
HOMILÍA PRONUNCIADA POR MONS. DIEGO MONROY PONCE,
VICARIO GENERAL Y EPISCOPAL DE GUADALUPE
Y RECTOR DEL SANTUARIO,
CON MOTIVO DE LA MISA EXEQUIAL DE
SU SANTIDAD JUAN PABLO II
JUAN PABLO II
OBISPO DE ROMA
VICARIO DE JESUCRISTO
SUCESOR DEL PRÍNCIPE DE LOS APOSTÓLES
SUMO PONTÍFICE DE LA IGLESIA UNIVERSAL
PATRIARCA DE OCCIDENTE
PRIMADO DE ITALIA
ARZOBISPO METROPOLITANO DE LA PROVINCIA
ROMANA
SOBERANO DEL ESTADO DE LA CIUDAD DEL
VATICANO
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
KAROL WOJTYLA
18-V-1920 † 2-IV-2005
Hermanos
y hermanas, nos hemos reunido esta noche a los pies de Santa María
de Guadalupe, para celebrar el misterio pascual de nuestro Señor
Jesucristo y unirnos así también al mundo entero, para despedir
a quien fuera por más de 26 años, el Buen Pastor de la Iglesia Universal.
Demos
gracias a Dios por el don precioso que nos hizo en su persona y
pidámosle que conceda a su Siervo el Papa Juan Pablo II el premio
de la bienaventuranza eterna.
Aunque
la muerte del Santo Padre era inevitable el anuncio de su deceso
el sábado dos de abril a las 21:37 hora de Roma, 13:37 hora de México
conmovió al mundo entero pues oímos decir oficialmente “Su Santidad
Juan Pablo II ha regresado a la Casa del Padre”.
La
noticia del trágico deceso de Su Santidad, dio la vuelta mundo en
cuestión de segundos y de inmediato las campanas de las Iglesias
del mundo entero lloraron y sonaron a duelo, se dejaron sentir
innumerables muestras de dolor y de profunda tristeza, los fieles
católicos dispersados por el orbe entero acabábamos de perder a
nuestro Padre común.
Ésta
perdida no afecta sólo a la Iglesia, sino a la humanidad entera,
pues el testimonio, el consejo y la palabra de Juan Pablo II
dieron un giro total en el curso de las naciones enteras, derribó
muros, rompió fronteras y movió millones de corazones humanos descubriéndoles
el profundo sentido de la vida.
Con
la muerte de Juan Pablo II, muere también un discípulo de Cristo
a carta cabal, un líder, un hombre carismático, un hombre lleno
de luz y de esperanza que supo conducir a la Iglesia de Cristo hacia
el tercer milenio de la era cristiana, según se lo profetizará
su íntimo amigo, el Primado de Polonia el Cardenal Stefan Wyszynski,
pero con su partida nos ha dejado un legado sobre el sentido de
la vida, del dolor, de la caridad y del otro.
Dio
a la vida, como lo afirman nuestros Obispos, “un rostro de paz,
de serenidad, de conciliación, su mensaje no fue indiferente, revolucionó
sociedades, mentalidades e ideologías, aunque también a muchos incomodó...
sus palabras fueron duras, pero llenas de verdad. Fue un punto de
referencia de la conciencia moral del mundo contemporáneo”
Hablar
de Juan Pablo II nos lleva reconocer en él sus dos pasiones,
Dios y la humanidad, Jesucristo y el hombre; de ahí que toda
su vida esté centrada en el amor a Dios y en el servicio al prójimo.
Si es bien cierto que podemos hablar del gran teólogo también
es muy cierto que también debemos hablar del gran humanista
que ha conducido los destinos de la Iglesia y la humanidad durante
casi 27 años, a través del tercer pontificado más largo de la
historia, apenas superado por Pío IX y san Pedro.
La fuerza de Juan Pablo II fue su
amor pastoral, un día como a Pedro también le preguntó Jesús, seguramente
desde su niñez “¿Karol, me amas más que estos?” ¡Señor, tu sabes
que te amo! El amor es lo más fuerte, más que el odio y que
la muerte. Cristo, modelo de pastor, amó hasta dar la vida. Juan
Pablo II, Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro, proyecto siempre
a Cristo, Buen Pastor, que para salvar a las ovejas se enfrentó
también a los lobos, porque le importaron siempre las ovejas.
(cfr. Jn 10, 11-13)
De
Juan Pablo II tenemos un sin fin de palabras pronunciadas, de
escritos, de discursos y de testimonios que sería interminable hablar
de todos ellos; es por eso que la enseñanza de este Sumo Pontífice
la podemos centrar en la exhortación que nos hizo en el inicio solemne
de su pontificado, el 22 de octubre de 1978:
“¡No tengan miedo!: ¡Abran las puertas
al Redentor!”, de ahí que más que hablar del teólogo
o del filósofo o del humanista, tenemos que hablar del gran cristiano
que hizo la síntesis de su vida al mirar en el hombre a Dios
y a Dios en el hombre. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre,
está en el centro de toda la vida de Karol Wojtyla desde su
ambiente familiar, en su infancia y juventud, en su vocación sacerdotal
y en su etapa de seminarista, en su ministerio sacerdotal y episcopal,
en los años en que fue cardenal en su amada Polonia y como Sumo
Pontífice de la Iglesia Católica.
De su fe en Cristo Redentor podemos
entender su amor a la Virgen María y a la Iglesia, la ortodoxia de su doctrina
y su interés por llevarnos a todos a la unidad en Cristo,
procurando darnos los elementos doctrinales y espirituales que nos
ayudarán a configurarnos cada día más a Jesucristo el Señor,
las más de 100 000 páginas que conservan sus discursos son una muestra
de ellos.
