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Homilía
pronunciada por Mons. Florencio Olvera, Obispo de la Diócesis de Cuernavaca,
Morelos, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

11 de mayo del 2005

Cuando la asamblea es pequeña muchas veces les pregunto ¿Qué palabrita te gustó?; pero hoy no lo puedo hacer. A mi primero me gusta el contexto, me gusta resaltar el hecho de estar ante María para decirle: Madre querida de Guadalupe, los morelenses estamos aquí, hemos venido a visitarte en esta 107 peregrinación. Nos acompaña toda nuestra familia, que goza con la fe en Jesucristo y que agradece la hermosa tierra que el padre celestial nos ha regalado. Nos anima, Madre, la misma fe que contigo compartimos, la fe en Jesucristo, el de ayer, hoy y siempre.

Venimos Madre, llenos de confianza en ti, porque te vemos tan cerca de Cristo. ¿Así será hermanos? ¿Ven a María cerca de Cristo? No me contestan todos. Y también, Madre, experimentamos que estás al lado de tus hijos mexicanos, que luchamos por ser, el Morelos siempre fiel, plural, humano, dispuesto a vivir el misterio de la vida y de la dignidad cristiana.

En este año eucarístico que ha seguido a la gran asamblea del Congreso Eucarístico Internacional, madre, pedimos tu ayuda para seguir contemplando el rostro de tu Hijo, en la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia. Yo quisiera, que me lo repitieran, los que estuvieron allá fuera, yo digo, en uno y ustedes lo repiten con el dos y con el tres: ¡Jesús Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia!

Sí, no queremos ver de pasadita a tu Hijo. Queremos contemplarlo, como tú lo contemplaste: Primero, conociéndolo en todos sus aspectos. Segundo, adorándolo como Señor del Universo. Tercero, celebrando en los distintos signos de la fe. Y cuarto, viviéndolo, desde dentro de nuestros corazones, hasta su expresión más visible en las distintas circunstancias de nuestras parroquias, de nuestra diócesis, de nuestra nación.

Venimos madre a contemplarte, porque queremos sentir tu protección, tú, la evangelizadora de América, para prepararnos a realizar en nuestra diócesis, una verdadera misión, que cambie y mejore el corazón del Sr. Obispo, de todo el presbiterio, de los hermanos y hermanas de la vida consagrada, de manera especial de nuestros hermanos seglares, los cercanos y los alejados, llamados a ser los discípulos y testigos de Jesús, que evangelicen a los hombres de nuestro nuevo milenio.

Madre nuestra, hemos escuchado el Evangelio de San Juan, capítulo 17, versículos del 11 al 19, que nos comunica en un párrafo pequeño, una intimidad de Jesús, de sus convicciones, de sus anhelos, de su entrega al Padre y a toda la Iglesia, en su oración del Señor.

Primero nos dijo Jesús: “Padre, cuida en tu nombre a los que has dado, para que sean uno, para que sean uno”. ¿Qué pide Cristo? “Como nosotros, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”, esto lo pide Cristo, esto lo pide también María.

Morelenses, vivan unidos. Dice Cristo con cariño: “Padre, cuídalos en tu nombre”, ¿oyeron bien?: “Padre, cuídalos en tu nombre”. Expresión misteriosa, profunda, que nos habla, primero de la íntima relación que hay entre el Padre y el Hijo, una relación de igualdad porque ambos son Dios. Una relación también de diferencia porque uno es Padre y otro es Hijo; un conocimiento único que se da entre ambos.

Pero Cristo quiere revelarnos ese Misterio, por eso nos encomienda a Él, “Cuídalos Padre para que no se dividan, para que sean uno”. Y nadie conoce al Padre sino el Hijo; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre. Pero Cristo puede revelarnos el misterio y nos lo regala con gozo, por eso tenemos nuestra fe cristiana, para conocer, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, para tener su vida, para ser felices.

