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Versión estenográfica
Homilía
pronunciada por Mons. Teodoro Enrique Pino Miranda Obispo de Huajuapan de León, Oax.

30 de marzo de 2005

"Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer... " Gal. 4,4

Estimados sacerdotes, religiosas, asociaciones, representantes laicos de numerosas comunidades de nuestra Diócesis de Huajuapan de León, Oaxaca y fieles devotos de la siempre amada María de Guadalupe, aquí presentes.

"Hoy me atrevo, bajo el manto hermoso de esta Basílica que custodia la bendita y milagrosa imagen de nuestra Madre la Santísima Virgen de Guadalupe, a pregonar con toda naturalidad: "al llegar el momento oportuno, en la historia de nuestro pueblo mexicano, Dios envió a nuestra Madre a pintar su presencia en el ayate de un indígena, que hoy proclamamos san Juan Diego, y a escribir con la semilla del Evangelio su huella preciosa que ha sido esculpida en el corazón de cada uno de los mexicanos".
Si tuviera la capacidad de recoger no solo los sentimientos de todos los aquí presentes en relación con el amor a María, sino sus actitudes que se fraguan en la fe profunda de este recinto sacro: tendría que decir en aras de la verdad, que hay sólo una explicación: todos nos sentimos hijos de María y es por eso que con la dignidad propia de sentirnos amados, llegamos a sus plantas, aunque el peso de nuestra vida sea penoso e insoportable, a escuchar nuevamente las palabras que un día vertió a su mensajero: "Juan Dieguito, ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?”.

Me he paseado, curiosamente analizando algunas de las homilías de los Obispos que han llegado a este recinto con su Pueblo, para recoger sus sentimientos y he sentido que sus palabras no están lejanas a lo que en este momento estamos sintiendo: venir año con año, con nuestro pueblo a postramos a los pies de nuestra Madre, abriendo el corazón para contarle en un lenguaje coloquial y familiar lo que nos ha acontecido y como las bendiciones se van concretizando en esa obra evangelizadora, que hace más de cuatrocientos años partió de este lugar, como bien se le ha señalado a nuestro Madre: la Estrella de la Evangelización.
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Si nuestros labios, unidos en el salmo han entonado: "que te alaben, Señor, todos los pueblos... ", esto ya no es un deseo, sino una realidad en las coordenadas de nuestro suelo mexicano porque el pregón que surge de nuestras etnias y de la conciencia mexicana es unánime: a Jesús por María... ella ha sido nuestra inspiración, de acuerdo con su deseo: "qué se me edifique un templo en donde se bendiga a Dios" y hoy podemos decir que en cada rincón de México se honra a María y se adora a Jesús su Hijo, como el Salvador del mundo.

El libro del Eclesiástico que ha sido pregonado en esta liturgia nos señala un camino que conduce a María: "Vengan a mi, ustedes, los que me aman y aliméntense de mis frutos ... " Aquí podemos encontrar la clave de nuestra presencia gozosa: porque amamos a María estamos bajo sus plantas y porque queremos gozar de sus frutos, no nos importan los sacrificios y las penalidades de la peregrinación, ya que sabemos que esta experiencia de fe, no sólo nos fortifica, sino que nos permite repetir las palabras que su Santidad Juan Pablo II dijo a María el 31 de enero de 1979: "has entrado tan adentro en el corazón de los fieles, que me atrevo a poner confiadamente en tus manos nuestro porvenir ':Esta es la mayor gracia que experimentamos: mirar hacia adelante, aunque el camino nos parezca difícil, mirar hacia adelante, aunque los surcos de la incredulidad y el relativismo parecen ensombrecer los valores del Evangelio, mirar hacia adelante y "echar las redes" con la confianza puesta en Jesús y en su bendita Madre.

Siempre hemos mirado como Diócesis de Huajuapan de León, Oax. este acontecimiento de fe, que repetimos año con año, en este sagrado tiempo de Pascua, no sólo como un privilegio, sino una oportunidad única para fortalecer nuestro espíritu, ya que nos permite no sólo la contemplación del acontecimiento guadalupano, sino el compromiso de trazar con la acertada sabiduría de las manos bondadosas de nuestra Madre, el camino que debemos recorrer, con el gozo de percibir en cada uno de los que peregrinamos el clamor de las exigencias de la Nueva Evangelización, que ha marcado la Iglesia del tercer milenio, como la estrategia única de hacer presente a Cristo en las nuevas generaciones. ¿Acaso no fue éste el motivo de tu presencia en nuestras tierras, cuando las semillas del Evangelio eran desparramadas por los evangelizadores de nuestras tierras?.

En los años anteriores, poníamos bajo tu mirada, los acontecimientos cumbres de nuestra tierra mixteca: te comunicábamos la alegría del centenario de nuestra diócesis, que recogió con delicadeza y respeto el pasado evangelizador para que inspirara, en un sano discernimiento, los caminos y estrategias que debíamos de trazar para iluminar y encarnar con los valores del Evangelio la nueva cultura que se iba abriendo paso en nuestras tierras.
En ese mismo tono nos precipitamos a informarte, como el hijo que confía en su Madre, el centenario de nuestro Seminario, el cual situábamos como el corazón de la Diócesis, comprometiéndonos no sólo a intensificar los esfuerzos en la formación de buenos y santos sacerdotes, sino a la vez hacer más patente en todas las comunidades y familias la responsabilidad en el crecimiento de las vocaciones sacerdotales y religiosas.

