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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXVII Domingo Ordinario.

Domingo 2 de Octubre de 2005

NO HAY ELECCIÓN SIN RESPONSABILIDAD

Hermanos, bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos ha elegido en su Hijo amado para ser instrumentos de su amor para todos aquellos que quiere salvar, mediante nuestro servicio, a los que buscan y esperan de Dios la vida y la felicidad plenas.

Muy queridos hermanos, el Señor Dios de la historia jamás se desentiende de sus hijos, aunque éstos no siempre le respondan en la medida en que son bendecidos. Ya el domingo pasado contemplábamos una vez más su fidelidad a sí mismo y a sus hijos a quienes trata con la misericordia que le es propia.

Nadie ha quedado fuera de los proyectos de salvación que Dios, por su misericordia infinita, tiene desde la eternidad. Todos hemos sido elegidos en su Hijo para gozar de los bienes de la vida eterna que se nos promete. Hace ochos días veíamos que todos somos iguales ante Él, aunque a nosotros nos guste y nos empeñemos en colocar categorías y distinciones de todo tipo, ¡hasta en la religión!

Hermanos, el profeta Isaías nos canta uno de los poemas más bellos y expresivos de esta gran verdad: el cántico de amor por la viña de su amigo. Podríamos ver en el profeta al amigo que canta el amor herido de su amigo Dios. Como que el profeta, inspirado por Dios, se hace su palabra viva al expresar poéticamente, el amor no correspondido de un Dios todo ternura y —digámoslo así— desviviéndose por su pueblo. El poema refleja toda una historia de amor que corresponde precisamente con la historia que Dios ha entretejido con el hombre en la vida del pueblo elegido, el pueblo de Israel y, en él, con toda la humanidad. Tal como nos lo explica el profeta al final de su oráculo y nos invita a entender el salmo responsorial.

El tema de la relación de amor entre Dios y su pueblo ha sido expresado en la tradición bíblica de varias formas; pero dos, a manera de parábolas, son notablemente bellas como profundas en su intento por revelar el misterio del amor de Dios por su pueblo y por toda la humanidad: éstas son las imágenes de la viña y de la esposa como símbolos de ese pueblo amado. En el trozo profético que hemos escuchado, en realidad se mezclan ambas imágenes, puesto que lo que se dice de la viña es lo mismo que dicen otros textos de la literatura bíblica tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento  al hablar de la esposa. De tal modo que tanto los cuidados como la manera como se hace juicio de la viña se parecen, en las formas y en los contenidos (cf., Jr, Ez, Is, Os, Cant, Sal, Mt, Ef,…), con lo que se hace con la esposa. Notemos, por ejemplo, que el procedimiento que se sigue para condenar a la viña es igual al que se sigue para condenar a la esposa adúltera: es un acto público.

El texto de Isaías nos muestra, en tres pasos, el proceder de Dios fiel y lleno de ternura hacia su propiedad, su pueblo, sus hijos o, en otro caso, su esposa. En el primero, el profeta describe todos los cuidados que Dios ha tenido con Israel, su pueblo elegido; en el segundo momento, entra Dios mismo en acción acusando a su pueblo de no haber correspondido a los gestos de amor que ha tenido con él e invitando a los oyentes a dar su juicio; y en el tercer momento, Dios, una vez más, toma la palabra para anunciar, como consecuencia de la falta de respuesta adecuada, el castigo que merece tal ingratitud.

Según los evangelistas sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas, en el momento culminante de su actividad ministerial, ya en Jerusalén, donde había de consumar su misión, pronunció las tres parábolas de las cuales escuchamos la primera el domingo pasado y haremos lo mismo con la tercera el domingo próximo. No cabe duda que el Señor Jesús se sirvió de la figura de la viña y que era muy familiar a la tradición judía en su tiempo. Pero el Maestro la reelaboró para hacerla más explícita como una acusación contra los dirigentes religiosos y civiles del pueblo.

Esto es tan cierto como ver en la construcción de esta pieza más una alegoría que una parábola. La alegoría se caracteriza, hermanos, por la correspondencia que existe entre cada una de las figuras con realidades precisas del momento. Así tenemos que: Dios es el propietario de la viña; ésta representa al pueblo de Israel; la plantación y los trabajos del dueño a favor de ella muestran la solicitud y el amor de Dios por el pueblo elegido; los labradores encargados de que la viña produzca son figura muy realista de los dirigentes; mientras que el fruto se refiere, como se indica en el texto de Isaías (v.7), al amor al prójimo, a la práctica de la justicia y de la rectitud; los criados enviados representan a los profetas que durante la historia de Israel fueron enviados por Dios para llamarlos a la conversión; y finalmente, se nos da en el heredero la figura de Jesús que va a morir en manos de los judíos (cf. Mateo-Camacho, El Evangelio de Mateo, Lectura comentada, Madrid, 1981).

Tenemos, hermanos, en esta bellísima pieza del evangelio de hoy, una denuncia de la resistencia, no sólo del pueblo judío, sino de todos los que no nos dejamos amar por Dios o bien, si nos dejamos, llegamos a creer que lo merecemos, más aún, que se nos debe. A veces damos la impresión ente el mundo, como pueblo (Iglesia) o como individuos, de que la religión sólo consiste recibir y no en corresponder. Pero Jesús nos advierte hoy, como lo hizo con los judíos de su tiempo, que es necesario ya dar los frutos a los que tiene derecho el dueño de la viña. Consideremos, hermanos, con temor y al mismo tiempo con esperanza, a donde han ido veinte siglos de cristianismo, dónde podemos comprobar hoy que la fe mueve los destinos de los pueblos, las comunidades, la economía, la política y, en fin, las culturas.

Nosotros, mis hermanos, que nos reunimos cada domingo, para celebrar la fe, reconocemos —y quiera Dios que cada vez sea más conciente y comprometidamente— que no podemos verdaderamente construir sobre otra roca que no sea precisamente Jesucristo, el Hijo de Dios y dueño de todo lo que existe. Este nuevo pueblo, que es la Iglesia, se reúne cada domingo para acoger en la gratitud el don por excelencia de Dios a la humanidad: su propio Hijo, que continuamente se entrega por nosotros.

Fidelidad y gratitud unidas a la humildad y al santo temor de no corresponder suficientemente a los dones recibidos es lo que nos debe mover a celebrar en la esperanza y el amor el santo misterio de la Eucaristía. Dios nos conceda esta gracia más, y que la Santa María de Guadalupe, Madre de Dios y de la Iglesia nos acompañe y enseñe. Amén.

 
 
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