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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XI Domingo Ordinario.

Domingo 12 de junio de 2005

LLAMADOS PARA SER ENVIADOS

Hermanos no cesamos de alabar y bendecir a Dios, nuestro Padre, porque, en sus misteriosos designios de amor, nos ha elegido en su Hijo Jesucristo para enviarnos a ser testigos de la llegada de su Reino, dándonos su Espíritu para cumplir fielmente su voluntad de que seamos colaboradores en la salvación de todos los que se abran a su proyecto de amor.

Mis queridos hermanos, tenemos la tendencia natural a creernos diferentes unos de otros, colocándonos siempre en posiciones de privilegio sobre los demás con la lógica exigencia de exigir lugares y consideraciones especiales que nos confirman esa preeminencia de unos sobre otros.

Pero la verdad que nos enseña la Palabra este domingo es que ciertamente hemos sido elegidos y puestos a parte; pero no para estar sobre los demás, sino al servicio de ellos. La elección no significa ante todo privilegios que nos distingan y nos permitan exigir consideraciones especiales. Al contrario, nuestra vocación se completa en la misión que se nos encomienda. Y esta misión consiste en ser, como individuos y como comunidad, instrumentos de salvación para todos los pueblos de la tierra. En eso consiste ser miembros de un pueblo sacerdotal. Veamos cómo nos lo dicen los textos de la Escritura que hemos escuchado este domingo.

El texto sagrado de este domingo está tomado del libro de Éxodo en su tercera parte donde Dios ratifica la alianza mediante el Decálogo (20,1-17) y el Código de la alianza (20,22-23,19). En el trozo que escuchamos, después de recordar al pueblo todos los bienes que les ha hecho, y que son el fundamento de la alianza, pasa a enunciar las exigencias de ese pacto.  Notemos que Dios, al recordarles la historia, quiere dejar bien sentado que antes que nada Él   ha creado primero con su pueblo vínculos de amor y de compromiso. Es decir, ha creado, por iniciativa suya, lazos de intimidad profunda y, por su parte, permanente.

Por eso, Dios hace unas promesas cuyo cumplimiento está condicionado por la fidelidad del pueblo, concretada en la observancia de los mandatos divinos. Existe, pues, mis hermanos, la posibilidad del rechazo que condicionaría el futuro del pueblo. Vemos, entonces, que Dios trata con hombres libres capaces de comprometerse y de mantenerse fieles a los compromisos.

Hermanos: la propuesta que Dios hizo a su pueblo y nos hace hoy a nosotros, es que aceptemos la elección a ser mediadores entre él y la humanidad. Esta es la función concreta del sacerdote, la del pontífice, es decir, la de hacer de puente. Por eso ser miembros de un pueblo de sacerdotes, si es un privilegio, es por su posibilidad de servir consagrando el mundo a Dios, poniéndolo bajo su dominio absoluto para liberarlo del mal. Pero esto ha de ser una decisión de todos y cada uno de los miembros del pueblo. Por eso advierte: si quieren ustedes escuchar mi voz y guardar mi alianza, ustedes serán para mí mi propiedad entre todos los pueblos… (v.5).

El evangelio, por su parte, hermanos, es muy iluminador también en este sentido: Después de haber indicado la finalidad de su misión y demostrado su autoridad con su doctrina (Mt 5-7) y con sus obras (8-9), Jesús aparece, en el evangelio de san Mateo, comunicando su autoridad y su misión a aquellos que él ha elegido.

Lo que vemos en el evangelio, y más concretamente en la elección de los Doce y en el envío que Jesús hace de ellos, es que se trata de un don del Padre, a quien es necesario rogar, y de Cristo, que envía con instrucciones muy precisas y puntuales. Se trata, hermanos, del envío de la Iglesia, a la manera de la elección y destino del antiguo pueblo de la alianza. Este nuevo pueblo es una realidad nueva querida por Dios e instituida por Cristo, de la que el antiguo era anuncio o figura. En ese sentido se entienden los Doce prefigurados en las doce tribus de Israel.

Pero como los miembros el antiguo pueblo, los del nuevo también hemos sido llamados gratuitamente. Así lo afirma san Pablo en la segunda lectura tomada de su carta a los Romanos. Antes de ser llamados; antes de ser justificados por la muerte de Cristo, todos nosotros éramos pecadores, estábamos enfermos y éramos impíos, hasta enemigos de Dios. Pero Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo, y, como esto es don de Cristo, en la misma carta, un poco antes del texto de hoy, san Pablo nos dice  claramente, que Cristo nos ha hecho justos, nos ha dado la paz y con esto, la posibilidad, si queremos, de tener acceso a él, como pueblo sacerdotal con una esperanza inquebrantable y con el amor que nos vien con el don de su Espíritu. (5,1-5).

Por eso, nuestra misión como Iglesia y como individuos la desempeñamos con humildad y obediencia, sin pensar que somos mejores que los no creyentes, más bien, sin olvidar que también fuimos salvados del pecado; considerando un alto honor poder servir a los intereses de Dios en lo que toca a la salvación del mundo. Pero nunca como dueños ni de la salvación, ni de toda la verdad. Esto nos librará de todo engreimiento, de triunfalismos huecos y engañosos; insisto, nos dará la posibilidad de servir en todos los ámbitos de la vida ordinaria; hasta en las actividades más humildes.

Mis queridos hermanos, cada vez que nos reunimos para celebrar el único sacrificio salvador, el de Cristo, la santísima Eucaristía, lo hacemos con el propósito, no sólo de santificarnos a nosotros mismos —aunque muy frecuentemente solemos buscar esto en primer lugar—, sino el de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo al Padre para el perdón de los pecados del mundo. Pensemos, cuando estamos participando en la celebración dominical de la Eucaristía, que, aunque Dios no es insensible a las súplicas de sus hijos aunque no lo conozcan, nosotros somos su voz unida a la de Cristo, el Sumo Sacerdote, para alabarlo, bendecirlo y darle gracias. Esto nos envía a salvar el mundo en las cosas más pequeñas del acontecer diario de cada quien. Ese contacto dominical, tan íntimo y cercano con el Señor, es lo que hace valiosa nuestra presencia y nuestra acción en el mundo de cada día.

Que Santa María de Guadalupe, como madre de la Iglesia, nos acompaña enseñándonos en la obediencia y en la humildad del servicio a su Hijo en nuestros hermanos, sobre todo los más alejados del influjo del evangelio. Amén.

 
 
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