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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XV Domingo Ordinario.

Domingo 10 de julio de 2005

LA PALABRA Y SUS FRUTOS

Muy queridos hermanos, Dios jamás se calla. No deja de hablar, pues tiene muchas maneras de hacerlo: habla en el lenguaje silencioso de la naturaleza y de la creación con todos sus signos; habla en los acontecimientos de la historia, sean venturosos o no tanto; habla por medio del prójimo aunque no sea creyente; habla en situaciones y realidades positivas o negativas; habla por los profetas de ayer y de hoy; nos habla por medio de
la Escritura, de la Iglesia y de sus pastores.

Nuestro Dios tiene como característica que está siempre en diálogo con el hombre. El salmo 113B dice de los ídolos que tienen boca y no hablan, como tienen ojos y no ven, orejas y no oyen…, manos y no palpan…, en cambio nuestro Dios están en los cielos, y hace cuanto quiere (v.6-7).

Esto, mis hermanos es tan cierto para nuestra fe, que creemos que Dios nos ha hablado, y sus palabras han quedado plasmadas en unos libros que, precisamente son sagrados porque contienen su Palabra. La Palabra de Dios es, entonces, mis hermanos, toda una experiencia de vida. Podríamos decir que la palabra es la expresión más viva del Dios vivo. Todo el Antiguo Testamento es preparación para el gran acontecimientote la Palabra hecha carne que es Jesucristo.

Con el Concilio Vaticano II, como en todos los momentos importantes de la historia de la Iglesia, surgió en el seno de ésta un gran interés por escuchar y meditar la Palabra de Dios a fin de confrontar el proyecto de Dios con las situaciones de la Iglesia y el mundo. Vamos, pues, a meditar, a la luz de las lecturas del día de hoy, en el misterio de la Palabra como un evento salvífico.

En la primera lectura, el profeta Isaías le atribuye a la palabra de Dios una característica notable: su poder o capacidad de superar cualquier obstáculo y de realizar su voluntad de tal manera que no regresa sin haber cumplido su misión. La comparación con la lluvia es suave y poética a la vez que simple y muy fácil de entender. Más fuerte es la semejanza que Jeremías establece al asemejarla al fuego ardiente (Jer 20, 9) y al martillo (Jer 23,29). La imagen de la espada de dos filos, que el autor de la carta a los Hebreos (4,12) emplea, es también impactante pero contundente para entender el misterio de la eficacia de la Palabra. Viene a nuestra memoria, mis hermanos, la solemnidad de la narración de la creación que nos da el libro del Génesis, cuando en cada acto creador suyo, simplemente ‘dice’ y resulta en la existencia lo que pronuncia: por ejemplo: dijo Dios: que exista la luz. Y la luz existió (Gn 1,3). ¡Así de eficaz es la palabra de Dios!

A la luz de esta palabra del Antiguo Testamento hemos de entender lo que nos quiere decir hoy la parábola de Jesús, que san Mateo, junto con otras seis en el capítulo 13, nos transmite. Advertidos ya por la primera lectura, no tenemos pretexto para cerrarnos a su Palabra, especialmente la que Jesús nos dirige este domingo.

Esta parábola se sitúa en el contexto de la predicación de Jesús sobre el misterio del Reino y en el contexto de la redacción del evangelio de san Mateo. En efecto, parece que el evangelista está preocupado por el rechazo de la salvación traída por Jesús y anunciada por la Iglesia. La palabra es eficaz, pero al toparse con la libertad humana, ésta puede anular su obra. De hecho Jesús afirma: todas las veces que uno escucha el mensaje del reino y no lo entiende, viene el maligno y le arrebata lo sembrado en su corazón (v.19). El reino de Dios llega y nada lo puede frenar, a pesar de las resistencias que pueda encontrar en algunos. Llega con nosotros o sin nosotros, pero existe, entonces, mis hermanos, la posibilidad de que, por nuestra falta de acogida, por nuestra falta de apertura y disposición, no sea una realidad personal en todos. Eso es una dramática realidad.

Pero el Reino de Dios encarnado en Jesucristo no fracasa. Jesús mismo, que había sufrido tanta oposición y rechazo, lo sabe y nos transmite su experiencia. La experiencia de quien conoce los misterios del Padre que lo envió a anunciar al mundo que el Reino de Dios llega y es ya una realidad entre nosotros. La Iglesia, mis hermanos, es un signo vivo de esta realidad actual.

Nosotros los cristiano somos los primeros que hemos de dar testimonio de la eficacia de la Palabra a través de nuestra respuesta a partir de una escucha atenta y abierta. Es cierto, mis hermanos, que el medio privilegiado, a modo de un sacramento es la Sagrada Escritura; pero, como hemos visto, no es el único medio por el que Dios nos habla. Ella es una luz muy especial que Dios arroja sobre la vida y la historia de cada día. De manera que podemos decir, según lo que hemos afirmado antes, que la Palabra se manifiesta con toda su fuerza y su poder en los acontecimientos que entretejen nuestra vida personal y comunitaria. En esto consiste vivir la Palabra de Dios.

Todos los domingos llega la Palabra a nosotros en la asamblea eclesial reunida para celebrar la Sagrada Eucaristía. En medio de la asamblea está Cristo Jesús, excelente transmisor de la Palabra, pues él es la Palabra, más aún él es la semilla que, sepultada en la tierra, muere para dar mucho fruto (Jn 12,24). Nuestra participación activa y atenta en la celebración nos permite acoger como buen terreno esa Semilla de la Palabra viva, capaz de fructificar con abundancia y de quitar el hambre a muchos. Los frutos que produce la Palabra en nosotros se manifiestan en la vida diaria y en las relaciones con Dios, con los otros y con el mundo. Tengamos confianza, tengamos paciencia y perseveremos guiados por la Palabra que, con su fuerza, nos hará ver las maravillas de Dios. El Reino de Dios no fracasará porque la palabra de Dios es fiel, eficaz e irrevocable. En esto se finca nuestra esperanza.

Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora de la esperanza, nos acompañe en la escucha devota y perseverante de la Palabra a lo largo de nuestra vida.

 
 
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