara su fe en la mesianidad de Jesús: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. A lo que agregó Jesús: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne, ni la sangre, sino que mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos.

Pocas escenas evangélicas pueden situamos mejor que ésta, ante el gran misterio de la Eucaristía, y que consideramos hoy brevemente.

Podemos detenemos en tres elementos, presentes ya en este suceso de la Transfiguración y, a su modo, también en la escena de Cesarea de Filipo, que figuran asimismo en la Eucaristía y su institución.

En primer lugar: la elección. Al monte suben con Jesús solamente algunos que Jesús, determina para participar con Él en algo muy especial. Lo mismo sucede en el Cenáculo. Muchos otros, también partidarios del Señor y de su doctrina -recordemos a las multitudes que le seguían, o a aquellos setenta y dos enviados en cierta ocasión a predicar en su nombre-, no son invitados ese día tan singular. No es, por tanto, un derecho, que todos tengan, participar en todos los aspectos de la misión que Cristo ha venido a traer al mundo. Aunque el Señor contará con todos los hombres -dio su Vida por todos-, se apoyará sólo en algunos para ciertos ministerios: en los que Él designe con una especial llamada o vocación. Se trata, por eso, de un especial privilegio, puesto que, en su origen, no hay mérito alguno por parte de los elegidos.

Sí existe, sin embargo, deber de gratitud en uno u otro caso, aunque pueda representar una trabajosa tarea, que en ciertos momentos se hace más ardua, pues configura al que la recibe con Cristo paciente en la Cruz. Por esto mismo es la misión más excelsa en que podemos pensar, la que mayor bien reporta a la humanidad y la que de suyo reviste de más honor a quien la lleva a cabo. Me refiero, sobre todo, a ser uno con Cristo al celebrar la Eucaristía.

Por supuesto, no tenemos capacidad para valorar adecuadamente lo que supone una Misa para los que participan en la celebración, y menos todavía si comulgan sacramentalmente.

De la tarea del sacerdote lo mejor será no decir nada, y encomendamos al Paráclito para que nos inspire, por poco que sea, algo de lo que supone celebrar verdaderamente el mismo Sacrificio Redentor de Jesucristo.

En segundo lugar, se ve con claridad que, en ambos momentos, se requiere la fe en Jesús como Mesías, y en la divinidad del mensaje y del don que se difunde. Una fe que, así como la llamada o vocación, se recibe necesariamente al modo de don y se puede, sin embargo, acrecentar, pero como incremento del don divino: en la medida en que Dios nos otorga más fe. Bueno es, por tanto, pedir incesantemente esta virtud, junto a la esperanza y a la caridad, que tienen también a Dios mismo como objeto. La categoría del ser humano, en última instancia, dependerá siempre de su fe, esperanza y caridad.

Y, concretando más aún, se puede afirmar sin ninguna duda que, en definitiva, la categoría de una persona depende de la fe que tenga en la Santa Misa.

El tercer elemento, que hoy consideramos, presente en el Tabor así como en la Eucaristía, es el contenido del mensaje o don que se difunde. Así como en la cumbre del monte Pedro percibe algo muy especial que invita a prolongar ese momento y le hace exclamar: ¡Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas!, con la comunión eucarística se difunde y participa, de modo objetivo, una nueva existencia sobrenatural, inexplicable, debida a un don de Dios a los hombres muy singular, como es la comunión espiritual y efectiva con la Trinidad.

No es habitual, en todo caso, percibir bienestar alguno por recibir sacramentalmente el Cuerpo del Señor cuando comulgamos, a pesar de que todo acto de fe, en cuanto que incluye el convencimiento de recibir el afecto divino, tiende a inundarnos de paz. Sin embargo, aunque no se refleje sensiblemente, a menos que sea esa la voluntad de Dios, por la comunión eucarística participamos ya realmente de la vida divina, según las palabras del propio Cristo: el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

María no es sacerdote. Sin embargo, nadie como Ella ha participado en el Sacrificio del Hijo de Dios hecho hombre. Concluimos, por tanto, suplicando: Yo quisiera Señor recibiros con aquella pureza, humildad y devoción; con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

 
 
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