InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Homilías
   
 

Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Juan Navarro, Obispo Auxiliar de la Aquidiócesis de Acapulco, Guerrero; en ocasión de la peregrinación de la arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

27 de abril de 2005

          Al igual que las demás Diócesis de la República Mexicana y otras de otros países, nosotros venimos también en este miércoles 27 de abril. Pastores y fieles de la Iglesia de Acapulco estamos realizando nuestra peregrinación anual. Venimos representantes de las tres regiones pastorales del Puerto, de Costa Grande y de Costa Chica.
Hemos recorrido los caminos del sur. Hemos venido de tierras guerrerenses para visitar a la siempre Virgen Santa María Madre del verdadero Dios por quien se vive, título con el que se presentó nuestra Madre a todos sus hijos.

          Vale la pena recordar el pasaje del diálogo de María con Juan Diego en su primer encuentro según lo narra el Nican Mopohua, documento del escritor don Antonio Valeriano, sabio indígena y discípulo de Fran Bernardino de Sahagún. Valeriano recibió la historia del mismo Juan Diego quien murió en 1548.

          María se presentó como nuestra Madre, nos dijo a que venía. Hizo también una petición pidiendo que le construyeran un templo en la llanura frente al Tepeyac. Y además nos convocó también a reunirnos en esta su casa. Por eso hemos venido respondiendo a la convocatoria de la madre de todos.

          Pero el texto dice: “Sábelo y ten por cierto hijo mío el más pequeño que yo soy la siempre Virgen Santa María Madre del verdadero Dios por quien se vive.

           Mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada en donde lo mostraré, lo glorificaré al ponerlo de manifiesto. Lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación. Porque yo en verdad soy su madre compasiva. Tuya y de todos los hombres que en esta tierra viven y de los hombres de otras razas, mis amadores, los que a mi clamen, los que me busquen, los que confíen en mí. Porque aquí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar y curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa. Anda al palacio del obispo de México y le dirás que yo te envío para que le muestres mi deseo de así me provea de una casa; me erija en el llano mi templo. Todo le contarás cuanto has visto y admirado y lo que has oido”.

          Conocemos la timidez, las dudas y dificultades de Juan Diego pero enfrentó y realizó la tarea que la Madre le encargó porque además ella le animó con dulces palabras. “Ten por seguro que mucho agradeceré y pagaré por ese favor. Por ello te enriqueceré, te glorificaré y mucho de ahí merecerás con que yo retribuya tu cansancio, tu servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío. Ya has oído hijo mío el menor, mi aliento, mi palabra, anda, haz lo que está de tu parte”.

          Por otra parte, si nos fijamos y reflexionamos sobre la palabra de Dios que hemos escuchado en esta celebración, el Evangelio nos habla de María la peregrina que se encaminó presurosa a las montañas de Judea a la casa de Zacarías e Isabel. Y en el Evangelio encontramos muchos otros pasajes donde contemplamos a María peregrinando, todo para cumplir la voluntad de Dios, para colaborar en la realización del Plan de Dios.

           En lo que escuchamos hoy el Evangelio nos dice que María fue recibida por su prima Isabel, quien iluminada por el Espíritu Santo, con fe profunda y con sincera humildad exclamó: “Bendita tu entre las mujeres y Bendito el fruto de tu vientre ¿quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme?. Apenas llegó tu saludo a mis oídos el niño saltó de gozo en mi seno”.

          María la Madre de Dios llevaba a Jesús en su vientre y santificó al Bautista desde el seno de su Madre pero también hizo presente a Jesús en el servicio humilde y generoso que prestó a su parienta.

          María a su vez exclamó con gran humildad y con fe profunda: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi Salvador porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.
Así hemos cantado también en el Salmo y esperamos que nuestra vida también sea un canto de alabanza como el canto de María.

