Homilía
pronunciada en ocasión
de la peregrinación de la Diócesis de Ciudad Lázaro
Cárdenas a la Basílica de Guadalupe.
16 de mayo del 2005
Excelentísimo
Señor obispo, Don Salvador Flores Huerta, obispo de esa Diócesis
de Ciudad Lázaro Cárdenas. Hermanos sacerdotes, compañeros,
pueblo de Dios que vive su fe y que va buscando conocer cada día
más el Evangelio en esa Diócesis tan amada por nosotros.
Escuchamos en la Primera Lectura de la Carta las Gálatas:
“Al llegar la plenitud de los tiempos Dios envió a
su Hijo a la tierra”, en medio de tantas circunstancias difíciles
que se vivían. Llegó el Hijo de Dios a la tierra para
hacernos a nosotros también hijos de Dios. Y dice, que su
hijo nació de una mujer y esa mujer es María, esa
mujer es la Virgen de Guadalupe a quien, hoy, en peregrinación,
venimos desde nuestros pueblitos, de allá, de la costa de
Guerrero y de la costa de Michoacán, para encontrarnos con
María y decirle que nosotros somos los hijos de Dios que
vino a rescatar su Hijo Jesucristo.
Hace aproximadamente unos 28 años que estoy yo en esa parte
de la costa grande del Océano Pacifico. He conocido, he tenido
la oportunidad, una importantísima oportunidad de conocer
y de integrarme con toda aquella gente, a ese amor grande que se
tiene por María, por la Virgen de Guadalupe, que es la misma.
He tenido la experiencia de ver --allá en la Costa Grande
de Guerrero y en esa Costa Grande de Michoacán--, como ustedes
hacen sus altares, cómo veneran a María, cómo
le manifiestan su reconocimiento a Ella como Madre de Dios. Buscan
hacerle el altar más hermoso para colocar ahí su imagen,
rezan el Santo Rosario, en el mes de diciembre velan en honor de
la Virgen, le cantan; me he dado cuenta como le cantan ustedes a
la Virgen de Guadalupe.
Yo quisiera hablar un poquito de ella, de nuestra madre, la Santísima
Virgen María, la Madre de Jesús, Madre de la Iglesia,
Madre nuestra. He tenido el gusto y la alegría de leer siempre
el Evangelio de Cristo y ahí he oído tantas cosas
importantes de la Virgen María. Una de las grandes cosas
que a mi me llenan y que me da una grande e inmensa alegría
sacerdotal es contemplar a María como mujer eucarística.
Y me acuerdo de ella y la traigo a mi corazón cuando consagro
y en la consagración del vino que se convierte en Sangre
de Nuestro Señor Jesucristo, se dice esta frase:”Hagan
esto en memoria mía”.
Me acuerdo de la Santísima Virgen que un día también
eso le dijo al ángel, al que le anuncio la Encarnación.
“Díganle a Dios que yo soy su esclava, que se haga
en mí lo que El mande”. Hacer la voluntad de Dios.
Su fe, esa grande fe que a Ella la caracterizó como una mujer
profundamente religiosa, la llevó a hacer la voluntad del
Padre.
En el Evangelio escuchamos como María, presente ante las
circunstancias preocupantes, ante la enfermedad, en su visita a
Isabel va a llenarla de alegría, para llenarla de paz, y
de confianza en Dios Nuestro Señor. Isabel se llenó
de alegría por la presencia de la Santísima Virgen,
por sus palabras, por su tiempo que le dedicó para estar
con ella. Isabel se rejuveneció, se llenó de confianza
y gracias a la presencia de María, ella también dijo;”
todas las cosas, van a salir bien“, y nació su hijo.
La presencia de María ahí en la familia donde hay
miedo, donde hay inseguridad, María esta ahí, para
animar, para llenar de valor.
Quisiera señalarles muchas actitudes de María, para
que nosotros, todos los que estamos hoy aquí en el Santuario
porque hemos venido a verla, pero especialmente los que venimos
de nuestra Diócesis de Ciudad Lázaro Cárdenas,
ir viendo a María en su vida, allá donde había
necesidad, ahí donde falta algo, ahí está María
para resolver con ellos, para ayudarles a resolver sus necesidades.
María la de la grande fe, María la gran esposa, María
la gran Madre, Madre de Dios.
Veamos a María como la mujer de fe, la mujer eucarística,
la mujer humana, muy humana, ayudando y haciéndose presente
a donde estaban aquellos que tenían necesidad. Quisiera que
la viéramos después de la Muerte de su Hijo, con los
apóstoles: Ella conviviendo, Ella en la fracción del
Pan, Ella escuchando la Palabra de Dios, Ella con sus apóstoles
porque ahí la había dejado su Hijo Santísimo,
y encargada en San Juan que la aceptó como su madre, María,
la mujer eucarística. María, la mujer eucarística
que desde el día de la Encarnación lleva en sus seno
a Jesucristo, y yo digo con toda seguridad que llevaba el Cuerpo
de Cristo, ese que bajamos a recibir nosotros, ya lo llevaba Ella
en su seno.
En la Diócesis tenemos muchas cosas importantes que nos identifican
como hijos de María, como cristianos que la veneramos, que
la reconocemos, pero ahora vamos a ir tratando de ir conociendo
y de ir practicando las virtudes de María, porque no se puede
tener todo al mismo tiempo y yo me doy cuenta que nos va siendo
falta poner en practica las virtudes de María, esas que les
he señalado y muchas otras más, para que nuestra Diócesis,
así como venimos hoy de peregrinos para encontrarnos con
Ella en su Santuario, peregrinemos en este camino de la vida hacia
la patria del Cielo.
Si nosotros vamos conociendo y vamos haciendo vida las virtudes
de María, esas virtudes domésticas, esas virtudes
de su fe, esas virtudes humanas, entonces yo estoy seguro que iremos
caminando con seguridad y con un gran sentido de la vida.
Cuando llegué al Seminario, me vio un sacerdote que me conoció
cuando niño, y me dijo: “Pégatele a María,
pégate a la virgen María y veraz como Ella te va ayudar
mucho”. En el Seminario nos ayudaron a entender y a vivir
esa devoción por la Virgen María y creo que a Ella
la podemos escuchar como la escuchó Juan Diego. La podemos
escuchar decirnos: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?,
en todas las dificultades y en todas las alegrías de nuestra
vida. La Virgen siempre esta ahí, la Madre de Dios está
siempre con nosotros porque también Ella es nuestra Madre.
Vamos a continuar celebrando nuestra Eucaristía, pidiéndole
a María Santísima que bendiga nuestra Diócesis,
que bendiga a los niños de nuestra Diócesis porque
ellos necesitan mucho la bendición de la Virgen María.
Vamos a pedirle que bendiga a los jóvenes que están
allá y que poco la conocen y que poco se le acercan y que
no les inspira mucho imitarla.
Vamos a pedirle a la Santísima Virgen que bendiga nuestros
matrimonios que van siendo cabeza de la familia, que bendiga mucho
a nuestras familias de la Diócesis; que nos bendiga a todos,
pero hoy que estamos aquí como que sentimos la necesidad
de hablar de nosotros, que la Santísima Virgen bendiga a
nuestras familias, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo, amén.