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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XIX Domingo Ordinario.

Domingo 07 de agosto del 2005.

LA FE COMO DON Y COMO VIRTUD

Hermanos, bendigamos al Señor porque es eternamente fiel y siempre escucha las voces de los que le buscan, de los que esperan y confían en su palabra.

En continuidad con el domingo pasado, el evangelio de hoy nos ayuda a poner la vida en manos de Dios. A tener confianza. El está en la vida aunque pueda ser difícil descubrirle. La primera lectura nos ayuda a darnos cuenta de esto: “Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!” Elías hace caso de la llamada, y está a punto para encontrar al Señor Por eso le encuentra. Pero debe discernir, no le halla enseguida, ni se lo imagina en el  primer fenómeno extraño. Tiene confianza en Dios, y pone medios para encontrarle (sube  a la montaña).

Jesús mismo se nos presenta como el que vive en presencia de Dios. Como Elías, sube a la montaña para orar. Y en medio de su actividad Dios se le hace presente. Toda su vida es expresión de este estar en las manos del Padre. El ha venido a hacer la voluntad de Dios. Su misma muerte es el momento culminante de esta actitud de vida: “En tus manos encomiendo mi espíritu”.

La escena de la barca que avanza en medio de las dificultades es paradigmática del camino de los cristianos, y de la misma Iglesia. Los apóstoles se han fiado de Jesús, quien los ha embarcado. Pero no por ello dejan de tener miedo y dudan: “Se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma”. Reafirman su confianza: “Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua”. Pero las dificultades continúan, y se hunde. A pesar de todo, se dirige otra vez a Jesús: ¡Señor, Sálvame! Y Jesús está allí: “le tendió la mano, lo sostuvo”, “el viento se calmo”.

Probablemente muchos de nosotros podemos sentirnos bastantes identificados con Pedro. Porque también, con frecuencia, nuestra fe flaquea, nos entra miedo, tememos hundirnos. De algún modo podemos decir que todos, en algunos períodos de nuestra vida, por circunstancias diversas, hemos sentido flaquear nuestra fe. O dicho de otro modo, que todos, a través de nuestra vida, pasamos por épocas mejores o peores en cuanto al vigor de nuestra fe (o por lo menos, de tal como nos parece sentirla).

La fe es un don, una gracia de Dios. Es el aspecto que simboliza el relato evangélico que hemos leído cuando dice que Jesús llama a Pedro (“Jesús le dijo: Ven”) Pero la fe es también una virtud, es decir, algo que precisa de nuestra colaboración, que depende también de nuestra práctica, de lo que hacemos, pensamos y sentimos nosotros. Es lo que simboliza el relato diciendo que Pedro “comenzó a caminar sobre las aguas hacia Jesús”. Y como Pedro flaquea, duda, tiene miedo, también a nosotros nos sucede, también a nosotros nos sucede que no la fe como don de Dios pero sí como virtud nuestra fe experimenta crisis, altibajos, problemas.

Ante estas situaciones, aquel pescador generoso y sencillo, auque quizás a veces como nosotros algo atolondrado o pretencioso, nos da el remedio. Cuando ve que zozobra, no intenta él hallar la solución a sus dudas, temores o problemas, sino que tiene la sencilla lucidez de buscar la ayuda en quien puede dársela: “Señor, sálvame”. Y –dice el evangelio de Mateo- “en seguida Jesús le tendió la mano y lo sostuvo”.

También nosotros, en los momentos o épocas en que nuestra fe parece flaquear, más que intentar nosotros resolver el problema, lo primero y fundamental que podemos y debemos hacer es pedir ayuda. Pedir ayuda a Aquel que es la causa y la fuerza de nuestra fe. Saber pedir con sencillez: “Señor, sálvame”. Y no dudemos que el Señor Jesús, en seguida, extenderá su mano y nos sostendrá”

Hermanas y hermanos: nuestra fe no es nunca de evidencias – fe es precisamente lo que no es evidente -, se mueve siempre, inevitablemente, en el terreno del claroscuro. Quizá, a veces, la causa de las dificultades en nuestra fe cristiana  es que queremos ver las cosas demasiado claras. La fe es, para nosotros, un gran don, una inmensa gracia que nos ha hecho Dios nuestro Padre, que da orientación y sentido a nuestra vida. Pero nada de eso significa que todo sea claro, que todo lo podamos afirmar con rotundidad.

Recordemos la primera lectura que hemos proclamado, escogida precisamente para preparar la lectura del evangelio. Se le dijo al profeta Elías que aguardara el paso del Señor. Pero, ¿cómo se manifestaría Dios? Dice el antiguo texto que pasó un viento huracanado, pero en aquel viento no estaba el Señor. Vino luego un terremoto, pero tampoco en el terremoto estaba el Señor. Vino luego un fuego, pero tampoco en el fuego estaba el Señor. ¿Cómo se manifestó el Señor al profeta Elías? En el tenue susurro de la brisa se manifestó Dios a Elías.

Tampoco nuestra fe se alimentará en lo extraordinario, sino en lo ordinario de nuestra vida. Todos tenemos experiencia de que ha sido el ejemplo sencillo de aquella persona generosa y abnegada o el testimonio de aquella otra que sabía compartir con cordialidad sin pedir nada a cambio, los apoyos, las luces que nuestra fe ha hallado para robusterse y seguir adelante. Tenues, amables susurros de brisas que han reavivado las brasas de nuestra fe quizá mortecina. La brisa que es el vivificante soplo del Espíritu Santo que reanima nuestras almas, nuestros corazones.

“Jesús le tendió la mano”, escuchábamos en el evangelio. Es lo que venimos a experimentar en la Santa misa del domingo. Dicen muchos comentaristas que la narración evangélica que hemos escuchado hoy tiene un sentido simbólico: a pesar de las dificultades –de las tempestades- que pueda experimentar la comunidad cristiana, la Iglesia simbolizada en la barca de los discípulos, Jesús siempre está cerca, está junto a nosotros, con nosotros, más aún, en nosotros.      

En la celebración de la Eucaristía, cada domingo, al escuchar la palabra de Dios y al compartir su pan, nosotros experimentamos que Jesús nos da la mano. Aunque sea siempre en este claroscuro que es la fe. Como brisa suave y no como huracán o terremoto. Jesús nos da la mano, con entrañable amor, compresivo con nuestras dificultades, para que sigamos nuestro camino en la fe, en la esperanza y en el amor.

Que nuestra Niña y Madrecita Santa María de Guadalupe, la siempre fiel, la que guardaba todas las cosas en su corazón, nos contagie de su fe y nos ayude a mejorar las cosas a nuestro alrededor y sin perder la paz interior Amén.

 
 
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