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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXIV Domingo Ordinario.

Domingo 11 de Septiembre de 2005

EL PERDÓN, CONDICIÓN PARA SER DISCÍPULO

Bendigamos, hermanos, a Dios, nuestro Padre de misericordia que perdona todas nuestras culpas, cura todas nuestras enfermedades, nos libra de la muerte eterna y nos colma de favores con su misericordia (cf. Salmo responsorial).

A no ser las demasiado primitivas, no existe religión alguna que no contemple, al menos, la necesidad de perdonar. Tanto el Islam como la religión Judía y especialmente el Cristianismo consideran esto como una necesidad para vivir auténticamente la religión. Sin embargo, Jesús propone el perdón a los cristianos como una condición para vivir la fe. De manera que nadie, que se precie de ser cristiano, puede ignorar que perdonar es una condición para serlo auténticamente.

El judaísmo, antepasado del cristianismo, conoció el deber de perdonar, pero no fue sino algo muy reciente y cercano a la etapa de la llegada del cristianismo. En el judaísmo primitivo, como en las demás religiones antiguas, a lo más que se llegó fue a regular la venganza mediante la famosa ley del talión: ojo por ojo, diente por diente. Una ley común a las religiones contemporáneas. Pero hay que advertir que ésta no era una ley impositiva sino permisiva, es decir, permitía poniendo límites. Su intención fue impedir que se creara una espiral de violencia interminable. Pero no era obligación observarla.

En la primera lectura que hoy hemos escuchado del libro del Sirácide o Eclesiástico, compuesto en el siglo II, es decir muy cerca ya del Nuevo Testamento, tenemos, mis hermanos, una doctrina moral muy diferente que supera precisamente la ley del talión. Se nos presenta como un preámbulo de la doctrina de Jesús, quien se expresó en este sentido varias veces, especialmente en el Sermón de la Montaña (Mt 5,3840) y en el Padre nuestro (Mt 6,9-13). El autor del libro del Sirácide advierte en tono sapiencial que el rencor y la venganza son propios de un ser pecador, y que la única forma de obtener el perdón por medio de la oración es perdonando las ofensas del prójimo. En seguida el sabio parece que afirma que una manera de reconocer los propios límites frente a Dios es precisamente renunciar a la venganza: ¿cómo puede interceder por sus propios pecados quien no se apiada de sus semejantes? (28,4).

En la época de Jesús, sin embargo, esta doctrina no estaba muy generalizada al grado de que se llegó afirmar que sólo Dios perdona y eso sólo tres veces. Y si era posible el perdón, las diferentes escuelas de moral discutían sobre el número de veces que era posible hacerlo; algunos afirmaban que sólo era posible siete veces. De manera que, influenciado por esta mentalidad corriente en su tiempo, Pedro pregunta a Jesús sobre el número de veces que deberá perdonar.

El trozo del evangelio del domingo pasado se sitúa en un contexto comunitario, mientras el de hoy Pedro lo plantea a título personal e individual. Esta pregunta da ocasión a Jesús para enseñar una vez más sobre el tema que ya había enunciado en la bienaventuranza sobre la misericordia (Mt 5,7). La respuesta de Jesús es no caer en la tentación de fijar una tarifa, sino todo lo contrario: valiéndose de una numerología propia de la época, afirma que se ha perdonar setenta veces siete, lo cual no da cuatrocientas noventa veces sino ¡siempre! Ya que el siete era considerado como el número que representaba la totalidad o plenitud humana, es decir temporal. Entonces a la pregunta sobre cuántas veces debe perdonar, Jesús responde ¡Todas! Así que, mis hermanos, los cálculos, hasta ese entonces vigentes, carecen de valor alguno.

Enseguida Jesús pasa al tema de la gratuidad del perdón por parte de Dios a quien se lo pide, para enseñar que el discípulo, aprendiendo de Dios, debe hacer otro tanto con sus hermanos, ya que las ofensas recibidas son nada frente a la gravedad de los pecados que se le han perdonado.

Hermanos, la enseñanza de la Escritura, especialmente la de Jesús, Palabra viva del Padre, nos interpela a todos en primer lugar como comunidad, pero también como individuos. Hoy se habla mucho de los derechos humanos y la dignidad de la persona; y es esto es muy válido, con tal que nos permita ser objetivos en la visión de valores más altos como son la misericordia, el amor y la paz; esa paz interior que da libertad y nos capacita para el perdón.

La vida comunitaria sale ganando mucho cuando en la relaciones interpersonales se conjugan adecuadamente el amor, la justicia, la verdad, el respeto, la tolerancia y la fortaleza junto a la sabiduría que da el trato continuo con Dios a través de la escucha asidua de la Palabra y la oración.

Si falta esto, mis hermanos, no podemos ir más allá de pretender una solución de los problemas, sólo por intereses inmediatos y muy mezquinos. A veces es necesario asumir valientemente las situaciones conflictivas, aclarar, dialogar, acordar y tomar actitudes humildes y de tolerancia o de perdón. Y si todo esto va acompañado de la oración y de una clara visión de fe que sólo da el trato con Dios, no puede perderse en una mera ilusión romántica que, por engañosa, no nos lleva a una reconciliación profunda y verdadera.

La Eucaristía, mis hermanos, es la celebración perfecta de la reconciliación con Dios por los méritos de Jesucristo nuestro hermano. Cada vez que nos reunimos para celebrarla hacemos presente la obra de Cristo y la misericordia del Padre que son la razón más profunda de nuestra necesidad de perdonar. Al comienzo de nuestro encuentro pedimos perdón no sólo a Dios sino a todos y cada uno de los que nos congregamos para celebra nuestra fe. La Eucaristía es, entonces, la escuela del perdón por excelencia. No olvidemos el carácter penitencial que contiene la Eucaristía en la cual pedimos perdón no sólo por nosotros sino por toda la humanidad y todos, como pueblo, experimentamos el perdón al ser reconciliados por la sangre de Cristo.

Me parece que una mayor vivencia de la Eucaristía dominical nos hace capaces de salir al encuentro de quienes nos ofenden para ofrecerles nuestro perdón, auque no lo pidan y a veces, por prudencia, sin que lo pidan. Simplemente con actitudes de comprensión y tolerancia. Y desde luego, después de vivir individualmente la experiencia de la misericordia divina en el reconocimiento de nuestras faltas, salimos también con deseo humilde y sincero de pedir perdón a quienes hemos ofendido.

Quiera nuestra Señora, Santa María de Guadalupe, la madre de misericordia, volver sus ojos misericordiosos y rogar por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 
 
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