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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VI Domingo de Pascua

Domingo 1 de mayo de 2005

JESÚS PRESENTE POR SU ESPÍRITU Y POR LA COMUNIDAD CREYENTE

No estamos solos, ha dicho el Papa Benedicto hace ocho días. “Estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios” —dijo—. Y hoy la liturgia nos invita  tomar conciencia todavía de algo más importante: de la presencia de Jesús en medio de la Iglesia y con cada uno de nosotros, que hemos creído en él. ¿Cómo podríamos alabarlo, bendecirlo y suplicarle si no estuviera vivo entre nosotros? ¿Qué sentido tendrían nuestras asambleas eucarísticas? ¡No pasaría de ser una reunión de gente idealista o nostálgica!

¡Alabémoslo, hermanos, con la certeza que nos da la fe y el amor que le profesamos! Él está aquí, en su Palabra, en su Cuerpo y su Sangre, en la asamblea, en los pastores que fieles a Cristo y al hombre conducen la Iglesia en todo el mundo y en cada una de las iglesias particulares; está presente también en el pueblo que está con él: yo estoy en el Padre, ustedes en mí y yo en ustedes —ha dicho Jesús—.

Pero está de una manera especial, según la promesa de Jesús en el evangelio de hoy, por el Espíritu al que llama ‘otro’ Consolador. Efectivamente el primero es Cristo mismo que nos ha rescatado de la muerte y nos ha consolado con la promesa de la vida eterna en la medida en que nos adherimos con todo nuestro ser a su persona, es decir, existencialmente. Esta obra, en la que el Mesías Jesús tiene la iniciativa, llega a su plenitud sólo con la presencia de su Espíritu Santo que él nos promete y de hecho nos da y nosotros recibimos en tanto cuanto nos abrimos libremente a su acción y cumplimos los mandamientos de Jesús.

Según el evangelista san Lucas, los primeros cristianos tuvieron muy pronto conciencia de la acción del Espíritu en la vida de la Iglesia y en la de cada creyente. El envío de los apóstoles Pedro y Juan a Samaria, donde muchos habían aceptado la Palabra de salvación, es el signo de la unión, que se da a través del Espíritu Santo, entre los miembros de la Iglesia Madre, la de Jerusalén, y los nuevos convertidos. Además, esta determinación apostólica del envío nos hace ver la conciencia que tenían los Doce de ser, por derecho y por deber, los guías de la nueva comunidad creyente. Esa es la finalidad de la imposición de las manos a los ya bautizados. Es el Espíritu quien lleva a la perfección la obra iniciada por Cristo, pero son los Doce quienes, sabiéndose sus instrumentos calificados, acuden a completar esa obra mediante el signo de la imposición de las manos.

San Pedro nos dice, en la carta que hemos venido escuchando durante la Pascua, que Cristo vive para siempre por el Espíritu a pesar de que murió en la carne para la salvación de todos, y que la fe cristiana consiste precisamente en dar testimonio con la vida de que Cristo vive en medio de la comunidad.

En el evangelio, san Juan nos transmite una convicción que nace no sólo de lo que Jesús dijo, sino también de la propia experiencia que su comunidad vivió permanentemente: Jesús está en medio de ellos, a pesar de que no lo ven ni lo oyen directamente. Nos se ha ido para siempre, pues diariamente percibían su presencia entre ellos con lo que se confirmaba la promesa hecha en la cena de su adiós. Por eso digo, hermanos, que san Juan, al transmitirnos esta promesa tan importante del Espíritu, tiene presente tanto la promesa hecha por Jesús mismo, y que él mismo escuchó, como la promesa cumplida y experimentada en su comunidad.

Hermanos, la Iglesia existe por voluntad de Cristo, es obra suya. Y no la creó para abandonarla a su suerte. Se comprometió con ella para siempre. Es su Esposa a la que es fiel principalmente con su presencia dinámica y animadora. Para ello le da su propio Espíritu. Sin éste le faltaría la vida misma. En otras palabras, ya se hubiera acabado hace muchos años. O, dicho positivamente, la Iglesia está viva —como nos dijo Benedicto XVI el domingo pasado— porque la anima y la guía su Espíritu Santo. Éste es el fundamento de nuestra fe en la Iglesia, como lo confesamos en el Credo.

Por eso, mis hermanos, la Iglesia cumple con su misión cuando, en medio de las dificultades, persecuciones, carencias y limitaciones da testimonio de su esperanza, como nos dice san Pedro en la segunda lectura. Por eso la Iglesia  —continuando con las enseñanzas del Papa— mira con esperanza hacia el futuro, con la certeza de que nunca le faltará el auxilio seguro y fiel del Espíritu de su Señor.

Esta gran verdad la celebramos y mantenemos cada vez que nos reunimos para la asamblea de la liturgia dominical. ¡No estamos huérfanos! ¡No estamos solos!diría el Papa—. La Eucaristía nos une íntimamente a Cristo por el Espíritu que no sólo transforma el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, sino que también nos transforma a todos en hijos de la Iglesia, en hermanos, en hijos verdaderos del Padre. La Eucaristía es fuente de la unidad de la Iglesia y de su fuerza transformadora en el mundo. Y ahí está dinámicamente presente el Espíritu para hacernos testigos de Cristo resucitado, porque nos transforma en fermento de salvación en medio del mundo en que vivimos para que todos los hombres se salven.

Que Santa María de Guadalupe, la virgen Madre, que concibió al Verbo en su seno por obra del Espíritu, nos asista con su intercesión para que, también nosotros, por su poder podamos ofrecer al mundo la salvación que sólo Cristo nos puede dar. Amén.

 

 
 
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