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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada en la Peregrinación anual de la Diócesis de Culiacán.

21 de agosto de 2005

¿No estoy aquí que soy tu madre?

REVERENDÍSIMO PADRE y PASTOR DE NUESTRA AMADA DIÓCESIS DE CULIACÁN, BENJAMÍN JIMÉNEZ HERNÁNDEZ, HERMANOS SACERDOTES Y FIELES PEREGRINOS DE BUENA VOLUNTAD

"Creo, amo y profeso con toda mi alma que Ella es, en un sentido personal y especialísimo, Reina y Madre de nuestra Patria, que vino en persona a nuestro suelo de México, a pedirnos un templo para ahí "mostrárnoslo, ensalzarlo, ponérnoslo de manifiesto, dárnoslo a las gentes en todo su Amor, que es Él, el que es su mirada compasiva, su auxilio, su salvación, porque en verdad Ella se honra en ser nuestra Madre compasiva, nuestra y de todos los hombres que en esta tierra estemos en uno, y de todas las demás naciones", no para quitarnos las penas y problemas que nos templan, porque todos los que deseemos ir en pos de su Hijo hemos de "tomar su cruz y seguirlo"; pero siempre contando con que cuando quiera que "estemos fatigados y agobiados por la carga, Ella, a la par de Él, nos aliviará, pues su yugo es suave y su carga ligera", y para eso Ella ruega que le permitamos "escuchar nuestro llanto, nuestra tristeza, para remediar, para curar, todas nuestras diferentes penas, nuestras miserias, nuestros dolores." "Es nada lo que nos espanta, lo que nos aflige, que nuestro corazón no tiene por qué temer enfermedades, ni cosa  punzante, aflictiva." En verdad, Hermanos míos todos, "si pudieran conocer el don de Dios", y sé que de alguna manera lo conocen los millones de peregrinos del Tepeyac, cuán grata es la dicha de vivir su Amor expresado y entregado en el Amor de su Madre, que nos dice: ¿No, estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Qué mas puedes querer?" Este amor de Madre nos impulsa, nos transforma, nos hace crecer, nos hace profundizar en nuestra fe, nos lleva a buscar el progreso de nuestra Patria por caminos de justicia y de paz y nos hace disfrutar nuestros logros aunque estos sean pequeños. Este servidor tiene esa dicha, al igual que la inmensa mayoría de mis hermanos mexicanos, de experimentar este sentimiento de amor a mi Madre Santísima, en esta bendita advocación suya de Guadalupe, con tanta firmeza, con tan inconmovible seguridad filial, que no necesitaría que ningunas otras razones para así por siempre amarla y venerarla... pero le agradezco también que nos haya dejado suficientísimas pruebas, sólidas y seguras y, al mismo tiempo, ninguna tan evidente que nos despoje de "la dicha de aquellos que no vieron, pero creyeron".

"Dueña mía, Señora, Reina, Dueña de mi corazón, mi Virgencita, es real que Tú viniste a este suelo tuyo para ser en verdad nuestra Madre compasiva, nuestra y de todos los que en esta tierra habitamos los que te amamos, los que te buscamos, los que tenemos el privilegio de confiar en ti...". Permite, pues, mi Muchachita, mi Virgencita bienamada, que a través de mi boca resuene la voz a todo el Pueblo, dándote mil gracias por ser todo lo que eres. Esta proclamación que te agradezco me concedas hacerte, no es un favor que te hago, es un don tuyo, pues "¡nadie puede siquiera llamar a tu Hijo Señor! si no es por el Espíritu Santo", y por ello, ¡Mil Gracias, Madre amadísima e Hijita nuestra la más pequeña!; Gracias por este privilegio de poder creer; Gracias porque esta fe que nos regalas puede ser al mismo tiempo ciega e ilustrada! ¡Gracias por habernos dado tantas pruebas de tu venida a nuestro Tepeyac, y porque ninguna de ellas sea tan evidente que nos despoje del poder tributarte esa fe filial nuestra; pero gracias también de que sí podamos ver tu imagen amadísima! "¡Sabemos a Quién hemos creído!". "¡Le hemos creído al Amor... al Amor que nos amó primero!"; Gracias por San Juan Diego, a quien nos honramos en reconocer, como a tu antepasado Abraham, por "nuestro verdadero padre en la Fe"; Gracias por la fe de él, que deseamos hacer siempre nuestra, tan grande que Tú lo proclamaste "tu embajador, en quien absolutamente depositaste tu confianza"!; Gracias por esas flores que hiciste brotar en nuestro suelo, helado y árido entonces, que tan elocuentes fueron para nuestros padres indios!; Gracias por el primer milagro con que Tú, Salud de los enfermos, favoreciste a Juan Bernardino y sigues favoreciendo a todos los enfermos y afligidos; gracias por tu nombre de Guadalupe, con el que le pediste que te invocáramos; gracias por los siglos que nos han permitido rendirte nuestro amor en tu "¡casita sagrada" del Tepeyac!; Gracias por las dudas que, siglos después, permitiste surgieran de tu llegada a nosotros, que nos permitieron corroborar aun más firmemente la verdad histórica de ese don de tu amor, y gracias por tu generosidad en concedernos creer a todos los que te invocamos con tu nombre dulcísimo de Guadalupe! Permite, pues, que "¡mi corazón en amarte eternamente se ocupe, y mi lengua en alabarte, Madre mía de Guadalupe! Dueña mía, Señora, Reina, ¡Dueña de mi corazón, mi Virgencita! haz que nunca angustie yo con duda alguna tu rostro, tu corazón...

