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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXV Domingo Ordinario.

Domingo 18 de Septiembre de 2005

DICHOSOS LOS OBREROS DE LA PRIMERA HORA

Bendigamos, hermanos, al buen Padre Dios que, en su Hijo Jesucristo, nos ha llamado a trabajar en su viña y nos ha dado la gracia de ser sus colaboradores en la salvación de tantos hijos suyos que lo encuentran o se dejan encontrar por él al final de sus días.

Jamás, por más que nos esforcemos, podremos, por nosotros mismos, con nuestros propios recursos, abarcar el misterio de Dios y su relación con las criaturas y de un modo especial con el hombre. Esto, mis hermanos, es una gran verdad, y parece tan obvia, que aparentemente no debería ni siquiera plantearse. Pero lo cierto es que, en la vida ordinaria tomamos actitudes ante Dios y su misterio que dan la impresión de que él depende de nuestras maneras de pensar y de actuar. Suponemos, por ejemplo, que Dios ama solamente a los buenos y castiga muy severamente a los malos. Nos cuesta aceptar que ame a todos por igual y que a todos dé el mismo don de la salvación.

Esta postura es la que adoptaron, en general, los judíos que, oyendo la predicación de Jesús sobre la gratuidad de la salvación para todos, y sobre su misericordia para con lo pecadores, pidieron su muerte porque eso les parecía una verdadera blasfemia. Pero, los cristianos, apoyados en la revelación escriturística, hemos aceptado y creído, desde hace veinte siglos, que todo ser humano que busca con sinceridad al verdadero Dios lo encuentra, de alguna manera y es salvado por Él. (cf. Jo 4,2; Lc 15,29-30). La primera fue la actitud asumida por los escribas y los fariseos, en general.

En los recientes domingos pasados hemos venido reflexionando, guiados por su Palabra, precisamente en el amor gratuito y misericordioso de Dios para con todos y cada uno de los que conformamos la humanidad. Hoy nuevamente nos encontramos con un matiz de ese amor: su extrema y hasta excesiva generosidad y amor por nosotros.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos invita a entender y aceptar que nuestras formas de pensar y de actuar no coinciden con las de Dios y que, más aún, con frecuencia, son totalmente opuestas. El texto se sitúa en la perspectiva del regreso del exilio de los judíos en Babilonia, conocida actualmente como Irak. Ellos soñaban con pasar de un estado de oprimidos y explotados, así como privados de su libertad, a una situación de libertad, bienestar y hasta de dominio sobre los opresores. Al menos gozaban, tal vez, anhelando una venganza sobre ellos.

En ese contexto, mis hermanos, el profeta les hace ver que Dios, el Señor Yahvé, Señor y Dios de todos los pueblos de la tierra, los liberaba como una señal de su gran misericordia, no sin la necesaria conversión, es decir, como una expresión de su actitud sincera de buscar a Dios para reconocerlo como Señor y someterse a Él en la obediencia de la fe, haciendo el bien y evitando el mal. Precisamente ellos llegaron a pensar que Dios los había castigado para siempre y que jamás se acordaría de ellos. De ahí que les diga: mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes; ni mis maneras de proceder son las de ustedes (v. 8).

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy, también tienen un contexto que es preciso entender. Tanto los judíos, especialmente los fariseos y los maestros de la ley, —como ya señalábamos—, pero también los judíos convertidos al cristianismo y que formaban parte de la comunidad del evangelista Mateo, consideraban inaceptable que los no judíos y los pecadores tuvieran las mismas oportunidades de salvarse que ellos que procedían de un pueblo privilegiado por la elección.

En el fondo estos grupos, mis hermanos, reclamaban un trato preferencial por sus méritos que tenían por ser fieles observantes de la ley de Moisés. Entonces, Jesús a sus contemporáneos y Mateo a los suyos, les hacer ver que, en realidad, nadie tiene méritos ante Dios y que la salvación es don gratuito e inmerecido ofrecido a todos por igual.

Hermanos, hemos de aceptar que espontáneamente nos gusta ser diferentes de los demás y, hasta donde es posible, nos sentimos superiores a los otros, con derechos adquiridos por supuestos méritos que consideramos alcanzados por nuestro esfuerzo. Esta es una triste realidad presente a los largo de la vida de la Iglesia y ha sido causa de injusticias y marginaciones religiosas y sociales. Falta mucho, todavía hoy por hacer para que comprendamos en la práctica que, ante Dios nuestro Padre y ante Cristo nuestro hermano, no somos más que siervos inútiles, pues apenas y a regañadientes, medio cumplimos con lo que debíamos; que nada se nos debe y deberíamos estar agradecidos de poder servir a las causas del reino de Dios en el servicio a nuestros hermanos, especialmente a los más alejados del influjo del evangelio.

La Eucaristía nos enseña cada domingo a ser humildes y honestos para con Dios, frente a los demás y ante nosotros mismos. Nada tenemos que no hayamos recibido y antes bien nos debería dar vergüenza de no responder adecuadamente a tan gran misericordia: la que celebramos cada domingo en la Eucaristía. Participando dinámicamente en ella descubriremos que nuestra misión, como miembros de una Iglesia servidora, es la de mostrar, por todos los medios, el rostro amable de un Dios lleno de amor y de ternura hacia todos. En la misa dominical podemos ir destruyendo en nosotros ese cerco mezquino de nuestra tristeza por los que llegan a última hora. Ojalá, mis hermanos, aprendamos, en la humildad y en la alegría, a preparar la mesa de la Palabra y del Sacrificio a todos los que buscan con sincero corazón a Dios verdadero.

Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y Madre, nos ha de acompañar en esta noble tarea de servicio a nuestros hermanos y ha de interceder por nosotros que somos pecadores. Amén.

 
 
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