Versión
estenográfica de la
Homilía del
Emmo. Sr. Cardenal Crescenzio Sepe, Prefecto de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos, de la Santa Sede.
8
de marzo de 2005
Excelentísimo Sr. Nuncio Apostólico,
queridos hermanos en el Episcopado, querido director nacional, directores
diocesanos de las Obras Misionales Pontificias; hermanos y hermanas:
Vamos a comentar la Palabra del Señor, el anuncio a la Virgen
María, “Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en
mi seno”. Estas son las palabras que muchas veces tenemos que escuchar
en el Evangelio, en boca de Isabel cuando María su prima va a visitarla
en las montañas de Judea. El gozo que envuelve el encuentro de estas
dos mujeres es el mismo que siento yo al recibir esta Eucaristía en
este Santuario de la Virgen de Guadalupe, corazón mariano de México
y toda la América, como lo ha definido el Santo Padre Juan Pablo II
en la homilía de canonización de San Juan Diego.
¿De dónde nace el gozo de Juan el Bautista?, ¿De dónde procede
la alegría de Isabel?. Nacen de la cercanía
con Jesucristo que María lleva ya en su seno. Toda la escena de la
Visitación está ambientada en un clima de júbilo, por eso María exclama:
“Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios
mi Salvador”.
Dios, mediante su hijo Jesucristo y el don del Espíritu Santo,
es el único capaz de satisfacer el deseo de felicidad que todo hombre
lleva en el corazón aunque nuestras palabras queden pequeñas al tratar
de explicar la alegría de nuestro encuentro con el Señor. Nosotros no
podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído.
Evangelizar significa trasmitir dicha alegría, anunciar la
Buena Noticia de la Salvación a quien vive en el sufrimiento y en
la tristeza. Evangelizar es, ante todo, liberación del pecado y del
maligno dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por
él; de verlo, de integrarse a él, como el Santo Padre pide en la
encíclica Evangeli Nuntiandi.
En nuestras sociedades secularizadas, dominadas por el relativismo
moral y por la alegría superficial de un fútil heroísmo, el anunciar
a Cristo y a éste crucificado, encuentra muchas veces los rechazos
y la indiferencia. Ante esta situación, no raramente se siente la tentación
de rebajar el mensaje de Jesús y de acomodarlo a la mentalidad de nuestro
siglo. Obrar así significa impedir al hombre que experimente el gozo
pleno que Jesús prometió a sus discípulos: “Os he dicho esto para que
mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado”.
María está llena de júbilo, porque está llena de Dios. Ella
es la llena de Gracia, la evangelizadora de la alegría. Cuando en 1531
en este lugar se apareció a Juan Diego, la Virgen le dijo: “¿No soy
yo la fuente de tu alegría?. Que ninguna otra
cosa te aflija ni te perturbe”.
El Santo Padre escribe que la aparición de María en la colina
del Tepeyac tuvo una repercusión decisiva para la evangelización.
Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando
a todo el continente. Este impulso misionero a tenido su origen aquí
en Guadalupe y de desde aquí ha llegado todo el mundo, ya desde la
incipiente historia de la Iglesia en este amado país, mediante la vocación
misionera de numerosos sacerdotes religiosas y religiosos mexicanos.
A todos ellos enviados por el Espíritu a los cinco continentes,
deseo expresarles la gratitud y el reconocimiento de la Iglesia Universal
por su generoso empeño en la obra de la evangelización.
Queridos hermanas y hermanos, desde este Santuario mariano
a los pies de la Virgen de Guadalupe quiero lanzar hoy un llamado para
la misión de Ad Gentes. La humanidad atiende con ansia la luz de la
verdad del amor de Cristo. Muchas personas lo conocen pero viven en
la tristeza, en el pesimismo o en la desesperación. Millones y millones
de personas ni tan siquiera han oído hablar de El, más, dónde están
los evangelizadores?, dónde están los testimonios
de su Resurección, dónde están los que sienten el fuego de la Palabra
Divina en su interior.
No hay labor más apremiante que dicha misión, no hay vocación
más alta que al igual que María, cooperar en la misión apostólica en
la Iglesia, en la regeneración de los hombres. “Id pues y haced discípulos
a todas las gentes. Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el
fin del mundo”.
Todos nosotros estamos al servicio del mandato misionero de
nuestro Señor, y de nosotros depende, de modo particular de ustedes
directores diocesanos de las Obras Misionales Pontificias, depende que
este impulso misionero que nace en Guadalupe, impregne todas las parroquias
y las diócesis de México.
Soy consiente que ésta tarea supera nuestras fuerzas pero no
estamos solos, Jesucristo está con nosotros, está hoy presente sobre
todo en esta Santa Eucaristía, dándonos su cuerpo y su sangre. Participemos
con exultante acción de gracias, del Misterio de su Muerte y Resurrección,
para poder saborear ya desde ahora, la alegría pascual de su victoria.
Que la Santísima Virgen de Guadalupe cuya dulce imagen veneramos
en este Santuario en la tilma de San Juan Diego, nos acompañe en nuestro
camino hasta el Padre; nos haga participar un día de la plena alegría
y de la gloria de la Resurrección.
Desde su habitación del hospital Gemelli, el Santo Padre el
domingo pasado, me ha rogado encarecidamente que les tramita su sincero
agradecimiento por las numerosas nuestras de amor que le llegan desde
México. El Santo Padre siente la cercanía de espiritual de esta querida
nación, la primera que lo acogió en sus viajes apostólicos por toda
la tierra. Da las gracias por las oraciones de los fieles mexicanos,
de modo especial la de los niños, de los ancianos y de los enfermos,
y también por la cercanía y el afecto que le demuestran tantos hombres
y mujeres de buena voluntad.
El Santo Padre me ha pedido que les diga: “Gracias México
por tu fidelidad, que el Señor te bendiga”. Alabado sea Jesucristo.