Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Domingo
de Resurrección
27 de marzo del 2005
¡ALELUYA! ¡HA RESUCITADO!
¡Aleluya! ¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡Alaben a Yahvé!
¡Alaben al Señor, nuestro Dios!
Dios vive entre nosotros, porque se ha quedado con nosotros sin dejar
de ser Dios. Se ha ido, pero no para dejarnos solos, sino para estar
más íntimamente junto y en medio de nosotros. Una vez
resucitado, sólo se dejó ver por unos cuantos elegidos
suyos. Pero ellos nos lo contaron dando testimonio hasta con su propia
vida, como verdaderos discípulos suyos. Nosotros, por nuestra
parte, hemos creído que él es vida pura, la verdadera
vida, y que nos la da en abundancia porque la muerte no pudo nada
contra él. Ésta es la certeza de nuestra fe.
La resurrección, mis hermanos, es un misterio de amor. El
amor nunca muere. El amor es eterno. El amor, que es perdón,
es gracia, es comunión, es entrega. El amor es el que vence
a la muerte. Si tienes deseos de darte más, de perdonar mejor,
de vivir para los demás, de mejorar la convivencia y la amistad,
entonces es que está resucitado, que ya no vas a morir, y es
prueba de que Cristo resucitó. El amor es la creación
y la vida nueva, la libertad verdadera, la santidad auténtica.
Viviendo en el amor, vivirás la Pascua plenificada, la que
se deriva de Jesucristo. Resurrección es vida eterna. No consiste
en recuperar la vida, esta vida. La vida que Jesús nos alcanzó
con su muerte apenas tiene algo en común con la temporal, si
no es porque en ésta se consigue aquella en la obediencia de
la fe, la esperanza y el amor.
Resurrección es triunfo del bien sobre el mal, de la verdad
sobre la mentira, del amor sobre el odio y el egoísmo, en fin,
de la vida misma y de la paz sobre la muerte y la destrucción
así como de la pérdida de sentido.
Sabremos que ha resucitado si llegan hasta nosotros los signos de
su presencia, de manera que nos sintamos renovados y resucitados.
No hace falta que veamos efectos milagrosos, sino que experimentemos
de algún modo la fuerza del Espíritu. ¿Cuáles
son los signos de su presencia?
La alegría. Ya no hay lugar para la tristeza, el miedo o la
angustia porque Cristo está en ti y te salva. Es un fruto el
Espíritu, fuente de gozo inagotable. Nadie te lo puede quitar.
Los hombres pascuales son los testigos de alegría, pero una
alegría especial, es pacífica y compasiva. Se acerca
al que sufre y comparte con él, trasmitiendo la esperanza.
La fortaleza. Jesús repetía muchas veces: No temas.
No teman Soy yo. Y cuando los discípulos se llenaron del Espíritu
hablaban y actuaban con valentía. Jesús también
te dice: No temas. Yo estoy contigo. Pues si Cristo está contigo,
¿Qué vas a temer? Que paz tan profunda experimentamos
cuando, pase lo que pase, vivimos adheridos al Señor Jesús.
El domingo de Resurrección, este domingo, como el primero
del nuevo amanecer, contiene la certeza de que Dios es la fuente de
la vida, de la felicidad, de la luz y de la paz. Por eso es siempre
el día del Señor en el nuevo pueblo de Dios. Es el octavo
día, es decir, el de una creación totalmente nueva;
de nuevas e insospechadas posibilidades.
En este día, queridos hermanos, la Iglesia pregona la buena
noticia de la posibilidad de un mundo mejor, mas aún, muy superior
al que podemos lograr con el solo esfuerzo humano, con todo y sus
tecnologías y conquistas científicas. Porque está
Dios comprometido con nosotros en la tarea que nos ha encomendado
de hacer de él la antesala del mundo futuro cuando Dios sea
todo en todo.
Esta propuesta al mundo se basa en la tradición recibida a
lo largo de veinte siglos, pero se funda también en una experiencia,
como la de Pedro y Juan, a partir de encuentros en la oración,
en la escucha de su Palabra y en la obediencia a su mandamiento nuevo.
Es así como nosotros en el momento actual nos encontramos con
él con gozo profundo y transformador. Tal como se da en los
encuentros entre las personas que se aman.
El evangelista san Juan, mis queridos hermanos, nos enseña
en el relato de la Resurrección que ésta no es algo
que se demuestra, sino se vive en el encuentro. En un encuentro de
seres que se conocen y se aman. Los discípulos, como María
de Magdala, reconocen a Jesús y él, por su parte, llama
por su nombre a María.
El conocimiento lleva a la intimidad del amor. Ese amor que transforma
a los que se aman. Y tratándose de esta relación misteriosa
con el resucitado, pensemos, hermanos, cómo ha de tener una
fuerza transformadora tal que nos haga criaturas nuevas en un mundo
nuevo.
Vivir como resucitados es la consecuencia más profunda y misteriosa
de la fe en el resucitado, por el amor. Por eso la vida nueva que
nos da el bautismo y mantiene la Eucaristía, así como
la práctica de los otros sacramentos y de la caridad, no es
una realidad sólo del mundo futuro, sino que es un estado actual
por el que podemos ya dar gloria a Dios.
Vivir como resucitados es pasar la vida ocupados de los intereses
de Dios, lo que no significa que sean ajenos al mundo que él
ha creado. Nuestra calidad de hijos suyos nos obliga, entonces, mis
hermanos, a trabajar por la justicia, la paz y la concordia entre
los hombres, pero también a proteger y cuidar esta criatura
suya que es el mundo que nos ha entregado para hacer de él
un reflejo de su poder y de su sabiduría.
Vivamos, celebremos y compartamos la alegría de ser nuevas
criaturas en el mundo nuevo que inauguró Jesús con su
resurrección. Y que Santa María de Guadalupe, la Madre
de Jesús y Madre nuestra, nos alcance del Padre y de su Hijo
el gozo de vivir sólo para el Señor. Amén.