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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de Pentecostés

Domingo 15 de mayo de 2005

PENTECOSTÉS, CULMINACIÓN DE LA PASCUA Y COMIENZO DE LA IGLESIA

Hermanos: Pentecostés es la culminación de la Pascua.  Cristo murió, resucitó y nos dio su Espíritu. ¡Aleluya! El hecho de que poseamos su Espíritu es la prueba más alta y definitiva de que resucitó, pues así lo había prometido el mismo Jesús.

Hace ocho días decíamos que si la Iglesia vive es precisamente porque posee el Espíritu de su Señor que la anima desde dentro como su alma misma. Y hoy celebramos la revelación de este misterio. Aunque el Espíritu siempre había estado presente desde la creación del mundo y a lo largo de la historia, a partir de Pentecostés, conocemos mejor su presencia y que la Iglesia, que es presencia misteriosa de Jesús a través de los que la formamos, es obra suya, como la Encarnación del Verbo. Así lo afirmábamos, en la fe, el domingo pasado en la fiesta de la Ascensión. Por eso decíamos que la Ascensión es en cierto modo una expresión de la misma resurrección.

Y lo mismo sucede con la venida del Espíritu Santo, hermanos. El misterio pascual nos rebasa sobre manera, que tenemos que separar los diferentes aspectos de esa inefable y grandiosa realidad, a fin de poder asimilar e intentar comprenderla para vivirla.

Lo que sucede, mis hermanos, es que la manifestación del Espíritu de Dios y de Jesús es la consecuencia inmediata y más profunda de la redención llevada a cabo por Cristo con su muerte. Así nos rescató Él, es cierto; pero no todo quedó ahí. Lo más bello y radical es que fuimos salvados para la vida eterna. ¿De qué nos hubiera servido ser rescatados si hubiéramos sido dejados a la deriva? Pero es el don del Espíritu de Dios lo que nos lanza hasta la vida eterna. La vida tantas veces prometida por Jesús. Por eso decimos que la plenitud de la redención tiene lugar en la manifestación de Pentecostés. Veamos cómo expresan los textos sagrados este misterio de amor divino.

Los Hechos de los Apóstoles, que nos narran la historia de los primeros 30 años de la Iglesia, -33 a 63- nos dan cuenta de cómo la promesa de Jesús cuya realización debían esperar en Jerusalén, se realiza de una manera portentosa en la irrupción del Espíritu en la fiesta judía, ya preexistente, de Pentecostés. El tema principal de esta segunda parte de la obra del evangelista san Lucas es la Iglesia en cuya historia el Espíritu Santo es el protagonista principal, pues ésta no existe por iniciativa de las personas que la integran, sino por la fuerza del Espíritu Santo que está presente en todas las actividades y determinaciones que toman los Doce guiándolos “para que den testimonio de Jesús desde la experiencia de la fraternidad” (Biblia de América).

El don por excelencia para el creyente y para la comunidad es, sin duda, el Espíritu Santo. Sin embargo, Él trae consigo también sus dones llamados carismas cuyo destino final no es el que los recibe sino que están al servicio de la comunidad. Por eso san Pablo, en la segunda lectura nos habla de la diversidad de carismas en el pueblo de cristiano;  nos enseña que la multitud de carismas en el seno de la comunidad es el signo más incontestable de su vitalidad. Y nos enseña, además que un auténtico carisma, jamás es para dividir y crear discordia, sino para hacer crecer la unidad. Generalizando, podemos decir que un carisma es siempre para el bien común y para dar testimonio como cuerpo de Cristo a favor de los que deben recibir el anuncio de la salvación. San Pablo, pues, enseña que  es el Espíritu el autor de la unidad del cuerpo.

San Juan nos lleva, en el evangelio, al anochecer del día de la resurrección para hacérnoslo ver cumpliendo su promesa y enviando a los discípulos al mundo para que sean testigos suyos. Pero su presencia entre ellos, que estaban en una casa encerrados, por miedo a los judíos, comienza no con un saludo, como podría suponerse, sino con el don de su paz, ese don eficaz suyo al que ya se había referido en sus palabras de despedida (14,27), reiterándolo para subrayar el tiempo nuevo que ya ha comenzado. En seguida, soplando sobre ellos, como Dios en la creación, les da su Espíritu a fin de que puedan llevar a cabo la misión que les encomienda de parte del Padre. “Por el don de la paz y la comunicación del Espíritu, su comunidad es portadora de vida para el mundo; a través de ella se actualiza la presencia permanente del Señor que ha triunfado de la muerte” (León Dufour, op. c. 197).

Comprobamos, entonces, queridos hermanos, en los mismos gestos de Jesús, cómo los dones, incluido el don por excelencia del Espíritu, están en función de la comunidad total que es la humanidad que Dios ama y quiere salvar. Es la misión de la Iglesia. No sólo de su parte dirigente, pues san Juan indica claramente que se dirigió a los discípulos, no exclusivamente a los Doce.

Hermanos, esos discípulos eran unos hombres aterrorizados por lo sucedido a su maestro y son transformados fortalecidos y enviados a dar la vida por el perdón de los pecados, a levantar a los caídos, sanar a los enfermos y afianzar a los débiles, en una palabra a dar testimonio con el servicio a los que menos cuentan. Jesús les mostró sus manos y su costado para ser reconocido como el que murió, y  con su paso al Padre, les dio su Espíritu y su paz. Nosotros, que formamos la Iglesia en el siglo XXI, también sólo con la fuerza del Espíritu podemos dar señales de que vivimos sólo para Dios en el servicio de nuestros hermanos, los más pequeños.

Pidamos a nuestra Señora, Santa María de Guadalupe; la Madre de todos, la llena de Espíritu Santo, que, con su intercesión, nos haga, como Iglesia y como individuos, humildes, perseverantes y valientes servidores de su Hijo. Especialmente encomendemos al Papa Benedicto XVI que pueda conducir fielmente la comunidad a él encomendada por los caminos del Espíritu. Amén. 

 
 
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