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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad del Jueves Santo- Misa Vespertina de la Cena del Señor.

24 de marzo del 2005

JUEVES SANTO, DIA DEL AMOR FRATERNO

Esta tarde, con la Eucaristía, damos comienzo al Triduo Pascual, que abarca el Viernes, Sábado y Domingo. Como Jesús dio inicio a su Pasión con la Cena de despedida, en que instituyo la Eucaristía, también nosotros celebramos la muerte y resurrección del Señor empezando con la Eucaristía, que es el sacramento memorial de esa Pascua.

En este día del Jueves Santo recordamos intensamente, piadosamente, las palabras y gestos de Jesús, lo mucho que él nos amó – hasta el fin – y lo mucho que nos tenemos que amar – como yo – . Su Testamento espiritual insiste en la exigencia de este amor como signo de sus seguidores. Por eso hoy celebramos también el Día del Amor Fraterno.

Jueves Santo fue el día de la primera comunión de los apóstoles, cuando, sentados a la misma mesa, Jesús quiso compartir con ellos la cena y la palabra, el cuerpo y la sangre, el amor y el espíritu. Compartir hasta la comunión. Gracias, Señor por tu amor generoso. Hoy nos sentamos muchos a la mesa del Señor, pero son muchos también los que faltan, porque todos están invitados.

Los Judíos celebraban y siguen celebrando cada año, el memorial de su Pascua, de su Éxodo de Egipto a la libertad. Fue un gran acontecimiento, fundamental para su historia. En la fiesta agradecen a Dios su cercanía y intervención poderosa para liberarles de la esclavitud. La primera lectura del Éxodo nos describe como celebran esta fiesta.

San Pablo nos ha ayudado a dar el paso a nuestra pascua. También nosotros tenemos un memorial de la Pascua, esta vez de la pascua de Cristo, de su “éxodo” o tránsito a la nueva vida a través de la muerte en cruz. La Pascua cristiana, en la que fuimos reconciliados con Dios con la Nueva Alianza, es la muerte y resurrección de Cristo Jesús. Y la Eucaristía es nuestro memorial de esa Pascua, el memorial que en su Última Cena nos encargo Jesús que celebramos, instituyendo este admirable sacramento en que él nos aseguró que cada vez nos daría su misma Persona, su Cuerpo y Sangre, como alimento de vida eterna.

La Eucaristía es siempre el sacramento memorial de esa entrega de Cristo en la Cruz. Una entrega en la que participamos bajo las especies del pan partido y del vino compartido: “ mi Cuerpo entregado…mi Sangre derramada”. Pero tal vez lo es de un modo más entrañable en esta tarde del Jueves Santo, cuando el Señor adelantó el gesto sacramental con los suyos y les encargó que lo celebraran hasta su vuelta gloriosa.

Jesús sustituye el memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto por su memorial en la Última Cena en esta tierra de exilio. Con su sacrificio de amor él lleva a la plenitud incluso el antiguo rito como cumplimiento de la Ley y los Profetas.

Por nosotros se ha dejado entregar a la muerte (en 1Co 11, 23, el termino entregar alude a todo el misterio pascual, no sólo a la traición). Nueva es por tanto la alianza con Dios: Sancionada en la sangre del verdadero Cordero, que con su inmolación nos libera de la esclavitud del mal y consumada en la comunión del Pan de la ofrenda que, partido en la muerte, nos da la vida. Nueva debe ser también la conducta del cristiano: cada vez que come de este pan y bebe de este cáliz inscribe en la propia existencia la extraordinaria riqueza de la pascua de Cristo del cual se convierte en testimonio en el tiempo, hasta el día de la venida gloriosa del Señor (v.26)…

Junto a la Eucaristía – y la institución del ministerio sacerdotal, que se puede considerar como originado hoy – Jesús nos dio, también para siempre, una expresiva lección de caridad y servicialidad, con el lavatorio de los pies. En verdad demostró que estaba en medio de los apóstoles “como el que sirve”. El encargo que les dio a continuación es claro: hagan ustedes otro tanto, lavense los pies los unos a los otros. O sea, ser serviciales los unos para con los otros.