La oración de Cristo es una súplica que le hace al Padre, para que nos transforme en hijos suyos, para que el cree en Cristo, lo acepte como hermano y lo abrase; para que quien reciba el Espíritu Santo, se deje transformar en discípulo del mismo Espíritu. Por eso los cristianos sentimos la alegría de santificarnos, de consagrarnos, de entregarnos, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y quien mejor que María nos da ejemplo de esa consagración.

Madre nuestra, enséñanos a ser de la Trinidad. El Padre nos ha regalado a Jesús para que por su Pascua nos injerte en la vida divina. Así se cumplirá la petición de Jesús: “que sean uno” como nosotros. ¡Qué difícil! Que sean uno con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. “Qué sean uno” aunque estamos en este mundo de divisiones. “Qué sean uno”, qué no se aparten, no se destruyan, aunque estemos en este mundo que no conoce el Misterio de Dios y por eso lo rechaza, se opone al amor, persigue a los cristianos.

“Sí Padre, cuídalos en tu nombre”. Cristo también le dice: “Les he entregado tu Palabra, santifícalos en la verdad, tu Palabra es la verdad”. ¿Qué hace Cristo? reconocer su trabajo, ha reunido a los doce, ha reunido aquel pueblo nuevo, se comunica con ellos, les transmite a los suyos la verdad, se entrega Él mismo: “Yo soy la verdad”. No es una verdad teórica, es un Dios personal que se entrega totalmente y lo demuestra con su Pasión, Muerte y Resurrección. Es un Dios que se entrega totalmente a su Padre y nos ha dado a ese Padre: “Yo les he comunicado lo que el Padre me ha comunicado”.

Y estamos en esta Basílica viendo una joya de esa entrega. María es el mejor ejemplo del fruto de la entrega de Cristo. A pesar de las dificultades y limitaciones de los discípulos, Cristo está contento, porque ellos le han correspondido, porque no son del mundo, están en el mundo, pero para transformarlo, para salvarlo, es decir para cumplir la misión que Jesús les confía.

Católicos morelenses, ¡esa es nuestra misión!, no nada más de sobrevivir sobre nuestra diócesis y estado. Sino cambiar ese mundo, darle sentido cristiano, hacer que Cristo este presente como María lo llevaba en su seno. La misión de Cristo, la misión de los apóstoles y nuestra, se identifican. El Padre envió a Cristo; Cristo envió a los discípulos y a nosotros nos envía. Cristo y los discípulos somos enviamos al mundo. Dios no quiere que el mundo se pierda, aunque el mundo lo ataque. La voluntad del Padre es que el mundo se salve.

Hermanos, esa expresión de Pablo se dirige a nosotros también. Presbíteros, vean por ustedes y vean por todo el rebaño que el buen pastor les a entregado, tomemos esta Palabra santa.

La misión de Cristo, en la tierra estaba llegando a la cumbre, por eso dijo: “Ha llegado la hora”. Y siempre es la hora de una entrega más grande. La misión de los apóstoles y de los discípulos estaba por comenzar y sigue vigente hasta nuestros días. Toda la iglesia y cada uno de los bautizados, somos misioneros, somos enviarnos a salvarnos salvando al mundo.

Y completa Cristo: “Me santifico a mí mismo por ellos”. Cristo lo dice claro. Quiere decir, fíjense, se consagró, se entregó a la muerte, realizó su sacrificio por nosotros. Su consagración es para la Pasión, hasta el fin, hasta el extremo, para la entrega total a su Padre y a nosotros. Su consagración tiene una meta, que nosotros también nos consagremos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Que nos consagremos a nosotros mismos y a la salvación del mundo.

Si fueron a misa el domingo, yo creo que sí, ustedes padrecitos la celebramos ¿verdad? ¡Qué regañada le dio el Espíritu Santo a los apóstoles que estaban con la boca abierta mirando al cielo. ¿Qué hacen allí?, ni me digan que están contemplando, se están durmiendo, en las nubes allá. Por eso ¡vayan, ya que es hora de predicar!. Esa hora no ha pasado, me santifico a mí mismo por ellos. Aquí tenemos una clara alusión a la institución de la Eucaristía que San Juan no narra en sus escritos, pero a ella se refiere en este momento y sobre todo en el lavatorio, cuando nos muestra a Cristo en ese servicio de entrega, para lavar no solo los pies sino a todo el hombre, a todos los hombres, para hacerlos nuevas criaturas.

