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Homilía
pronunciada por el Sr. Cardenal Don Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.u

Sábado 15 de enero de 2005

Mensaje de Bienvenida de Mons. Diego Monroy Ponce,
rector de la Basílica de Guadalupe

¡Qué alegría alzar el cáliz de la salvación e invocar el nombre del Señor para agradecerle todo el bien que nos ha hecho!

Estamos en la casa común, donde Dios ha manifestado su amor misericordioso a millones de sus hijos que, día tras día, se acercan confiados al Santuario de la Morenita del Tepeyac. También nosotros, representantes de las diversas Vicarías, decanatos y parroquias con sus pastores y sus fieles laicos hemos caminados juntos, alabando a Dios, recorriendo avenidas, dando testimonio de fe. Aquí estamos ante el altar del sacrificio del amor, donde se realizará una vez más el milagro de Cristo Eucaristía que se inmola al Padre por nosotros y por todo el mundo. Ofrezcamos todo lo que ya hemos recorrido en el camino evangelizador a favor de los habitantes de esta ciudad capital.

En este ambiente de celebración y en el contexto del Ano Eucarístico nuevamente escuchamos la oración del Señor Jesús: "Padre, no ruego solo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno". (Jn 17,20) Vean lo diversos que somos los aquí presentes en edad, personalidad, cultura, santidad. Y, sin embargo, Cristo nos pone en comunión unos con otros y a todos con el Padre celestial (Gál 4, 28) la comunión se inspira y se alimenta en el amor del Espíritu Santo; por tanto, no es sólo unidad por estar todos bajo el mismo techo, sino que es participar de la fraternidad que Cristo ha sembrado entre todos (Hech 2, 46); es abrir la boca para proclamar la fe que nos hermana; es colocar los pecados propios y los del mundo entero bajo la sangre del Redentor, para que de nuevo se realice el milagro de su cancelación (2 Cor 5,21); es ofrecer como bautizados lo que cada uno es y tiene en comunión con la cruz de Cristo. No tenemos una mejor respuesta a Dios Padre que presentarle a su querido Hijo y en Él ofrecemos los presentes y los ausentes, cercanos y alejados. iBendita y adorable Trinidad que realizas tan maravilloso testimonio de comunión!

De este misterio de comunión y de unión como Iglesia de Jesucristo, nace y se desarrolla nuestra participación en la redención de la ciudad de México. Todo lo que hemos venido haciendo para salir a buscar a las personas en los ambientes donde viven, invitándolos a formar pequeñas comunidades de crecimiento cristiano; para promover la educación en la fe de cualquier persona; para compartir lo que se tiene en bien de los más necesitados; para preparamos en orden a ofrecer un mejor servicio a la comunidad como bautizados; para celebrar juntos los grandes acontecimientos de la salvación en la liturgia, tiene a la Eucaristía como su sacramento central. En ella, nuestros esfuerzos misioneros, cualesquiera que sean, son convertidos en ofrenda agradable que Cristo sacerdote presenta a su Padre. iAdoremos y compartamos tan gran sacramento!

Qué sugestiva sigue siendo la Palabra de Dios que en su riqueza inagotable nos presenta tres cuadros luminosos, con imágenes llenas de esperanza.

"Yo soy como una vid de pámpanos fragantes". Lo que la sabidurla de Dios decía al pueblo de la antigua alianza, hoy lo ponemos en labios de la ciudad de México: yo soy una gran urbe, con ciudadanos de diversas razas y culturas, hospitalarios, románticos, fiesteros, amantes de la familia y trabajadores. Con grandes problemas, pero no derrotados. Y la Arquidiócesis podría proclamar: yo soy una Iglesia que tiene una gran variedad de recursos humanos y esperanzas en los laicos que van poniendo en práctica su misión de hacer presente a Cristo en medio de los ambientes donde cada uno trabaja o evangeliza. Yo soy una comunidad que desde hace más de quinientos años ha ido transmitiendo el Evangelio a través de mamás y papás, de catequistas, sacerdotes y maestros. Ellos y
otros más son mis pámpanos (pimpollos, sarmientos, hojuelas) de sabor agradable. Reconozcámos la presencia del Espíritu Santo que ha repartido tan variadamente sus dones y carismas.

Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos (Gál 4,4) Este es el tiempo de Dios y es nuestro tiempo: es el tiempo de acercamos íntimamente a Cristo, de conocerlo, de disfrutar su compañía, de seguir sus huellas, de actuar como él lo hizo; es el tiempo de hacemos presentes en medio de la sociedad, como bautizados y confirmados en el Espíritu Santo. La Eucaristía que estamos celebrando nos coloca una vez más en la cátedra de la catequesis sobre el amor, sobre el sentido del trabajo, del dolor y de las diversas pruebas, sobre el futuro de nuestra vida y de nuestra historia. Cristo nos quiere rescatar para su causa. Nos invita a seguir trabajando con él por la familia de su Padre que es esta Iglesia Arquidiocesana.

Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José...; el nombre de la virgen era María..." (Lc 1, 26-27) Si a Nazaret Dios envió a su mensajero Gabriel, a México envió a la Madre grávida de su Hijo. Así inició Dios un camino evangelizador a la vez antiguo y nuevo, utilizando valores y símbolos de la cultura antigua y dándoles el toque maestro de madurez a través de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo. María fue enviada como maestra de fe, esperanza y amor. Ella muestra cómo acercamos a Jesucristo; enseña caminos y métodos varios para acercamos a nuestros hermanos, lIevándoles la buena nueva del Evangelio. Viendo lo que ella ha hecho a lo largo de los siglos, descubriremos cómo colaborar en el proyecto misionero de nuestra ciudad a través de caminos de justicia y de paz. Tratándola y escuchándola, aprenderemos cómo vivir una vida bajo el influjo de la gracia divina y cómo comprometemos para ayudamos a vivir la fraternidad cristiana. Bajo su impulso debemos animamos a participar activamente en el proceso de nuestro crecimiento completo hasta alcanzar la estatura de Cristo.

En este proceso misionero se espera que demos pasos firmes organizados como hermanos de la misma Iglesia. La fraternidad debe ser una característica en todos los que forman algún grupo o asociación en las parroquias. Nuestros grupos tienen que llegar a ser centros de comunión eclesial y centros de formación de bautizados. Es cierto que en las familias los hermanos se pelean, pero también se quieren y saben caminar juntos. Participar en la comunidad cristiana es de gran ayuda para la formación espiritual de todos: creemos juntos y actuamos juntos. Compartimos experiencias y nos sostenemos mutuamente; nos animamos para llevar el Evangelio y para hacerlo gustar en pequeñas comunidades. El II Sínodo sigue vigente con su nuevo y vigoroso proyecto misionero para llegar a todos los alejados del influjo del evangelio. Este al'io he querido que apoyemos dicho proyecto misionero concentrándonos en el tema de "La Catequesis como crecimiento en la fe". Por lo mismo hoy presento ante la comunidad Arquidiocesana las orientaciones pastorales para el año 2005, en continuidad con los años anteriores y con proyección hacia una nueva etapa del proyecto evangelizador de las culturas.

Si por gracia de Dios presido la celebración de la fe de ustedes mis hermanos y el caminar de esta Iglesia Arquidiocesana, en comunión con todos los pastores y en el nombre de Cristo les digo: sigamos trabajando y caminando juntos en el proyecto evangelizador de nuestra ciudad y de nuestras familias. Comamos el pan de la unidad. Compartamos el cáliz del martirio. Estemos ciertos que la meta del reino de los cielos va más allá de lo que puedan realizar nuestras fuerzas. Sabemos que su plegaria nos acompaña y da seguridad a nuestra esperanza: "Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que tú me has dado, para que contemplen mi gloria" (Jn 17,24)

Muy querida Madre Morenita del Tepeyac, sigues firme en pie, invitándonos a ser fieles a tu Hijo. Tus ojos continúan vueltos hacia nosotros aquí reunidos, invitándonos a compartir el Evangelio con nuestros hermanos. Tus manos permanecen juntas para orar por nosotros y nos animas a mantenemos unidos en la oración y en la fracción del pan. Como Madre y Maestra te invocamos esperanzados al suplicarte: muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce, Virgen María!

 
 
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