          Pero María la peregrina viene también a las montañas del Tepeyac. De acuerdo a los relatos sobre el acontecimiento guadalupano que nos dejó el Nican Mopohua y a la larga tradición de más de 450 años, como en Judea, María también vino presurosa a la Montaña del Tepeyac trayendo igualmente a Jesús consigo para darlo, mostrarlo de muchas maneras a todos los habitantes de estas tierras, y a todos los que aquí vinieren a su casita que ella pedía.

          Como Isabel, nosotros también expresamos nuestra profunda alegría y con humildad reconocemos lo que significa la presencia de María en nuestra tierra, en nuestras vidas, en toda la Iglesia. ¿Quiénes somos nosotros para que la Madre del Señor venga a visitarnos?, ¿qué hemos hecho para que María se quedara con nosotros en esta imagen que sentimos particularmente cercana, realmente nuestra por sus rasgos y por su mensaje maternal?.

          Como Isabel reconocemos la grandeza de nuestra Madre y le decimos en la plegaria: “Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Pero también cantamos con María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi Salvador, porque puso sus ojos en la humildad de este pueblo mexicano y de todos los pueblos de América”.

          Pero no basta con la alabanza verbal y la acción de gracias que hemos venido a tributarle a nuestra Madre y al Señor con esta peregrinación. Como a Juan Diego, María y Jesús nos piden que seamos también mensajeros del Evangelio, que llevemos la Buena Nueva a los demás, sobre todo con nuestras actitudes, con una vida digna y que construyamos una patria de hermanos donde podamos vivir en paz, en justicia y solidaridad.

          La lectura de (la Carta a los) Romanos que hemos escuchado señala varios criterios y actitudes que hemos de vivir los discípulos de Jesús. Entre otros aspectos, invita a vivir el amor con sinceridad y verdad, en cordialidad como buenos hermanos; nos invita a socorrer a los hermanos en sus necesidades y a ser hospitalarios. Nos invita también a la alegría, a la solidaridad, a saber vibrar con los demás: “alégrense con los que se alegran, lloren con los que lloran”.
Nos invita a aborrecer el mal y a practicar el bien. “Bendigan a quienes los maldicen o persigan”.

           En esta Carta a los Romanos, San Pablo invita también, a ser humildes, a no ser altivos, a ser diligentes en el cumplimiento del deber, manteniendo un espíritu fervoroso al servicio del Señor. Nos pide ser constantes en los momentos de tribulación y siempre perseverantes en la plegaria, en la oración. Una vida sí será un verdadero Magnificat, una alabanza permanente a Dios y a María nuestra Madre. Ella nos ha enseñado a ser sensibles a las necesidades de los demás y a servirlos con verdadero amor, con un amor generoso y efectivo también.

          Es evidente que la sociedad actual, en la realidad que vivimos, cada uno de nosotros que vivimos en nuestros pueblos, en nuestras comunidades, en nuestra Patria, vemos que se necesitan hombres y mujeres sensibles a las necesidades de los hermanos y conscientes del compromiso de servir cada uno desde nuestra vocación y estado de vida.

           Muchas comunidades particularmente las indígenas, tienen grandes carencias y necesidades en todos los aspectos. Viven sumidos en la pobreza, en el analfabetismo, en la ignorancia religiosa, pero también sufren violencia y varios atropellos.

          Hemos venido aquí y sabemos que María nos consuela, nos bendice y nos da a Jesús. Pero estemos seguros que también nos envía a realizar nuestra misión con verdadero entusiasmo, con espíritu de servicio y sabemos que ese es el camino que Cristo quiere, ese es el camino de la Salvación, ese es el camino que puede transformar a nuestras comunidades cristianas, que puede transformar también a la sociedad, una sociedad sumida en muchos problemas sobre todo por la cultura materialista y consumista que estamos viviendo.

          Hemos de poner signos de verdadero amor, actitudes de servicio que construyan y que inviten a los demás a seguir ese camino. La ternura y el amor de nuestra Madre María, su pedagogía del diálogo y la participación, inspirarán nuevas actitudes y acciones para dar profundidad y efectividad a nuestros compromisos en la Iglesia y en la sociedad.

***

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina Anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados