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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XIII Domingo Ordinario.

Domingo 26 de junio de 2005

DESAPEGO Y HOSPITALIDAD ES VIVIR PARA DIOS

Hermanos, demos gracias a Dios, nuestro Padre que nos ha llamado a servirle con todo lo que somos y tenemos para siempre, pero ya desde ahora en lo más ordinario de nuestra vidas, simplemente unidos a la cruz de su Hijo Jesucristo por quien tenemos acceso a la Vida verdadera que él nos ofrece.

Hermanos, todos, mientras no crecemos en la fe auténtica, solemos apegarnos entrañablemente  los bienes que poseemos, de cualquier índole: material, afectivo, intelectual o cultural. Y nos adherimos a ellos como a algo de valor tan absoluto que prácticamente, en ocasiones, llegan a suplantar a Dios. De manera que podemos decir que se nos convierten en ídolos.

Decíamos el domingo pasado que estuviéramos preparados a que Cristo nos pidiera hasta lo increíble. Pues, como vemos, no pasaron más que ochos días y esto se está cumpliendo hoy. Podríamos decir que este evangelio de este domingo, en la primera parte, es continuación clara del de hace ochos días.

Parece que no hay nada más querido por todos nosotros que los lazos familiares. Y Jesús mismo sabe cuánto valen para nosotros y cuánta seguridad nos proporcionan en la vida, puesto que con mucha frecuencia recurre a ellos para invitarnos a la experiencia de Dios, por ejemplo, como Padre, o de él mismo como nuestro hermano o amigo. Sin embargo, este domingo nos advierte que no podemos ser dignos de él si nos aferramos tanto a nuestros padres que nos impidan seguirlo.

Es esta exigencia, ciertamente algo desconcertante, ¡pero es de Jesús! no podemos permitir que simplemente nos escandalice y hacerla a un lado por incomprensible. No. Viniendo de él no tenemos otra alternativa que tratar de entenderla, con la certeza, que nos dan la fe y la confianza en su amor, de que se trata de algo que nos conviene, por más que, de entrada, nos desconcierte y nos cause cierto temor o desasosiego. Como siempre, lo hacemos adentrándonos en los textos sagrados que nos ponen en relación con la Palabra de Dios.

Empecemos, hermanos, esta vez por el evangelio donde encontramos dos enseñanzas aparentemente muy diferentes. Veremos, sin embargo, que nos son tan indiferentes una a la otra. La primera, como decíamos, está en continuidad con el evangelio del domingo pasado, más aún es su aplicación muy concreta, y hasta desconcertante. Pero está en consonancia con las más antiguas enseñanzas contenidas en el Decálogo mosaico: amar a Dios por encima de todos y de todo. Lo nuevo en la enseñanza de Jesús es que él exige para sí la adhesión total debida a Dios. ¡Él es Dios! Y él, consumador de la nueva alianza por la cruz, exige que, como él, llevemos la nuestra en el amor y la obediencia.

Es cierto que ha venido a traer la paz, puesto que con su muerte puso en paz todas las cosas (Prefacio Plegaria IV), reconciliándonos con el Padre. Por eso, hermanos, la paz de la que habla Jesús no es la de este mundo que se gana con componendas sino que, al contrario, dice que ha venido a traer  conflictos, incluidos los que se suscitan en los lazos familiares. Pero no es que Jesús tenga en poco los afectos familiares, sino que establece claramente que existen otros valores todavía más altos que éstos, que son tan nobles y hermosos: los valores del Reino que él encarna.

Hemos de ver en esta exigencia, hermanos, no la renuncia a algo que no vale, sino de algo que vale tanto que tiene sentido cambiarlo por lo perfecto, lo absoluto y pleno como es el seguimiento de Jesús como Dios, como único valor absoluto. Se nos pide pasar de la vida bella y noble, pero temporal, a la Vida perfecta y eterna: la que sólo Dios puede dar. Por eso, mis hermanos, también nos advierte que quien quiera conserva la vida la perderá, mientras que quien la pierda por él, la ganará para siempre. Entonces, que quede bien claro, Jesús no nos pide sólo un desapego a la afectividad familiar, sino hasta a la propia vida. ¡Y ésta, desde la perspectiva humana, constituye el valor supremo! Ésta vale tanto que se puede cambiar por la eterna de Dios.

Esta es la razón por la cual quienes se han entregado totalmente al servicio de Dios, de su Palabra y, en general, de los intereses del Reino, llevan toda clase de bendiciones a quienes los acogen con respeto. Tal como sucedió en siglo décimo a.C. en lo que hizo la mujer de Sunam y su esposo con el profeta Eliseo.

Entendamos, hermanos, que todo discípulo de Jesús que se atreve a dejarlo todo por el Reino tiene segura en gran medida la vida digna en este mundo gracias a la acogida de quienes aprecian y aceptan su servicio y se benefician de él. Esto es totalmente cierto. Y si esto no fuera así en este mundo, lo es   —porque lo promete  Jesús— en la vida futura. Quien recibe a un profeta, dice Jesús, lo recibe a él y a su Padre (v.40). Es ésta la primera y mayor bendición. Todo lo demás es extra, pero inferior a esa. Pero notemos también que para tener un corazón abierto a Dios y a sus enviados, necesitamos vivir en una actitud permanente de desapego a los bienes que pueden cautivar, es decir, hacernos sus esclavos. Es lo que Jesús nos dice. Y para acoger hay que tener lugar, espacio en el corazón, lo que implica, lógicamente, que no lo ocupen otros bienes por nobles, sublimes y legítimos que sean.

La Eucaristía, mis hermanos, es el lugar de encuentro con Dios, en Cristo y con lo que a él le interesa. Es aquí donde vamos aprendiendo a valorar lo que Dios nos da: precisamente su propia vida por la muerte y resurrección de su Hijo que se nos da sin medida. Cuando vemos que nos pide, hemos de ser capaces de  advertir que antes nos hadado él. En realidad, Jesús no nos pide nada que antes nos haya dado. Es la razón de nuestra confianza total y de nuestra entrega a él y a su obra. Por eso no consideramos su exigencia como algo excesivo.

Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora, nos acompañe con su enseñanza en este proceso de entrega amorosa a su Hijo y Salvador nuestro, así como a sus intereses. Amén.

 
 
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