InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Homilías
   
 

VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DE LA
HOMILÍA
PRONUNCIADA POR MONS. ALBERTO SUÁREZ INDA, ARZOBISPO DE MORELIA, EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA DE LA PEREGRINACIÓN FEMENIL DE MORELIA AL TEPEYAC.

11 de agosto de 2005

Muy queridas hermanas peregrinas, sacerdotes que han caminado con ustedes, sus familiares que han venido a encontrarlas, y un servidor, todos con gusto estamos aquí en este Santuario. Las felicitamos por esta peregrinación de fe, por este esfuerzo que significa un sacrificio pero que al mismo tiempo les proporciona una íntima alegría.

Al contemplar con grande emoción esta bendita imagen de María de Guadalupe podemos contemplar en ella un modelo de mujer, un ejemplo de creyente, una madre amorosa, la figura de la Iglesia, esperanza de la Humanidad. Ante todo una mujer, si, sencilla y pobre, pero hermosa y llena de dignidad; mujer fuerte y valiente para aceptar responsabilidades y cumplirlas con fidelidad hasta sus últimas consecuencias.

En María admiramos su dulzura y su fecundidad de Madre. ¡Qué bien la compara el libro del Eclesiástico en la Primera Lectura, con esa vid que florece y da frutos de gloria y de riqueza. Su recuerdo, su nombre, es más agradable que un panal de miel. Ella reconoce su pequeñez pero tiene conciencia de las maravillas que realiza El Poderoso en su Sierva. Se atreve a preguntar con toda claridad al ángel cómo se realizará todo lo que le anuncia, y responde con libertad dando un sí que la compromete.

Ante todo pues, María es modelo de mujer pero también es ejemplo de creyente porque, ese sí, la aceptación voluntaria: “Hágase según tu Palabra en mí”, es lo que nos hace ver en ella un ejemplo de fe.

Como Hija del pueblo de Israel recibió a través de sus padres, de sus antepasados, los patriarcas, este don de Dios. Sabe que Dios hizo promesas y que es fiel para cumplirlas. María, meditando los libros del Antiguo Testamento, esperaba la llegada del Mesías. En oración silenciosa, rezando los Salmos, alimentaba en su corazón el deseo que se mantenía como lámpara encendida por siglos de historia. Por eso su prima Isabel, como escuchamos en el Evangelio, la felicita diciéndole: “Dichosa tú que has creído que se habrían de cumplir las promesas del Señor”.

Como explican los Santos Padres, antes de concebir en su seno al Hijo de Dios hecho hombre, ya lo había concebido en su corazón por un acto libre, de fe, recibiendo la Palabra de Dios.  Así, María se convierte en Madre, madre amorosa, Madre de Jesús y Madre nuestra. Por ser su Hijo verdadero hombre y verdadero Dios, el Verbo Eterno, por eso merece con toda razón que se le reconozca y se le llame la Madre de Dios.

Durante 9 meses llevó en sus entrañas a aquel, el Hijo Eterno del Padre, que quiso rebajarse y que no se avergüenza de tomar nuestra carne y nuestra sangre en la doncella de Nazareth.

Con el mismo cariño y ternura con que lo envolvió en pañales en Belén, lo recibirá en sus brazos cuando lo bajan de la Cruz para amortajarlo. Madre que sufre porque es Madre que ama. Madre inseparable de su Hijo en medio del gozo y del dolor. María escucha de labios de su Hijo las exigencias para quien esté dispuesto a ser su discípulo. Ella es la primera que acepta y vive el Evangelio.

La maternidad de María se extiende sorprendentemente a todos nosotros cuando acepta el encargo que Jesús le hace antes de morir: “Ahí tienes a tu Hijo”. Si, ahí estábamos todos representados en (el discípulo) Juan y podemos escuchar cada día que nos dice Jesús: “Ahí tienes a tu Madre”.

