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Versión estenográfica
Homilía
pronunciada por el Excmo. Sr. Octavio Villegas Aguilar, Obispo de la Diócesis de Tula en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

15 de enero de 2005

           Antes de dirigir una palabra en nombre de Dios quiero invitarlos a todos a que en esta celebración nos unamos en acción de gracias por los 50 años de vida sacerdotal que el día de hoy está celebrando el señor obispo Mons. José Trinidad Medel mi antecesor.

           La celebración fue a las 12 del día, muchos no pudimos acompañarlos por tener la peregrinación, algunos sacerdotes fueron en representación pero creo que un deber de amor fraterno, de caridad, es dar gracias a Dios con él por ese don que le concedió del sacerdocio al servicio de la Iglesia.

           Cada que me encuentro en esta peregrinación y nos encontramos, son muchos los sentimientos, son muchos los anhelos de nuestro corazón. En estos momentos en que me toca dirigir una palabra en nombre de Dios a veces quisiera decir mucho y digo poco, otras veces quiero decir poco y digo mucho, a veces me apura el tiempo (…).

           Tengo muy vivo en mi mente y en mi corazón que hace un  año en nombre de todos ustedes, elevé una plegaria con fiada y humilde a la Virgencita de Guadalupe, platicándole con cuánta alegría y amor habíamos venido a visitarla y lo que ella significaba para cada uno de nosotros y para cada uno de los mexicanos.

           Le presenté hace un año nuestras preocupaciones y anhelos pastorales y puse en sus manos tres peticiones para que las llevara ante su Hijo y llegaran a buen término.

           Ellas eran: la visita pastoral que iniciaría el 22 de enero del 2004, la Asamblea Extraordinaria de Pastoral --en busca de la elaboración de un Plan de Pastoral--, que celebraríamos la primera semana del mes de marzo del año pasado, y el Congreso Eucarístico internacional que se celebraría en nuestra Patria el mes de octubre pasado.

           Quiero hoy volver a dirigirme a esta tierna y cariñosa Madre, que cura al enfermo, cierra los ojos del agonizante, propicia el encuentro de los corazones solitarios, responde al grito de los desesperados y consuela al afligido.

           Quiero dirigirme a la Morenita que nos bendice con sus manos, que nos da fortaleza para venir en peregrinación cada año hasta su Santuario con esfuerzo y sacrificio pero con mucho amor. Me dirijo a ella para darle las gracias porque las tres peticiones que le hice el año pasado fueron escuchadas y atendidas por su Hijo mediante su intercesión amorosa.

           La primera petición fue respecto a la visita pastoral. Hace un  año le pedí que me concediera realizarla en una actitud amorosa de buen pastor, que fuera la vivencia de un encuentro abierto, fraterno y constructivo y diera un nuevo impulso a nuestra vida y acción pastoral bajo la acción del amor del Espíritu.

           Puedo decirte Virgencita Morena que gracias a tu intercesión maternal y muy conciente de mis limitaciones humanas he vivido esta experiencia en las 35 visitas realizadas el pasado año de 2004, tal como lo pedí.

           Por otra parte, he descubierto un nuevo horizonte en mi vida personal y pastoral que me compromete más en general; la cercanía y vivencia en todos los encuentros han tenido un valor inestimable. De manera muy especial quiero mencionar la riqueza encontrada en la cercanía y convivencia fraterna con los sacerdotes durante los cuatro días de la visita pastoral.

           Esta experiencia no la habíamos tenido antes, Ella ha sido un testimonio vivo de que es posible en el presbiterio vivir en fraternidad con amor humano, sacerdotal y pastoral.

           He encontrado también en todas las parroquias visitadas una fe viva y profundamente arraigada en cada una y cada uno de los fieles cristianos. Ciertamente todos los agentes de pastoral tenemos un reto muy grande para la Nueva Evangelización: cómo dar el paso para lograr que esta fe se manifieste en un testimonio y compromiso de vida por nosotros mismos con la solas fuerzas humanas. Creo que no lo lograremos. Con la Gracia de Dios y con el testimonio coherente de nuestra fe y vida, sí lo vamos a lograr.