Hermanos sacerdotes, a esto nos llama Jesús. La Eucaristía es la expresión de la entrega de Cristo. En la Eucaristía se contiene toda la riqueza que se nos transmite en la misión salvadora. Con toda razón Juan Pablo II nos repitió: “La Eucaristía es fuente y cumbre de la misión de la Iglesia”.

Todos debemos sentir esa necesidad de ser misioneros. Por eso es significativo que después de cada misa donde hemos participado activa y concientemente, al final se nos envía a la misión: “Vayan a compartir con los demás hombres lo que en la liturgia han celebrado”.

Como al salir de esta Basílica, eucaristizados, vayamos a Morelos, a salvar nuestro Morelos y con ello a todo el mundo.

Madre Santa, tu comprendes mejor el Evangelio de tu Hijo, porque el Espíritu Santo, lo santificó en tu mismo vientre, por eso decimos: "El fruto bendito de tu vientre", y porque tú lo acompañaste siempre, hasta su entrega en el Calvario.

Madre nuestra, acompáñanos en el camino que estamos emprendiendo, para seguir viviendo la riqueza, del Año Eucarístico. Ayúdanos, especialmente a los sacerdotes, pero a todo el pueblo, a celebrar el día 19, cuando estemos en jornadas, la fiesta de Cristo, sumo y eterno sacerdote. Madre, ruega por este presbiterio, ruega por él, por cada uno de sus miembros, ya que del 4 al 10 de julio tendremos los ejercicios espirituales, para interiorizarnos más sobre lo que la misión de Cristo nos está pidiendo ahora. Ayúdanos a seguir fortaleciendo nuestro trabajo pastoral, principalmente el trabajo de evangelización y de la catequesis; el trabajo de la liturgia, de la pastoral social; el trabajo de los movimientos.

Madre sacerdotal, nuestra vocación y nuestra situación vocacional, es muy preocupante. Estamos escasos de vocaciones sacerdotales y consagrados, estamos pidiéndole al Señor más vocaciones, intercede por nosotros para que afiancemos nuestra vocación personal, esa vocación de laicos verdaderamente comprometidos, esa vocación de consagrados y sobre todo esa vocación de sacerdotes ordenados, signos vivos de Cristo sacerdote para su pueblo santo.

Madre, ayúdanos a mejorar la situación integral de México y Morelos, aportando todo lo que la Fe nos pida, para mejorar las condiciones de vida en nuestra patria y en nuestro continente. ¡Qué largo sería pero importante, detallar esta síntesis: ¿Cómo mejorar las condiciones de vida de tanta gente insegura, desempleada, sin salud, sobre todo, rodeada de este mundo materialista?

Madre, sigue pidiendo a tu Hijo, el Jesús misericordioso, que glorifique al querido Juan Pablo II; que ilumine al amado Benedicto XVI; que acompañe a todos los obispos y más a este que habla, porque lo necesita más. Somos responsables todos, de cada familia diocesana y de la Iglesia de Cristo, la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia.

Señora del Tepeyac, sé madre para todos los mexicanos, para los más necesitados y marginados, para los niños y los jóvenes. Sigue ayudando a cada paisano a construir la cultura de la vida, la cultura del amor, de la convivencia y del diálogo; la cultura de la paz. El cristiano no conoce otra cultura, por eso Madre nos vamos a poner de pie y lo vamos a repetir tres veces —padrecitos, ya levántense— miremos a la Virgen de Guadalupe y con cariño de hijos completemos:

¡Con María de Guadalupe, Madre eucarística y misionera!:
(asamblea responde)

Con María de Guadalupe, Madre eucarística y misionera!:
(asamblea responde)

Con María de Guadalupe, Madre eucarística y misionera!:
(asamblea responde)

Con alegría le damos un aplauso a nuestra Madre.

 
 
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