Consciente
de la misión de la Iglesia y de los cristianos, que estamos llamados
a ser la sal de la tierra y luz de las naciones, Juan Pablo
II procuró estar cerca de cada hombre, peregrinando por todo el
mundo para llevar la luz del Evangelio, manifestándose como el gran
estadística y filósofo, pero sobre todo como un pastor
lleno de Dios y de la fuerza del Espíritu Santo, y que atento
a las necesidades de la humanidad influyó en el curso de la historia
humana y con su mensaje de amor, paz y solidaridad impactó también
en el corazón de aquellos que no conocen o incluso rechazan la Palabra
de Dios.
Su
celo misionero, ampliamente reconocido, le impulsó a ponerse
al alcance de todos para llevarnos a Dios, siendo un Padre y
Pastor para los católicos, un hermano para los creyentes en Cristo,
fraterno con los que reconocen la existencia de un solo Dios, abierto
y en diálogo con todas las religiones y culturas, propositivo
con los estadistas y políticos, iluminador para los científicos.
Juan Pablo II valoró la importancia de los medios de comunicación
para la tarea que tenía encomendada y a través de ellos, llevó el
mensaje de la salvación a la humanidad entera.
En
nuestra memoria queda el inestimable tesoro de sus palabras y sus
gestos para con los niños y ancianos, lo mismo que para los
enfermos y los jóvenes, para las mujeres y las familias,
para los obreros y campesinos, para los más desprotegidos
y los indígenas, así como para quienes rigen los destinos
del mundo en la política, la economía y los medios de comunicación.
En
particular, para nosotros los mexicanos, que como ha dicho el Emmo.
Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, tenemos tres amores: Jesucristo,
la Virgen de Guadalupe y el Papa, los recuerdos y las enseñanzas
que nos quedan del Papa Amigo, que nos hermano con su amada Polonia
y con el mundo entero, son muchas. Cinco fueron las visitas a
nuestra Patria, en cuatro de ellas estuvo aquí en la Casita
de la Niña del Tepeyac, precisamente en este mismo lugar donde me
encuentro ahora.
En
este recinto dedicado a santa María de Guadalupe, advocación a la
que tanto amó el Papa, resuenan sus palabras en las que de diversas
maneras nos expresó también el amor que a los mexicanos nos tenía.
El 31 de Julio de 2002, en la homilía de la misa de canonización
de san Juan Diego nos dijo: “En este momento decisivo de la historia
de México, cruzado ya el umbral del nuevo milenio, encomiendo a
la valiosa intercesión de San Juan Diego los gozos y esperanzas,
los temores y angustias del querido pueblo mexicano, que llevo
tan adentro de mi corazón.
Aquí fue, frente a la imagen amada de Nuestra Niña y Madrecita de Guadalupe,
donde encomendándonos a san Juan Diego, el Papa, pidiendo por los
sacerdotes y las vocaciones, nos dejó a los mexicanos varias
tareas a cumplir, entre otras que la Iglesia que peregrina en
México, cada día “sea más evangelizadora y misionera”,... que los
laicos “sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los
ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico”. Aquí
también nos bendijo: “Bendice a las familias, fortalece a
los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los
padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio
el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu,
de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia.
Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las
exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre,
para que así se consolide la paz”.
Y
desde aquí dulcemente llamó a santa María de Guadalupe la Morenita
del Tepeyac; desde aquí invocó también a nuestro amado Juan
Diego, ¡«el águila que habla»! “Enséñanos el camino que lleva
a la Virgen Morena del Tepeyac, para que Ella nos reciba en lo íntimo
de su corazón, pues Ella es la Madre amorosa y compasiva que nos
guía hasta el verdadero Dios”.
Sí,
muchos son nuestros recuerdos por los acontecimientos de la canonización
de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, entrañablemente llevamos
en nuestro corazón las palabras que nos dijo en su despedida improvisada,
a los pies de nuestra Niña y Madrecita Guadalupe, al día siguiente,
en la beatificación de los mártires de Cajonos, cuando nos dijo
¡“Me voy, pero no me voy... me voy, pero no me ausento.. me voy,
pero de corazón me quedo, México Lindo, Dios te bendiga.”!
Sí,
Juan Pablo II, te has ido, pero te has quedado entre nosotros, te
has ido y te has quedado en nuestro corazón y no solamente en
el de los mexicanos sino en el de todos los católicos y en los de
la humanidad entera. Te has ido pero tu paso en la tierra ha
sido un hermoso y prolongado reflejo del amor de Dios que nos da
la certeza de lo anunciado por Jesucristo, nuestro Señor. “Yo
estoy con ustedes hasta el fin de los tiempos”.
Te has ido y nos has dejado el testimonio
de cómo debe vivir y morir un cristiano, siempre mirando a Jesucristo, aprendiendo de Él, anunciándolo a Él, llevando a todos hacia
Él.
Amando como Él lo hizo a María Santísima,
a la Iglesia y a toda la humanidad. En este año de la Eucaristía
en la que has ofrendado tu vida por nosotros uniéndote al sacrificio
redentor de Jesucristo el Señor, nosotros te decimos: Que Dios
te conceda la recompensa por haber corrido la carrera, por haber
combatido el buen combate y te otorgue la recompensa de la corona
de la inmortalidad, ésa de la que tanto nos hablaste y de
la que esperamos un día gozar contigo, en adoración perpetua y plena,
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en presencia de la Virgen
María, a la que cuando vivías siempre profesaste un filial y devotísimo
amor.
Que
los Apóstoles, los Santos y los ángeles te abran las puertas del
paraíso y te introduzcan al trono del Altísimo. Descansa en paz
Juan Pablo II, descansa en paz pequeño y grande Lolek. Amén.