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VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DE LA
HOMILÍA
PRONUNCIADA POR MONS. JOSÉ DE JESÚS MARTÍNEZ ZEPEDA, OBISPO DE IRAPUATO, EN LA 2a. PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS DE IRAPUATO.

08 de octubre de 2005

Como obispo de la Diócesis de Irapuato quiero ahora comentar brevemente la Palabra de Dios y aplicar parte de las experiencias de ésta peregrinación a la marcha pastoral de nuestra Iglesia local.

Peregrinar, ir de un lugar a otro como en este caso, la mayor parte habiendo venido a pie diez días desde nuestras tierras, o aún en vehículos el día de hoy para sumarse a esta manifestación de fe, es una imagen misma de la vida que nos manifiesta el pasar del tiempo y el transcurrir de nuestra vida que nos da la oportunidad de descubrir el sentido de nuestra existencia, la misión y el sentido que tiene la vida que hemos recibido en este mundo y el tiempo que se nos ha concedido.

Dicho en un espíritu de fe, permite entonces profundizar a la luz de la Revelación, la vida misma que se ve enriquecida con la luz del lugar al que se peregrina, en esta ocasión, el Tepeyac, donde la Virgen María ha manifestado su amor para traernos el mensaje de Dios nuestro Padre y revelarnos a su Hijo: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? Quiero un lugar donde yo pueda manifestar mi ternura y mi cuidado para este pueblo, y tener presente el ejemplo de Juan Diego.”

Bueno, pues entonces a ésta luz, los que han venido caminando durante estos diez días han tenido momentos de oración más intensos en torno a la Eucaristía, a las pláticas y a la fatiga que ha supuesto venir recorriendo estos caminos, en representación de todos nosotros los fieles de la Diócesis de Irapuato.

Por eso yo quiero agradecer de manera especial a los sacerdotes que se han encargado de acompañar a esta peregrinación. Desde luego al Padre José Luz que ha estado animando; al Padre Martín Rocha que es el encargado de la Religiosidad Popular y que con mucho empeño desde hace meses estuvo pensando y buscando la manera de encauzar de la mejor manera y para obtener los mejores frutos. Después han acompañado la peregrinación el Padre Efrén, el Padre Guadalupe, el Padre Nacho Ramplaz. Luego también, desde Valtierrilla, el Padre Gabriel Amador, y en el camino se han sumado otros, entre los cuales aquí presente el Padre Jaime López, quien celebró la misa y los acompañó. Y esta mañana también se ha sumado trayendo un grupo el Padre Mario Alberto Alejandre. Agradezco a ellos y a los responsables de la peregrinación a los que he ido a recibir en nombre mío, de la Diócesis y, la Basílica a través del Señor Canónigo Jesús Guízar les ha dado la bienvenida oficial. Tenemos aquí peregrinos de las parroquias de San Pedro, de Cerro Gordo, de Nativitas, de Valtierrilla, de Mendoza, el Padre Crispín también los acompañó algún día (de la caminata); De San Antonio Abad, del Señor del Hospital, de Valle, de Pénjamo, de Cárdenas, de San Javier, de San Antonio de Padua. Hay también algunos peregrinos de Irapuato, seis, me decía el Padre Martín.

Han venido nueve sacerdotes, se han celebrado diez misas, 35 rosarios, una Hora Santa, media hora de silencio en ocho ocasiones, ocho pláticas, y 622 peregrinos a pie registrados, a los cuales se han sumado muchas otras personas que en los camiones y en los servicios de comida y de asistencia, han venido acompañándolos. Yo agradezco a todos y le pido al Señor que los bendiga.

Hemos venido inspirados por la fe, a iluminar nuestra vida, desde luego nuestra vida comunitaria como Diócesis. Hace un año y siete mese cuando iniciábamos nuestra Diócesis yo les compartía la responsabilidad y les recordaba que dar rostro definido a una Iglesia es responsabilidad de todos, cada uno en su lugar, cada uno en su propio Ministerio. El Señor nos dio esta encomienda de iniciar una nueva Diócesis y recibir esta encomienda es estar en actitud de escucha permanente, de discernimiento, de búsqueda, de disponibilidad, de generosa respuesta a lo que el Señor nos vaya pidiendo. No tenemos un camino trazado sino que vamos descubriendo las huellas del Señor manifestadas en su Voluntad para ir tras sus pasos.

Hemos intuido que debemos fomentar la comunión, la integración de nuestras comunidades en la Diócesis de Irapuato; que como Presbiterio tenemos que irnos integrando y formando una comunidad que viva la solidaridad, la fraternidad, la preocupación mutua. En el fondo de todos (fomentar) la conciencia de tener la misión misma de la Iglesia. La Iglesia subsiste y se hace presente en nuestra Diócesis; a nosotros corresponde anunciar a Cristo Jesús, celebrarlo en la fe, testimoniarlo con las obras.

Hemos de ir paulatinamente encontrando una renovación en toda nuestra comunidad diocesana, a partir de renovar nuestras parroquias, de renovar nuestros métodos, de renovar nuestra entrega.