           También he sido testigo de un hecho generalizado que ha sido una constante en todas las parroquias y es el compromiso responsable, desinteresado y generoso de los agentes de pastoral laicos que en general va acompañado del testimonio de su fe y muchos de ellos han tenido un verdadero encuentro personal con Cristo que ha cambiado su vida.

           En las 35 parroquias visitadas, el número de laicos comprometidos es de cuatro mil 300. Quiero mencionar tres breves testimonios de esta fe vivida por los laicos comprometidos. Personalmente, decía una catequista, he sentido la presencia de Dios en mi vida, en el servicio pastoral me canso pero siempre busco algo nuevo. Yo espero felicitaciones porque trabajo para Dios y para que crezca mi comunidad. Y otro agente de pastoral decía: lo que ha marcado mi vida ha sido la enfermedad de mi mamá. Desde que trabajo en el servicio pastoral he aceptado su enfermedad como una bendición, he descubierto que ahí está presente Dios. Desde hace tres años está en fase terminal, los médicos se sorprenden. Yo creo que si Dios nos la ha dejado es porque se acuerda de nosotros y quiere algo de nosotros. Y finalmente, una agente de pastoral decía: tenemos un niño con el síndrome de dawn, él ha llenado nuestra vida de bendición. Nos ha enseñado mucho a  ser sinceros, a ser serviciales con todos. Estoy muy a gusto sirviendo en la Iglesia, creo que somos instrumentos de Dios y quiero seguir sirviendo.

           Otro hecho generalizado encontrado en todas las parroquias es la necesidad que sienten los laicos comprometidos de tener una mejor formación. Uno de ellos decía: es preocupante para mí tener que evangelizar y no estar preparado. Ojalá haya una escuela para que podamos estar mejor formados y servir mejor a nuestra Iglesia.

           También encontré que la pobreza material, la falta de empleo, la migración, y la desintegración familiar son hechos lacerantes de la mayor parte de la diócesis.

           Estas son tan solo algunas constantes o hechos sobresalientes encontrados en mi peregrinar pastoral del año pasado.

           La segunda petición que hice el año pasado fue relativa a la elaboración de un nuevo Plan de Pastoral diocesano. Puedo decirte Madre tierna y cariñosa, que estamos aún en proceso de elaboración de ese nuevo Plan. Hemos ido caminando lentamente pero concientes de que el Espíritu Santo nos va iluminando.

           Vamos comprendiendo cada vez mejor que un Plan de Pastoral es tan sólo una herramienta necesaria, es un medio, no es un fin para llevar a cabo la Nueva Evangelización.

           Vamos asimilando también que debemos ser una Iglesia que se alimenta en el encuentro personal con tu Hijo y con el testimonio que demos de su amor en el mundo. La tercera petición fue sobre el Congreso Eucarístico Internacional ya celebrado. Te pedimos que sea para nuestra nación y para nuestra diócesis, el acontecimiento que renueve nuestra vida cristiana y sacerdotal, teniendo como centro la Eucaristía.

           Finalmente, frente al año de la Eucaristía que inició al término del Congreso Eucarístico y que concluirá en Octubre del presente año con el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía como fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, te pedimos Virgencita del Tepeyac, principalmente para nosotros sacerdotes, que nos concedas revalorar la Eucaristía.

           Que no nos quedemos en su apariencia externa sino que Ella sea el centro de nuestra vida y ministerio ya que sólo podremos mantener vivo nuestro ministerio pastoral si le damos la primacía a la vida espiritual que se encarna en la existencia histórica de cada uno de nosotros.

           Nunca olvidemos queridos sacerdotes, que no puede haber vida sacerdotal sin la Eucaristía y Eucaristía sin vida sacerdotal.

           Gracias Madrecita de Guadalupe por escucharme y escuchar a éste tu pueblo que viene peregrino de la Diócesis de Tula. Como tú al pie de la Cruz, queremos ser testigos del amor de tu Hijo que sigue ofreciéndose por nosotros en la Eucaristía y a la vez se nos da como pan de vida.            

 
 
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