Al participar en esta Santa Misa en actitud de peregrinos, conviene recordar que LA MADRE DE DIOS ESTÁ EN EL CENTRO DE LA IGLESIA QUE PEREGRINA...

« La Iglesia, "va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios", anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que El venga ». « Así como el pueblo de Israel según la carne, el peregrino del desierto, es llamado alguna vez Iglesia de Dios, así el nuevo Israel... se llama Iglesia de Cristo, porque El la adquirió con su sangre, la llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible y social. La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios para que sea sacramento visible de esta unidad salifica para todos y cada uno ».

El Concilio Vaticano II habla de la Iglesia en camino, estableciendo una analogía con el Israel de la Antigua Alianza en camino a través del desierto. El camino posee un carácter incluso exterior, visible en el tiempo y en el espacio, en el que se desarrolla históricamente. La Iglesia, en efecto, debe « extenderse por toda la tierra », y por esto « entra en la historia humana rebasando todos los límites de tiempo y de lugares ».Sin embargo, el carácter esencial de su camino es interior. Se trata de una peregrinación a través de la fe, por «la fuerza del Señor Resucitado», de una peregrinación en el Espíritu Santo, dado a la Iglesia como invisible Consolador: « Caminando, pues, la Iglesia a través de los peligros y de tribulaciones, de tal forma se ve confortada por la fuerza de la gracia de Dios que el Señor le prometió... y no deja de renovarse a sí misma bajo la acción del Espíritu Santo hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso ».

Precisamente en este camino -peregrinación eclesial- a través del espacio y del tiempo, y más aún a través de la historia de las almas, María está presente, como la que es « feliz porque ha creído », como la que avanzaba « en la peregrinación de la fe », participando como ninguna otra criatura en el misterio de Cristo. Añade el Concilio que « María... habiendo entrado íntimamente en la historia de la salvación, en cierta manera en sí une y refleja las más grandes exigencias de la fe ». Entre todos los creyentes es como un « espejo », donde se reflejan del modo más profundo y claro « las maravillas de Dios ».

Hemos escuchado la Palabra de Dios...

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. La confesión de Pedro en el evangelio concentra nuestra atención. Pedro menciona dos verdades fundamentales: la mesianidad y la divinidad de Jesucristo. Es decir, Él es el Mesías, el que había de venir para salvar al pueblo, el ungido del

Señor; y Él es el Hijo de Dios. Jesús se dirige a sus apóstoles y les pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Los apóstoles responden, sin demasiado compromiso, lo que la gente pensaba de Jesús: unos decían que era Juan el Bautista, otros que Jeremías o alguno de los profetas. En efecto, Jesús ya había realizado varios milagros y había ofrecido diversas predicaciones, su fama empezaba a extenderse. Sin embargo, Jesús desea saber cuál es el pensamiento de sus hombres: Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

La pregunta toca la esencia misma de la relación entre Jesús y sus discípulos. De esta respuesta depende el significado de sus vidas. De esta respuesta depende el sentido del sacrifico que habían hecho al dejar sus bienes y ponerse en seguimiento del maestro. No era, por tanto, una respuesta que se ofrece a la ligera y de modo superficial. Había que meditar antes de hablar. Por ello, debemos agradecer a Pedro su respuesta. Ella orienta todas las respuestas que nosotros ofrecemos a la identidad de Jesús. Debemos agradecer, sobre todo, al Padre del cielo que revela a Pedro la identidad de su Hijo: Tú eres el Mesías el Hijo de Dios vivo. Jesús es el Mesías, es decir, aquel que