Esto exige de cada uno de nosotros y de nuestras comunidades una conversión continua, conversión a Dios, conversión a Cristo que nos llama; disponibilidad en el Espíritu Santo, a imagen de María, a imagen de los Santos, para que siempre podamos cumplir de manera más cabal y generosa esta encomienda.
El Señor se ha manifestado generoso con nosotros y nos ha dado su Gracia y su ayuda, así llevamos un año y siete meses en la vida de esta comunidad.

El mes pasado que pude estar con el Santo Padre en Roma, le comuniqué en síntesis, en los quince minutos que estuve con él, la vida de nuestra Diócesis, primero diciéndole que era una Diócesis nueva, de Irapuato, y mostrándole en el mapa que él tenía sobre su escritorio donde estaba Irapuato, entre León, San Luis Potosí y Morelia, que eran las ciudades que más aparecían.

Le hablé de cinco puntos que estamos llevando a cabo de manera particular. En primer lugar la evangelización que hemos querido ir traduciendo en este trabajo que anima la Vicaría de Pastoral y que encuentra estos goces especiales en los encuentros de pastoral. Tuvimos el primer encuentro el año pasado en noviembre, tendremos el segundo este año y de ahí hemos sacado luces y guías para ir arrancando nuestros compromisos y nuestras acciones en los diversos campos de la pastoral, pero siendo muy concientes de que en el fondo hemos de vivir la conversión personal y comunitaria para revivir y adquirir un renovado espíritu misionero. Amor a Cristo, amor a la Iglesia, a imagen de María y de los Santos para servir con mayor entrega y generosidad.

Le hablé también de nuestro seminario, de nuestros seminaristas, de los 97 que tenemos, siete en Roma, 33 en Monterrey, 35 en la Diócesis de San Juan de los Lagos, y algunos otros poquitos en Celaya, León y Morelia, además en el Curso Introductorio de Irapuato.

Le hablé de nuestro deseo de estar presente en los medios de comunicación y del cuidado que queremos tener con nuestro periódico Emaús; (le hablé) de la devoción que existe en nuestra Diócesis como en todo el país, a la Virgen María de Guadalupe, por lo que nos interesa tener también un nuevo templo a la Virgen María.

A él le pareció que íbamos muy rápido y dijo pues han hecho mucho en un año y medio. Y en el mensaje que nos dio a los obispos al concluir nuestra visita, dijo: “católicos y obispos, la fe no es sólo un pensamiento abstracto, un pensamiento teórico, sino es la conformación de la vida diaria de acuerdo al amor de Dios que Cristo nos ha testimoniado en su entrega y que nosotros hemos de vivir y hemos de compartir con los demás. Por eso trabajen mucho en la transformación de sus ambientes y de las estructuras de la vida social para que puedan tener la oportunidad de un crecimiento integral”.

Pues hemos venido esta mañana a postrarnos a las plantas de la Virgen María , para reconocer a Dios, al único Dios verdadero que Ella anunció, a su Hijo Jesucristo que Ella nos anunció a través de esta imagen bendita que ha sido el medio de evangelización más acabado, que toca nuestra sensibilidad, que toca nuestra idiosincrasia, que nos conmueve.

Hemos venido aquí para renovar esta fe y decirle al Señor que queremos seguir siendo sus fieles, queremos profundizar nuestra fe, mantener nuestra fidelidad a Cristo y a la Iglesia, y la devoción a María, a los Santos. Y que buscaremos que las transformaciones actuales de la cultura, los cambios de valores, la presencia de nuevas creencias y grupos religiosos, no puedan arrancar nuestra fe, nuestras tradiciones.

Que queremos seguir cumpliendo con nuestra misión, que queremos seguir cumpliendo con la encomienda que nos ha dado de construir una Iglesia local, porque al final de nuestra vida, como alude la liturgia del día de hoy, el juicio en un gran valle, en el Valle de Josafat, donde dice que se congregarán todo los pueblos y el Señor los juzgará, nosotros podamos merecer el juicio que hizo Jesús: “Dichosos más bien los que guardan la Palabra de Dios, la escuchan y la ponen en práctica”.

Que esta sea nuestra salvaguarda y que en el juicio merezcamos estar cerca del Señor, entre sus elegidos, para estar por siempre en su compañía, en la de la Virgen María y en la de los Santos.

Ahora, renovados en la fe, consolados en nuestro ánimo ante esta imagen bendita de la Virgen María, nuestra Madre que ha dicho que nos ama y que quiere consolarnos, esta mañana vivamos esta experiencia de traerles nuestras preocupaciones, nuestras inquietudes, nuestras necesidades, para recibir ayuda y consuelo.
Y llevemos después a nuestras tierras, a nuestras parroquias, este mensaje de esperanza, de la presencia del Señor, de la misión que hemos recibido en nuestras parroquias, del mensaje del Papa y de nuestra disposición de trabajar en la Nueva Evangelización, para anunciar a Cristo, celebrarlo, dar testimonio con nuestra vida.

Que el Señor les permita un regreso tranquilo y feliz, y a todos, renovados en la fe, nos permita acrecentar nuestra cercanía y nuestra vida cristiana. Así sea.

 


 
 
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