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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XX Domingo Ordinario.

Domingo 14 de agosto de 2005

LA FE: ÚNICA CONDICIÓN PARA SALVARSE

Bendito y alabado sea el Señor y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el verdadero y único Dios del universo, que nos eligió a todos en su Hijo para nuestra salvación y para hacernos instrumentos de su amor entre todos los pueblos de la tierra.

Hermanos queridos en el Señor, el Concilio Vaticano II dice que el “carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor con el que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu” (LG 13). Esta afirmación doctrinal, mis hermanos está muy en sintonía con el mensaje que este domingo nos regala el Señor a través de los textos que la Iglesia nos propone para nuestra consideración.

Hay dos enseñanzas que, a mi parecer, hermanos míos, van estrecha y necesariamente unidas: el tema de la fe y el de la universalidad de la salvación. Podríamos afirmar que precisamente se relacionan porque la fe está por encima de cualquier situación de raza, cultura o ideología, pero ésa no se experimenta ni se expresa sino en medio de cada cultura o grupo humano concretos.

No está por demás, mis hermanos, recordar que el plan de salvación de Dios para toda la humanidad viene desde la eternidad. De manera que, al elegir al pueblo de Israel no lo hizo excluyendo a todos los demás pueblos de la tierra, sino al contrario —como todas las elecciones divinas—, lo hizo para llevar a cabo su obra de salvación universal sirviéndose, a manera de un instrumento, de un pueblo, bien identificados con una cultura propia y en una situación histórica bien concreta. En pocas palabras, podemos decir que Dios elige, pero no excluye. Pero veamos cómo expone la Escritura Sagrada este misterio en los textos de este domingo.

En la primera lectura, el profeta de fines del siglo VI o principios del V, cuyos oráculos pasaron a ser parte del libro de Isaías, afirma que tanto los eunucos como los extranjeros pueden pertenecer al pueblo de la Alianza sólo con la condición de que observen fielmente la ley. La condición es, entonces, la fe o fidelidad manifestada en la práctica de la justicia y la misericordia. Este texto no es el único en el Antiguo Testamento que afirme la universalidad de la salvación: tenemos otros ejemplos en otros profetas y en algunos salmos, pero sobresalen entre otros los libros de Jonás y el de Rut. En algunos momentos se llega a afirmar que el verdadero pueblo de Dios no se distingue tanto por la raza como por la fe y la obediencia a Dios.

La segunda lectura de hoy, por su parte, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos, nos enseña que Dios ha hecho del rechazo culpable de la salvación por parte de Israel la ocasión para ofrecerla a todos los hombres y pueblos de la tierra y, que incluso, la universalización de la salvación provocará a su vez la salvación de Israel, pues tampoco queda excluido de ella, porque Dios es fiel a sus promesas y a sus planes.

Pero, como siempre, mis hermanos, la palabra más iluminadora nos viene del evangelio, pues es Cristo mismo quien, con sus actitudes y sus enseñanzas, nos hace ver la profundidad del mensaje que la Escritura nos enseña.

Tenemos en la página del evangelio de Mateo de este domingo una imagen muy viva no sólo de Jesús, sino de la comunidad que lo seguía y de la comunidad del evangelista. Efectivamente, frente al rechazo de la propuesta de Jesús y de su persona por parte de los judíos, y de los judíos convertidos al cristianismo en la comunidad del evangelista, se afirma con este pasaje en la actitud de fe de la mujer cananea, que es necesario romper definitivamente con Israel porque se ha hecho culpable de que Dios lo rechace como pueblo único. Y esto muy a pesar del deseo de Cristo que todavía asegura: No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de Israel. Y más dramáticamente se expresa cuando afirma que: No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perritos.

San Mateo, apoyándose en la conducta de Jesús frente a esta madre que suplica con fe la salud para su hija, toma una actitud firme también frente a los judíos convertidos al cristianismo. Éstos quieren mantener junto con la fe cristiana todas las prescripciones y tradiciones judías, mismas que la contradicen en lo más profundo. En este pasaje, pues, se nos enseña que para pertenecer al verdadero pueblo de Dios hay sólo una condición: la fe. Como la de la mujer cananea, que era considerada pagana, que confía y busca, y la de los cristianos convertidos de los paganos, es decir, que no provenían de los judíos.

Hermanos, la mayoría de los cristianos jamás hemos sido judíos, sino que, por decirlo así, también hemos ingresado al cristianismo siendo paganos. Aunque hemos crecido en el ambiente cristiano adorando al mismo Dios de Israel y gozando de una tradición judeocritiana, tenemos hoy una buena ocasión para valorar la gracia de pertenecer al pueblo de Dios y para aprender a no encerrarnos en nuestros capillismos religiosos.

Ojalá cada vez entendamos mejor lo que significa catolicidad; ¡que no es uniformidad! Es necesario que abramos la mente y el corazón a tantos que buscan (a Dios y la verdad) con sincero corazón (Plegaria Eucarística IV). Que abramos espacios de diálogo y de encuentro con aquellos que piensan diferente, pero buscan la verdad y trabajan por la justicia. La Iglesia no está para estorbar la búsqueda sincera y honesta, sino para facilitarla y promoverla. Sólo así podemos ser sacramento de salvación, en la unidad y en la fraternidad en bien de la paz, como lo afirmó el Vaticano Segundo.

La Eucaristía, mis hermanos, tiene la dimensión de catolicidad que contiene el misterio de la Iglesia. Recordemos que, más que en otro momento, en el santo sacrificio de la misa oramos al Padre con Cristo no sólo por nosotros los miembros de la Iglesia católica, sino por todos los cristianos, los creyentes en un solo Dios, y los no creyentes.  Es necesario, entonces que nuestras celebraciones, especialmente las dominicales, sean un signo creíble de fraternidad, solidaridad y compromiso comunitario en las causas del Reino de Dios. No se puede celebrar la Eucaristía con autenticidad, mis hermanos, si no estamos dispuestos a romper las barreras y las fronteras que nos separan en la vida diaria, sean cuales sean. Es un trabajo difícil, pero urgente y necesario porque nace de la misión misma de la Iglesia, como lo escuchamos al principio de esta reflexión: trabajar por que Cristo sea reconocido como cabeza de la humanidad y su salvador único.

Esta tarea implica respeto por las diferencias, tolerancia y paciencia frente a las resistencias que todos tenemos naturalmente, pero que pueden vencerse con perseverancia, oración y amor. En esto nos asiste con su compañía e intercesión nuestra Señora Santa María de Guadalupe, madre y maestra en la fe y en la respuesta y en el seguimiento fiel a Cristo su Hijo. Amén.

 
 
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