Dios ha ungido con el Espíritu Santo para realizar la misión de la salvación de los hombres y su reconciliación con Dios. Jesús es quien viene a instaurar el Reino de Dios. El esperado por las naciones. Jesucristo es el Hijo de Dios vivo: en este caso, la palabra: Hijo de Dios, no tiene sólo un sentido impropio en el que se subraya una filiación adoptiva, sino un sentido propio. Es decir, aquí Pedro reconoce el carácter trascendente de la filiación divina, por eso, Jesús afirma solemnemente: esto no te lo ha revelado la carne, ni la sangre sino mi padre que está en el cielo. No se equivoca Pablo al exponer, después de una larga meditación sobre el misterio de la salvación, que los planes divinos son inefables: qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios. Efectivamente cuando uno contempla el plan de salvación y comprende, en cuanto esto es posible, que Dios se ha encarnado por amor al hombre, no queda sino prorrumpir en un canto de alabanza y en una disponibilidad total al plan divino. Así, después de su confesión, Pedro recibe el primado: será la piedra de la Iglesia, poseerá las llaves de los cielos.

¿No es verdad que nosotros, como los apóstoles, tenemos que purificar nuestra concepción sobre Cristo, sobre su misión, sobre su seguimiento? ¿No es verdad que, también nosotros, debemos entrar en el misterio de Cristo y ver que Él es la cabeza y que nosotros somos sus miembros y que lo que ha tenido lugar en la cabeza, lo reproducirán también los miembros? En el fondo, se trata de descubrir el sentido de la misión de la propia vida, el sentido de la donación por amor en el sacrificio, el sentido del amor a la verdad para dar Gloria a Dios y a los hombres. Da gloria a Dios, éste podría ser el lema de la vida del cristiano. Estás injertado en la vida de Cristo, el ungido, perteneces a un sacerdocio real, eres pueblo de su propiedad, da gloria a Dios con tu vida, con tus sufrimientos, con tus alegrías, con tu muerte.

Sin embargo, es distinto el caso que ahora nos ocupa. Cuando Pedro confiesa a Jesús como "el Cristo, el Hijo de Dios vivo", hace una confesión de la divinidad del Mesías. Por ello, Cristo le responde con solemnidad "no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos". Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: "Cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles...". "Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios". Este será, desde el principio, el centro de la fe apostólica profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia.

Si Pedro pudo reconocer el carácter trascendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Los Evangelios narran dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, en los que la voz del Padre lo designa como su "Hijo amado". Jesús se designa a sí mismo como "el Hijo Único de Dios" y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en "el Nombre del Hijo Único de Dios". Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios", porque solamente en el misterio pascual es donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título "Hijo de Dios".

El mundo actual también encuentra dificultades para comprender la divinidad de Cristo. En el común de los creyentes parece obscurecerse esta verdad fundamental de nuestra fe. El Credo que rezamos cada domingo afirma la divinidad de Jesucristo: "Creo en Jesucristo Hijo único de Dios. Nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios luz de luz". Es necesario que ayudemos a las personas a descubrir la maravilla del plan divino y la profundidad de la encarnación. Dios, en su inmenso amor, quiso hacerse uno como nosotros, para Llevarnos al Padre...

Hermanos, participar en la celebración dominical, alimentarse del pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana.

El Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros. En la Eucaristía, Cristo está realmente con nosotros.

Redescubramos la alegría del domingo cristiano. Debemos redescubrir con orgullo el privilegio de participar en la Eucaristía, que es el sacramento del mundo renovado. La resurrección de Cristo tuvo lugar el primer día de la semana, que en la Sagrada Escritura es el día de la creación del mundo. Precisamente por eso, la primitiva comunidad cristiana consideraba el domingo como el día en que había iniciado el mundo nuevo, el día en que, con la victoria de Cristo sobre la muerte, había iniciado la nueva creación.

Al congregarse en torno a la mesa eucarística, la comunidad iba formándose como nuevo pueblo de Dios. San Ignacio de Antioquia se refería a los cristianos como "aquellos que han llegado a la nueva esperanza", y los presentaba como personas "que viven según el domingo". Desde esta perspectiva, el obispo antioqueno se preguntaba: "¿Cómo podríamos vivir sin él, a quien incluso los profetas esperaron?".

"¿Cómo podríamos vivir sin él?". Que también nosotros, los cristianos de hoy, recobremos la conciencia de la importancia decisiva de la celebración dominical y tomemos de la participación en la Eucaristía el impulso necesario para un nuevo empeño en el anuncio de Cristo, "nuestra paz", a nuestros hermanos. Amén.

 
 
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