Podemos manifestarte que dichos compromisos han quedado grabados no sólo en la historia de esa coyuntura única, sino en el proceso evangelizador que hemos ido alimentando, con el deseo de que sean cada vez más los agentes que se sientan comprometidos en la tarea evangelizadora. Aunque los frutos no sean todavía muy abundantes, la mano en el arado, que nos hemos apresurado a poner, la hemos confiado a tu protección y a tu amor, ya que en el corazón de todos nuestros feligreses se patenta el cariño y la disponibilidad para celebrar cada fiesta en tu honor, a lo largo de todo el año.

Así mismo quisimos poner en tu regazo de donde brota la vida, las diferentes actividades del Año de la Eucaristía que como pueblo anfitrión del Gran Encuentro Eucarístico Internacional estábamos preparando, mismo que ha sido extendido a la Iglesia Universal para profundizar en este gran Misterio de fe.

Podemos decirte que en nuestros proyectos pastorales la inspiración emanada en todos los niveles de nuestra Iglesia ha sido factor de compromiso para vivir más intensamente la presencia real de Jesús en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas, como la que estamos viviendo en este momento bajo tu mirada maternal.

María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea son muchos los momentos en que nuestros oídos han captado este relato evangélico. En él captamos la disponibilidad generosa de nuestra Madre. Ese encaminarse presurosa nos hace pensar en tu disponibilidad para hacerte presente en nuestra tierra y en tu disponibilidad siempre abierta a recoger el clamor de nuestros pueblos.

Enseñanos Oh María a tener siempre esas entrañas de caridad. Que el Espíritu Santo que se posó en el corazón de Isabel y en tu corazón para pregonar las bendiciones del Señor, abra nuestro espíritu para no sentimos ajenos al compromiso que has tomado en tus manos y que quieres a la vez sea compartido por tus hijos.

Dios ha escogido a los pequeños para confundir a los grandes y la gran prueba la tenemos en san Juan Diego como heraldo de tu bendito mensaje.

También nosotros somos pequeños con la sinfonía hermosa de una religiosidad profunda que a la vez necesita purificación: danos la sabiduría para no truncar su dinamismo amasado durante siglos, pero sí los pasos convenientes para purificarla en aras de una religiosidad profunda que pueda tocar el corazón de nuestra cultura para generar cristianos maduros y comprometidos en la tarea evangelizadora.

Danos la fuerza de tu amor, que no escatima esfuerzos, para lograr lo que el Papa, en nombre del Señor nos solicita. Hacer de la caridad un camino de credibilidad para el mundo. Necesitamos amasar la riqueza de nuestra Liturgia con la mano amorosa de los pobres, de los marginados, de los que buscan una mayor promoción: Que el Evangelio no sea sólo una palabra, sino una acción generadora para erradicar la pobreza y ofrecer caminos de liberación que se traduzcan en redención para todos.

Enseñaos a ser como Iglesia un ámbito de encuentro, de convivencia que hermana, ofreciendo caminos de esperanza para un pueblo en donde todavía persisten desigualdades, no solo en lo económico, sino a la vez en las oportunidades de educación y de promoción. Son muchos los que tienen que partir a lejanas tierras buscando un mejoramiento en sus vidas. Son muchas las familias que viven la desintegración y la soledad de los ancianos. Son otros tantos los motivos que nos preocupan: problemas de salud, de crecimiento de otros grupos religiosos que no fomentan la unidad, acciones que golpean una y otra vez con el deterioro de la unidad.

Bríndanos Oh María la oportunidad de saber acompañar a nuestro pueblo: Que la violencia no se convierta en el único camino para dirimir los conflictos. Que los momentos políticos no se conviertan en ocasiones de división, respetándose la verdad y la justicia. Que nuestro pueblo pueda tener las oportunidades de crecer en la promoción que le corresponde, sin tener que vivir siempre con la mano extendida, esperando los recursos, cuando ellos son capaces, como lo han sido siempre, de generar los medios necesarios para la vida. Que nuestros indígenas, que son numerosos puedan tener los espacios para manifestarse con su cultura y su riqueza de valores. Que como Iglesia sepamos correr presurosos. No justificando nuestra acción evangelizadora sólo en tradiciones y costumbres, cuando bien sabemos que la levadura del Evangelio tiene capacidad para fermentar caminos nuevos que unan en un sola familia a todos los autores de nuestra cultura: gobernantes y pueblo.

Oh María, sé que en el corazón de cada uno de nuestros peregrinos hay todavía una serie de peticiones. Quién mejor que la Madre los conoce. Nos sentimos en tu casa como en familia. Quiero pues expresarte a la vez que no son sólo sombras las que nos cubren, sino que existen rayos de esperanza que nacen de la presencia de tu Hijo Santísimo en cada uno de las comunidades. Hay grandes esfuerzos de comunión y de crecimiento en la fe por mediación del conocimiento mayor de nuestra fe. Hay grande amor a la Eucaristía y se sigue incrementando el deseo de una mayor participación en la Liturgia.

Somos un pueblo con carencias y esperanzas que con solicitud hoy viene a tus plantas. Déjanos cantar junto contigo el hermoso himno que brotó de tu corazón amado: Glorifica mi alma al Señor, y me espíritu se goza en Dios mi Salvador.

 
 
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