Es lo que faltaba en la comunidad de Corinto, cuando se reunían para la Eucaristía (no se esperaban unos a otros; y los que tenían más no hacían partícipes de lo suyo a los que tenían menos), y por eso les cuenta San Pablo lo que hizo Jesús en la cena de despedida, con el encargo de hacer memoria de su entrega por todos: lo contrario de lo que hacían los corintios.

El Papa, en su carta para el año de la Eucaristía, además de encargarnos que celebremos mejor la Eucaristía y que cuidemos el culto eucarístico, también nos ha dado otra consigna: que aprendamos de este sacramento la solidaridad, la caridad con los más pobres, con los “últimos”. Será la mejor manera de entrar y participar en la Pascua del Señor: no sólo creciendo en nuestra unión con él, sino también en nuestra unión con los hermanos, sobre todo con los más necesitados que tenemos al lado.

¡Cuánto debe haber esperado Jesús aquella hora! Aquella hora para la cual había venido, la hora de darse a sus discípulos, a la humanidad, a la Iglesia… el memorial de Jesús –o sea el recuerdo de su Cena pascual– no se repite en el tiempo, sino se renueva, se hace presente para nosotros. Debemos, por eso, sentirnos verdaderamente en aquella hora única en la que Jesús se entregó a sí mismo por todos, como don y testimonio del amor del Padre.

En la última Cena Jesús ofrece las mejores enseñanzas sobre el amor servicial, con palabras y con gestos. En un marco en que los discípulos rivalizaban sobre sus primacías, Jesús se presenta como diácono, como servidor y esclavo. <<Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve >> (Lc 22, 27). Y para que la palabra les entrara no sólo por los oídos, sino por los ojos y por el tacto, empezó a lavarles los pies. El Lavatorio es la gran aportación de San Juan a la institución eucarística, añadiendo al amor de comunión, el amor diaconal.

Este gesto de humilde servicio tiene para Jesús un valor decisivo en su seguimiento. No es solamente una enseñanza visualizada de la caridad, ni solamente una exigencia de purificación corporal y espiritual para sentarse a su mesa, es un estilo, una actitud profunda de Jesús, imprescindible para comulgar con él. Si no te lavo, no tendrás parte conmigo. Entonces, para poder ser de Jesús, hay que dejarse lavar los pies, hay que dejarse servir, hay que dejarse amar, para hacer después lo mismo. Pero no basta repetir un gesto más o menos aprendido, más o menos ritual, sino hacerlo vida. Quien no entra en la dinámica del servicio no tiene nada que ver con Jesús.

Este dinamismo servicial es también un sacrificio de amor, de los que agradan a Dios. Es otra manera de dar la vida, eucarísticamente, dejándose <<comer>>, gastándola poco a poco. Fue también lo que hizo Jesús a lo largo de su vida, entregado por entero a evangelizar a los pobres, curar enfermos, perdonar y transformar a los pecadores. Los pobres, enfermos y pecadores rodean a Jesús. Su presencia fue para ellos misericordia, gracia y esperanza.

Si no queremos un culto vació, tenemos que aprender a lavar los pies, a curar heridas, a cuidar enfermos, a acompañar a los pobres, a trabajar y luchar por la justicia. Hacerlo como lo haría Cristo y viendo en ellos al mismo Cristo. Es otra manera de comulgar con él.

Nosotros debemos aprender de Jesús que nos dice: “les he dado ejemplo…” Debemos aprender de él a decir siempre gracias, a celebrar la eucaristía en la vida, entrando en la dinámica del amor, que se ofrece y sacrifica a sí mismo para hacer vivir al otro. El rito del lavatorio de los pies tiene precisamente la finalidad de recordarnos que el mandamiento del Señor debe ser practicado día a día: servirnos unos a otros con humildad. La caridad no es un vago sentimiento, no es una experiencia de la cual podamos esperar gratificaciones psicológicas, sino es la voluntad de sacrificarse a sí mismo con Cristo por los otros, sin cálculos. El amor verdadero es siempre gratuito, está siempre pronto. Se da inmediata y totalmente.

 
 
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