En este bendito Tepeyac siguen resonando para nosotros las palabras de María: “¿Qué te aflige?, ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?, ¿No estás por ventura en mi regazo?”. Modelo de mujer, ejemplo de creyente, Madre amorosa, María es figura de la Iglesia, de esta Iglesia peregrina que a pesar de sus debilidades está llamada a ser la Iglesia. Santa María es la imagen de esta comunidad creyente que lucha porque la Palabra de Dios se encarne hoy en nuestras vidas, en nuestra sociedad.

María nos recuerda que podemos superar nuestras miserias y caminar al encuentro de Dios con fortaleza, sin dejarnos vencer por el desaliento ni por el cansancio; imitando en todo a la Santísima Virgen, consagrándonos de nuevo a Ella, vendrá el Espíritu Santo a consolarnos, a purificarnos, a transformarnos, para que siendo miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo seamos un signo de la presencia de Jesús, como una Eucaristía viva.

Ser la Iglesia es para nosotros motivo de gratitud y de alegría, que brote siempre de nuestros labios y de nuestro corazón el cántico de la Virgen, la oración preciosa del Magnificat, sobre todo en este año Eucarístico.

Por todo lo anterior, la humanidad encuentra en María, como decimos en la Salve: vida, dulzura y esperanzaCuánta falta nos hace la esperanza en un mundo de tantas desilusiones!, en una sociedad cansada de tantas y falsas promesas. En un tiempo en el que parece que tuviéramos que tuviéramos que distraernos para no caer en la angustia y en la depresión.

Hoy como cada año llegamos aquí para encontrar aliento, para recuperar la fuerza interior que nos permita seguir adelante y esperar contra toda esperanza. Muy queridas hermanas, queridos hermanos, ustedes peregrinas están llamadas por Dios a cumplir una misión en la familia, en su pueblo, en su parroquia, en la Patria.  Ser mujer, en todo el sentido de la Palabra, supone inteligencia y fortaleza, prudencia y atrevimiento, descubrir una vocación grande en el amor y la fidelidad.

Ustedes nos dan un ejemplo de fe, no les asustan las adversidades del camino, han abierto su alma al llamado silencioso de Dios y se unen de corazón a María para decir: “Aquí esta la sierva del Señor, hágase en mi según tu Palabra”.

Muchas de ustedes son mamás, en sus hijos descubren a quienes son imagen y semejanza de Jesús. Su capacidad de amar proviene no sólo del instinto sino de la Gracia del Espíritu. Han de educar como María, con el ejemplo de paciencia y con la sabiduría que viene de Dios.

Y en medio de la Iglesia tienen un lugar especial, su apostolado es muy variado: catequistas, ministros de la comunión, servidoras de la Palabra, atendiendo a los enfermos, pero lo más importante es que comprendan, como Teresa del Niño Jesús, el camino más excelente en el corazón de mi Madre la Iglesia: yo seré el amor.

Hermanas, no dejen que se apague la llama de la esperanza, recurran a María en los momentos difíciles, Ella está con nosotros.

Quiero hacer un recuerdo de nuestro amadísimo Padre Juan Pablo II que repetidas veces visitó este santo lugar. El llegó al fin de su peregrinación y goza ahora, así lo esperamos confiadamente, en la Casa del Padre.

Pedimos la intercesión del Siervo de Dios Juan Pablo II por nuestra Patria a la que manifestó tan gran predilección. Y también encomendamos al Papa Benedicto. Dentro de un mes todos los obispos de México tendremos la dicha de encontrarnos con él en Roma, con motivo de la Visita Ad Limina a los sepulcros de los apóstoles. Tendré la oportunidad de llevarle al Santo Padre el testimonio de nuestra adhesión filial. Le diré que en México, en Morelia, Michoacán y Guanajuato, lo queremos y esperamos su bendición apostólica.

Finalmente encomendamos hoy de manera especial también al muy querido señor obispo Leopoldo que el próximo miércoles toma posesión de su Diócesis en Tapachula, Chiapas, y nos unimos  con toda la Iglesia, en la fe y en la plegaria, presentando por manos de María nuestras intenciones y necesidades; nuestros propósitos y nuestros anhelos.

Que la Virgen nos fortalezca y nos mantenga siempre en amistad con su Hijo Jesús, así sea.

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina Anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados