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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad de La Epifanía del Señor.

Domingo 2 de enero del 2005

EPIFANÍA DE DIOS, ES LO QUE BUSCAN LOS HOMBRES

 Mis hermanos y hermanas, adoremos al Niño recostado en el pesebre que es Cristo Jesús, que se nos ha manifestado revestido de nuestra frágil carne humana, que nos conceda gustar ya en la tierra, de los bienes de su Reino.  

 Las lecturas de la fiesta de hoy nos muestran otro aspecto fundamental del misterio de la encarnación de Jesucristo. El plan salvador de Dios no afecta únicamente a un grupo restringido de personas, como hubiera podido ser el pueblo de Israel, una raza concreta o un grupo social determinado. Hoy se proclama con toda claridad que la salvación de Dios es universal, que nadie queda excluido de ella.

Lo que hoy se celebra es la Epifanía. Epifanía… ¡qué palabra tan rara! No es de nuestro idioma, ciertamente. Es una transcripción de una palabra griega: “Epifáneia”. ¿Qué significa eso? En buen castellano viene a decir muchas cosas a la vez: manifestación, revelación de algo muy grande, misterioso, divino; que, como no se puede captar en si mismo, se manifiesta a través de algo o de alguien, que “encierra” en sí, en forma misteriosa, ese algo inmenso, incomprensible y divino.

La Sagrada Escritura nos habla de las “epifanías” de Dios. Como a Dios “nadie lo puede ver y vivir” (Ex. 19,21), El se acerca a los hombres a través de la naturaleza, o a través de los hombres, los que hablan en su nombre, los profetas… Pero, después  de haberse manifestado Dios a los hombres “de una manera fragmentaria y de muchos modos… al final nos ha hablado por medio de su Hijo” (Hbr. 1, 1-2).

Ese es el gran suceso: ¡Dios se hizo un niño! No más que un niño, que se puede tomar en las manos –pedacito de carne animada-, que llora cuando tiene hambre –porque aún no sabe hablar-, al que es menester cambiarle los pañales (!)… y sin embargo, tras su debilidad e impotencia oculta y “encierra” al gran Dios, Creador de los cielos y tierra, Juez de vivos y muertos, por quien se hizo cuanto existe y por quien subsisten todas las cosas. Eso es Epifanía: la manifestación, la mostración de Dios en un niño recién nacido. Y los “Magos del Oriente”, en representación de todos los hombres de buena voluntad que buscan la felicidad y la salvación; y los pastores que quieren superar su pobreza y esperan un mundo mejor, llegan a su cuna y comprenden que en ese niño está toda la grandeza y todo el amor de Dios a los hombres. Se llenan de inmensa alegría, lo adoran y le ofrecen sus regalos como a Dios, Rey y Señor del universo.

 Por eso el profeta Isaías invita a todos los pueblos a concurrir a la luz, a la nueva aurora que es el Señor y ya ve cómo, de todo el mundo, llegan y proclaman las alabanzas del Señor (1ª. Lect.). Y san Pablo destaca la obra de los Apóstoles y Profetas que llevan a los hombres a ser beneficiarios de la promesa de salvación que se cumple en Cristo Jesús por medio del Evangelio (2ª. Lect.).

 ¡Pero eso pasó hace muchos años! ¡No nos queda más que el recuerdo!... ¡Todo lo contrario! Tal vez es hoy más actual que nunca. Epifanía de Dios, es lo que buscan los hombres. Hoy hay más hambre de Dios, porque el hombre, a pesar de todas sus conquistas técnicas y científicas  -y tal vez precisamente por ellas- se siente más necesitado de ayuda, más indigente. Cuando más se grita “paz… paz, más arrecian las guerras. Cuando más se habla de solidaridad, crecen como hongos la envidia, la competencia desleal; unos se encaraman pisoteando a los de abajo y el abismo entre los pocos que poseen demasiado y los muchos a los que les falta hasta lo indispensable se ahonda cada día más…

Por eso los hombres buscan cada vez más –conciente o inconscientemente- su salvación en Dios. Los hombres quieren ver a Dios. Si ese Niño de Belén es Dios, si resucitó y demostró así definitivamente su divinidad, ¿dónde está? La frase de los “magos” la repiten hoy millones de hombres angustiados. ¿Dónde está?

Y cosa tremenda hoy debería acontecer “Epifanía” no ya en un lugar, sino en todos los rincones del mundo. Donde hay un cristiano, donde hay un bautizado agregado a Cristo total, que es la Iglesia, allí debería hacerse “Epifanía” de Cristo, de Dios. Dios ya no encarna en un solo hombre, sino en todo el Pueblo Cristiano, que por eso se llama Pueblo de Dios. Encarna en ti y en mí, en todos nosotros… Si no se lo ve, ¿no será porque no lo mostramos? Si no se encuentra su amor, su generosidad, su comprensión y su perdón, ¿no será porque estamos demasiado lejos del Evangelio? Hoy son millones de “magos y pastores” que de cerca y de lejos vienen hacia la Iglesia y los cristianos buscando al que vino para ser la salvación del mundo. Están a las puertas de nuestras casas y de nuestros templos para ver pasar a Cristo. Pero si seguimos mostrando una careta de Él y no su autentico rostro, ¿Cómo queremos que lo reconozcan?  

No hay nada que nos pueda librar de esa responsabilidad. Es el camino elegido por Dios para su “epifanía”, su manifestación, al menos en el común de los casos. A Dios se le ha de descubrir leyendo el libro de su vida y la mía. Esta tiene que recomponer en vivo las páginas del Evangelio, mostrando el rostro de Jesús. Quien a ti te vea, a Él lo debe descubrir. Quien a nosotros se una, con Él debe encontrarse. Como ya lo dijo el Evangelista Juan: “queremos que entren en comunión con nosotros para entrar en comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo”.

 Además nuestro mundo está necesitado de hombres y mujeres optimistas y esperanzados, capaces de apreciar en medio de las sombras y del pecado, la luz constante de los valores humanos. Allá donde el amor se hace gratuidad, donde la justicia se hace compromiso real, donde la verdad se hace exigencia de vida, donde la solidaridad se hace sonrisa o llanto, está presente la estrella de Dios indicando los valores del Reino de Cristo. Nos corresponde a nosotros no solamente ponerlos en práctica sino también saber detectarlos, reconocerlos y defenderlos, sin prejuicios de ninguna clase. Sería nuestra mejor ofrenda a los pies del Salvador de todos los hombres.

 Cuando ahora comulgamos en esta celebración, es para que quien “comulgue” con nosotros lo haga con Él; lo ame, porque nosotros lo hacemos amable, y de ese modo crea en Él y se salve… ¿no les parece razón suficiente para hacer un alto y pensar todas esas cosas? Ustedes tienen la palabra.  

Que Santa María de Guadalupe, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive nos anime a vivir profundamente enraizados y cimentados en Aquel que se ha hecho semejante a nosotros para que nosotros nos asemejemos a Él. Amén.

 
 
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