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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XII Domingo Ordinario.

Domingo 19 de junio de 2005

DIOS DA LA CARGA, PERO DA TAMBIÉN LA FUERZA PARA LLEVARLA
Juan Pablo I

Hermanos, la grandeza y la gloria de Dios se manifiesta en su máxima expresión cuando, gracias a la fuerza que nos da, somos capaces de salir adelante, y hasta con aires de triunfadores, de los momentos y situaciones más adversos en la vida, por fidelidad al Evangelio. Démosle gracias y proclamemos su bondad para con todos sus fieles.

Decía el Papa Juan Pablo Segundo que el mundo ya no quiere discursos sino testigos. Y esto, mis hermano, es hoy cada vez más urgente. Muchos se desaniman y abandonan la práctica cristiana de la fe; otros tantos ni se sienten atraídos por la propuesta cristiana, a causa de la falta de testimonio de quienes nos decimos cristianos, más aún, católicos. El cristianismo en muchos ambientes no pasa de ser parte del paisaje cultural. A muchos nos falta vivir el cristianismo más allá de las formalidades cultuales y culturales convencionales. Otros más nos conformamos con las prácticas folklóricas de una religiosidad hecha a nuestra medida.

Pero la Palabra de Dios, que escuchamos hoy a través de los autores sagrados, nos cuestiona acerca de la profundidad de nuestra fe a partir de nuestra fidelidad en el seguimiento de Cristo.

La auténtica vida cristiana, mis hermanos, se caracteriza por la perseverancia en las adversidades y en la persecución. Así nos lo enseñan los textos bíblicos de este domingo.

En el libro de Jeremías escuchamos cómo ser fiel a la misión que Dios le ha encomendado al profeta sólo le ha traído enemistades, penas y angustias. El texto que ilustra nuestra vida es parte de una de las así llamadas “confesiones” de Jeremías; se trata de la quinta y última (20, 7-18). Es la más trágica de todas por el tono tan grave en que se expresa. Unos versículos antes, de hecho, el profeta habla de una especie de violencia ejercida por Dios sobre el profeta, puesto que se ha dejado seducir por sus promesas; promesas que no ha podido ver cumplidas, sino todo lo contrario. Y todo por causa de la Palabra que tiene que anunciar fielmente aún a costa de su seguridad y de su vida misma.

Pero le salta el optimismo en medio de la tragedia para darse valor. El fundamento de este optimismo está en la presencia cercana de Dios que sale en su defensa en medio de los peligros y las amenazas. Sin embargo, después de este himno de alabanza al Dios que castiga a los malvados, más allá del texto litúrgico, el tono de su desesperanza sube todavía más de tono al grado de maldecir hasta el día de su nacimiento.

Hermanos, el profeta Jeremías es imagen viva de muchos de nosotros que, cuando nos hemos decidido a seguir a Jesús, cautivados por sus enseñanzas y sus promesas, muy pronto nos damos cuenta de las exigencias tan radicales que trae consigo el llamado y la misión que se nos encomienda. La generosidad y el arrojo de la juventud pronto se ven oscurecidos por la desilusión que produce demasiada carga y tal vez la poca gratificación inmediata. En ocasiones encontramos motivos para seguir esperando y seguir en la faena y en la respuesta fiel, para volver al desaliento ante las pruebas que no faltan. Así transcurre, hermanos, la vida del creyente; en medio de altas y bajas, de estímulos y reveses.

Y si vemos esta experiencia a la luz del evangelio de hoy, tenemos que comprobar que toda la historia del cristianismo, comenzando por Jesús, está marcada por esta característica que le es natural, pues parece que hemos de aceptar que la persecución es el estado natural del cristiano. En efecto, Jesús es, desde su nacimiento hasta su muerte, objeto de persecuciones, calumnias y amenazas que se cumplen infaliblemente por mantenerse fiel a la voluntad de su Padre y a sí mismo. Toda su obra se desarrolla en medio de oposiciones e intrigas de sus perversos enemigos. Y con todo, en una ocasión dijo: Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,10).

Por tres veces Jesús repite a sus apóstoles “No tengan miedo”. Aunque cueste, aunque no sean entendidos, aunque parezca que todo son problemas y dificultades, no deben tener miedo, deben perseverar y mantener la confianza, y eso por diversos motivos:

Primero, porque “nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse”. O sea, que al final la verdad acabará imponiéndose, que el tiempo dará la razón a los que la tienen y qué, por tanto, hay que continuar “diciendo en pleno día” y “pregonando desde la azotea” la buena noticia del evangelio de Jesús.

Segundo, porque los que persiguen a los cristianos “matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Nuestra fe es una fuerza interior, profunda, que va más allá incluso de la vida física. Tal como acaba la última de las bienaventuranzas, de la que parece que el evangelio de hoy se haga eco: “Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo” (Mt 5, 12).

Y tercero, porque todos estamos en manos de Dios, él nos ama y nos protege: “Hasta los cabellos de la cabeza tienen contados” y para él valemos mucho: “No hay comparación entre ustedes y los gorriones”.

Y ésta es una de las grandes paradojas de la fe cristiana: poder ser felices, precisamente en medio del sufrimiento. En el contexto cristiano, sufrimiento y alegría no se oponen. De ahí la exhortación —por tres veces—de Jesús a no tener miedo a los hombres, porque ¡no pueden pasar de quitar la vida! ¡Claro! Porque la vida del hombre, según nuestra fe, no se limita a lo material, caduco y efímero. Existen para Cristo, y para nosotros, valores más altos, desde luego, que los bienes materiales, pero incluso que la vida misma, la salud o el bienestar legítimo.

Y Cristo, mis hermanos puede llegarnos a pedir todo. Lo más preciado a los ojos de los hombres: la fama, la paz, el progreso… a cambio de dicha, libertad y paz interior, ¡alegría y gozo! ¡Que nada ni nadie nos pueden arrebatar! Y todo esto porque tenemos la certeza de que Dios, nuestro Padre, cuida de nosotros como nadie. Él se ocupa de nosotros únicamente para nuestro bien.

Los invito, queridos hermanos, a celebrar la Eucaristía con este optimismo: el de la fe que afirma que nuestro Señor Jesucristo, dándose a sí mismo, se entregó por nosotros para que pudiéramos nosotros ir tras sus huellas y hacer lo mismo unos por otros. La Eucaristía se nos ofrece como una oportunidad de contemplar constantemente este misterio y de recibir la fuerza del Espíritu para perseverar y seguir muy de cerca al que camina junto a nosotros como Hermano y Señor. No tengamos miedo de vivir en contracorriente con las propuestas del mundo materialista, hedonista y superficial en el que nos movemos. Dejemos que en cada Eucaristía, el Señor nos limpie de complejos y cobardías que nos impiden dar el testimonio que el mundo necesita para que crea y se salve.  Jesús mismo dará testimonio de nosotros ante Dios si nosotros le hemos sido fieles, a pesar de todas las dificultades.

Seguramente nuestra Señora Santa María de Guadalupe y maestra de obediencia y fidelidad nos acompaña en este camino hacia la Patria celeste. Amén.

 
 
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