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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVIII Domingo Ordinario.

Domingo 31 de julio de 2005

LA IGLESIA Y LA EUCARISTÍA

Hermanos: agradezcamos a Dios, nuestro Padre, que nos ha llamado a ser miembros de su Iglesia para ser sus colaboradores en la construcción de su Reino mediante el testimonio de servicio y entrega a los que menos tienen.

Denles ustedes de comer. ¿Quién es el que da esta orden? ¿Con qué autoridad? ¿A quiénes ordena? Es nada menos que un hombre que lo que más nos enseñó, en lo que más insistió incluso con su vida, hasta la muerte en cruz, fue que vino a servir y no a ser servido; Él se compadeció de los pobres y pasó por este mundo sólo haciendo el bien dejándose llevar sólo por el amor y la misericordia hacia los pequeños, los pobres y los pecadores. En fin, alguien que nos mostró en su ser y en su acción, la ternura de Dios y su interés por el ser humano. ¿Tendrá autoridad?

Él es quien nos ordena con absoluta autoridad a ser discípulos suyos mediante la imitación de su vida. Tarea muy noble a la vez que muy difícil, pero necesaria ya que, por voluntad suya, esto es parte de la construcción del Reino al cual nos ha querido asociar.

Hermanos, hay muchas necesidades y muchos males en el mundo que vivimos hoy: el hambre, las enfermedades, las catástrofes naturales; las guerras, los conflictos entre pueblos y entre grupos, las luchas de poder que en todos los ámbitos se dan; los conflictos sociales por la  desigualdades económicas; las posturas nuevas ante los usos y las costumbres, las tradiciones… Muchas de ellas de estas realidades son de siempre y, en su momento, fueron conocidas por Jesús y él adoptó una postura y se involucró en la búsqueda de soluciones.

Por eso hoy, ante situaciones semejantes y otras nuevas, los discípulos de Jesús, están llamados a ser solidarios, a prestar ayuda, comprensión y tolerancia. En todo, el ejemplo de Jesús siempre nos iluminará para cumplir su mandato y entrar, así, en el proyecto salvador de Dios.

La palabra de Dios siempre nos da la pauta a seguir, siempre y cuando la acojamos y nos dejemos ilustrar por ella en la reflexión, la meditación y la oración. Así pues, hermanos, tenemos este domingo en la primera lectura y en el evangelio una guía perfecta para asumir actitudes propositivas y no sólo de crítica y no de condena y, muchos menos de reclamo a Dios.

Acerquémonos, pues, hermanos a los textos para obtener de ellos la luz y la fuerza que Dios nos quiera dar este domingo a través de su Palabra.

La primera lectura no podía ser más oportuna al respecto, mis hermanos. Isaías, el profeta y sacerdote, que vivió con el pueblo de Dios el hambre y la sed del exilio, la desilusión y la desesperanza, toma la palabra para hablar en nombre de Dios y llamarlos a la conversión buscándolo y dejándose encontrar por Él. Esta llamada va acompañada de promesas, las que ya había hecho a David, mediante una alianza eterna. Pero todavía más, la promesa divina se expresa en imágenes de banquete; el vino, agua, leche, los alimentos suculentos y exquisitos son completamente gratis.

La gratuidad del banquete, con toda su abundancia y riqueza en alimentos, fue una imagen muy frecuente en el lenguaje profético y sapiencial para indicar los tiempos en que Dios iría a favorecer a su pueblo con la salvación en los tiempos mesiánicos. En el Nuevo Testamento este recurso va a ser tomado por Jesús para indicar los bienes espirituales de la llegada del Reino.

Estas imágenes mesiánicas adquieren mayor significado en la predicación y en la actuación del Señor Jesús en el evangelio de san Mateo que hoy hemos escuchado. Notemos primero que el pasaje es continuación del tema de rechazo y de la acogida del Reino que se inició en el capítulo once. Todavía más, vemos que, en el capítulo anterior, el trece, es rechazado precisamente por sus paisanos los nazarenos y por quienes han acabado con el Bautista.

Jesús, que se ha enterado de la suerte del Bautista deja de predicar y se retira para estar solo, tal vez para asimilar esa tragedia y para orar. Pero las multitudes enfermas y hambrientas lo buscan y, al encontrarlos, Jesús los cura y alimenta, no puede dejar de amarlas, a pesar de su sordera y su necedad.

Se ha hecho tarde y la gente no ha comido. Los discípulos le informan a Jesús y le sugieren que los despache a buscar comida. Pero es en este contexto, que hemos subrayado, en el que Jesús interviene para ordenar, a quienes le sugerían una salida cómoda al problema, que se involucren en él y lo solucionen. Denles ustedes de comer, es la orden. Para eso están los discípulos, para eso está la Iglesia de Mateo y la nuestra y la de todos los tiempos. No tienen que ir a comprar. En el Reino todo es gratis; aquí se da. Sólo que hay que aprender a distribuirlo equitativamente en la caridad, en la solidaridad y en la responsabilidad.

Jesús, el primero que hace suya la situación de la multitud, recibe lo que hay y pronuncia la bendición. En seguida hace que sus discípulos repartan haciéndose así cooperadores de un Dios generoso y compasivo. Pues “Cuando se libera la creación del egoísmo…, sobra para cubrir la necesidad de todos” (Mateos/Camacho, El evangelio de Mateo).

Invito a todos ustedes, queridos hermanos, a contemplar en la narración de la multiplicación de los panes, el misterio y la vocación de la Iglesia como se viven en la Eucaristía, pues ésta, en su celebración sacramental nos lleva a descubrir el misterio de la Iglesia como el instrumento que Dios quiere utilizar para salvar a los hombres. En ella tenemos tal abundancia de bienes que podemos compartirlos en la comunión fraterna. En ella expresamos toda la vitalidad de una comunidad viva rica y generosa que nos hace, en torno a Cristo, servidores unos de otros en el amor. La narración nos invita a ver, en la mención de lo sobrante, no sólo la abundancia, fruto de la caridad y del amor de Dios, sino también, por la alusión a las doce tribus, una referencia muy clara a la Iglesia en su misión de ser un instrumento que da señales de la presencia del Reino que ha comenzado y camina a su realización plena más allá de todos los tiempos.

Para ello ha de repartir, en primer lugar el pan de la Palabra, como lo señala la primera lectura, así como el pan de la mesa del Señor muerto y resucitado, es decir el pan eucarístico, pero también ha de propiciar la justa repartición de los bienes de la tierra a fin de que los que tienen hambre sean saciados, los enfermos sean aliviados y los tristes encuentren la alegría de saberse amados por el Padre.

En esta misión nos acompaña nuestra Señora Santa María de Guadalupe que con su ternura y amor por todos nos enseña a ser sencillos servidores unos de otros. Amén.

 
 
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