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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXI Domingo Ordinario.

Domingo 21 de agosto de 2005

PEDRO NOS CONFIRMA EN LA FE

Queridos hermanos: Adoremos a Cristo, nuestro Señor, en quien creemos, a quien seguimos y escuchamos para ir al encuentro del Padre. Él es amigo y compañero de viaje en la vida de cada día; la luz que ilumina nuestras sendas con su sabiduría insuperable, el rostro misericordioso de un Dios de bondad, de amor y de ternura y, en fin, el Señor del universo.

Hermanos, la fe es una experiencia de amor, es un encuentro existencial con quien sabemos que nos ama. Es el resultado, primero de un don y después de una respuesta y una experiencia personal e íntima con Dios. No es producto de un conocimiento humano, pero sí de una búsqueda sincera y honesta, abierta a la verdad.

Tal es el caso de Pedro, que recibe el don de la fe, pues ésta es siempre un don —si me permiten insistir—, pero él permanece abierto al momento en que se le solicite la explicitación de su fe, como la oportunidad de crecer en ella o confirmarla. Así sucedió en aquella ocasión en que Jesús creyó oportuno, en Cesarea de Filipo, solicitar la adhesión de sus discípulos a su persona frente a la incredulidad de la mayoría de los dirigentes judíos y de algunos del pueblo. Pedro respondió a título personal y, muy probablemente, a nombre de todos sus compañeros.

Y efectivamente, la respuesta del Apóstol, como la de sus compañeros, que callan y otorgan, es producto de la experiencia del trato con el Maestro. Un trato que fue creciendo de primeros encuentros tal vez casuales a tratos cada vez más profundos e íntimos con aquel galileo de personalidad atrayente y palabra convincente.

Sin este proceso, mis queridos hermanos, no hubiera sido posible esa frase, desde la fe, tan cargada de sentido: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Frase que para nosotros que estamos, desgraciadamente, acostumbrados a oír sin escuchar atentamente, no dice ya mucho. Ciertamente es una frase de mucha densidad, aunque parezca sólo expresar conceptos. Pronunciada en las circunstancias históricas, culturales y de tradición religiosa judía, tienen una importancia única y fueron de tal trascendencia que llevó a Jesús a confiar a Pedro la conducción de la Iglesia naciente.

La respuesta de Pedro, mis hermanos, es el resultado de toda una experiencia de fe, por un lado, ante la auténtica tradición judía que esperaba a un mesías o elegido y consagrado por Dios anunciado durante siglos por los profetas. Era alguien que iba a llevar a cabo, de parte de Dios, la salvación definitiva de su pueblo. La imagen de este mesías se fue deformando, aunque hemos de advertir que, desde el inicio, ésta no estuvo bien definida y clara entre el pueblo de Dios, aun cuando los profetas, en conjunto y en el tiempo, sí lograron presentar  la fisonomía de este ser misterioso muy cercana a la que en el cristianismo tenemos de Jesús. Pero en sus tiempos esa figura estaba  muy distorsionada y se necesitaba, entonces, estar en sintonía con la auténtica tradición del Antiguo Testamento. Esta es la situación de Pedro.

Pero por otro lado, la respuesta de Pedro sólo fue posible gracias a su trato íntimo con Jesús a través de sus enseñanzas mediante sus palabras y sus obras. Fue necesario que san Pedro caminara, se fatigara, sufriera y se gozara con Jesús en la misión que su Padre le había encomendado.

Resumiendo, esto significa que el apóstol hizo esta profesión de fe a partir de su adhesión y de su fidelidad a la Tradición auténtica del pueblo elegido y a partir de su adhesión en la fe al Señor en el cual veía el cumplimiento de las promesas contenidas en la Tradición. Es así como Pedro llegó a una verdadera profesión de fe.

La verdadera profesión de fe, es entonces, mis hermanos, no precisamente una adhesión a un conjunto de verdades, a una doctrina, cuanto a una persona. Y hoy también nosotros estamos llamados a recorrer el mismo camino de Pedro. Conocemos a Cristo, por un lado, aunque sea por la cultura occidental en la que hemos nacido, pero sobre todo porque fuimos bautizados y pertenecemos al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, así como Pedro estaba inserto en el pueblo de la antigua alianza; pero igual que el apóstol, hemos de profesar nuestra fe en Él a partir de lo que significa para todos y para cada uno de nosotros. Por eso Pedro es el depositario de un servicio especial a la Iglesia. Porque es el modelo propio de adhesión existencial a Jesús, el Señor. Y lo mismo han de ser sus sucesores.

Aunque es muy válida y necesaria la formulación dogmática de la doctrina, nuestra identificación con el Señor, no puede quedarse en una adhesión intelectual a sus enseñanzas. Esto no sería fe, sino mera erudición cultural. Tal como suele suceder con muchos de nosotros.

Hoy te pregunta el Señor Jesús: Para ti, ¿quien soy yo? ¿Qué significo en tu vida? Y para dar una respuesta adecuada no son válidas las respuestas aprendidas de memoria, por muy atinadas y ciertas que sean. El Señor exige de ti que te arriesgues a creer en Él. No estás del todo desprovisto de elementos, pues tienes ante todo el don de la fe inicial que recibiste el día de tu bautismo. Tal vez descubras que no estás en condiciones de dar una respuesta precisamente porque te falta un trato más profundo y permanente con Él. Si es así, acéptalo con humildad para que puedas cambiarlo.

La Eucaristía, especialmente la dominical, la del día de la Iglesia y del Señor, la del día del encuentro en fiesta fraternal y solidaria con el mundo, esta asamblea eucarística dominical, es una buena oportunidad para el encuentro íntimo con Él. Este encuentro es un momento privilegiado porque se da de múltiples formas: a través de la misma asamblea congregada como pueblo y cuerpo vivo de Cristo; a través del sacerdote que preside en la persona de Cristo; a través de su Palabra que se anuncia, se escucha y se acoge con devoción y gratitud para dejarla que transforme nuestra vida; en fin, a través de la oración que es el ambiente en el que se desarrolla este encuentro. Desde luego que la comunión de su cuerpo, en el sacramento del pan y del vino consagrados, es el momento que corona esta unión íntima con quien ha establecido y preparado este momento para dársenos totalmente.

Nuestra Madre santísima, la virgen de Nazaret y del Tepeyac que es para nosotros el modelo de escucha atenta a la Palabra, sea par nosotros un modelo vivo a seguir y nos asista con su compañía y su intercesión. Amén.

 
 
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