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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Vigilia Pascual en la Noche Santa

26 de marzo del 2005

¡CRISTO, VIDA NUESTRA!

“No teman…buscan a Jesús el crucificado… no esta aquí: ha resucitado”. Esta es la noticia que da sentido a nuestra vida. La convicción de que Cristo Jesús, aunque no le veamos, está vivo y que nos acompaña en nuestro camino. Los cristianos no seguimos una doctrina, ni a un libro, ni a un muerto que existió y fundó un movimiento. Creemos y seguimos a una persona que vive.

Hemos leído hoy una buena colección de lecturas. De vez en cuando nos va bien hacer estas recopilaciones catequéticas porque nos ayudan a darnos cuenta de cómo se han cumplido en Jesús todas las esperanzas de la humanidad a lo largo del tiempo. Es por eso que hoy estamos contentos y nos deseamos todos una feliz Pascua: porque Jesús si que es la salvación definitiva de Dios. Jesucristo es el “paso” definitivo de Dios por nuestro mundo y por nuestras vidas: la Pascua.

Ahora si que tenemos una buena noticia para dar: mejor que la creación, mejor que la promesa de Abrahán, mejor que la salida de Egipto, mejor que la alianza de Moisés, mejor que la llegada a la tierra prometida, mejor que las profecías de todos los profetas. La resurrección de Jesús es algo que nos afecta de lleno y a todos. Porque lo que es vida para él representa también vida para nosotros. Como dice el ángel en la escena de la resurrección del evangelio que acabamos de escuchar: “Ha resucitado, como había dicho”. Y Jesús también había dicho que resucitaríamos con él y que tendríamos vida en él y que le veríamos, no ya en Galilea, sino en la gloria del Padre-Dios.

Nuestras esperanzas, de vivir para siempre, no son infundadas, imaginaciones nuestras o falsas expectativas, sino que tienen su fundamento en esta noche de Pascua, en la resurrección de Jesús y en sus repetidas promesas. Nosotros nos somos unos ilusos que ante los problemas de la vida, para poderlos superar, nos imaginamos vanas esperanzas; sino que nosotros somos los fieles seguidores de una persona Jesús. Y de las palabras de esta persona nosotros sacamos las promesas de vida que configuran nuestro vivir y nuestro actuar y que nos abren a una realidad nueva, a una vida nueva.

Noche gozosa, noche santa, noche iluminada, noche florecida, noche para la vida. Todos los símbolos apuntan a esa dirección: el fuego y el cirio, el agua y las flores, el incienso y los perfumes… Todo quiere tener relación con el misterio. Y el misterio es la Pascua, el paso de Dios entre nosotros. No pasa ya el ángel exterminador, está pasando Dios aquí y ahora, y su paso nos deja el perfume de su Espíritu, que es aliento de vida y es fuerza amorosa y es alegría compasiva y es gracia santificadora. Sí, esta noche se abren las fuentes de la gracia y penetra en todos un viento de libertad. Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio y doblega a poderosos.

Este paso de Dios para nosotros se llama Cristo, y Cristo resucitado, Cristo vencedor de toda muerte, Cristo rebosante del Espíritu, Cristo resplandeciente en sus heridas, Cristo renovando toda vida. Podemos cantar: ¡Cristo es nuestra Pascua! Cristo es el Dios que ha pasado entre nosotros para salvarnos, el Dios que ha luchado a favor nuestro, nos ha liberado de las garras de nuestros enemigos, y muriendo, ha vencido a la muerte y nos ha devuelto la inmortalidad. ¡Cristo, vida nuestra!

Es por eso que esta noche jugamos con elementos muy expresivos de nuestra vida. Los elementos vivos de esta noche: el fuego, la luz y el agua –básicos y necesarios para nosotros– son un signo de lo que realmente es Jesucristo para todos nosotros: la Vida. Nosotros esta noche no somos como una religión ancestral que juega con los elementos fuertes de la naturaleza, como son el fuego y el agua, y que casi –como si fueran las fuerzas del mundo, sus energías- las adora. Nosotros, hoy, a través del fuego, de la luz del cirio y del agua, oramos. Reconocemos hoy, a través de estos elementos, lo que nos hemos ido diciendo a lo largo de estos últimos domingos de Cuaresma: Cuando veíamos que Jesús hablaba con la samaritana junto al pozo y le decía: “Yo soy el agua viva”. O cuando hablaba con el ciego de nacimiento y le decía: “Yo soy la luz”. O cuando les decía a las hermanas del amigo Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida”.

Jesús, ciertamente, hoy lo vemos, es nuestra agua que sacia la sed de vida que todos tenemos, ante un mundo que nos da tantas y tantas experiencias de muerte (como la de Jesús). Ésta es la misma agua del bautismo: Cristo. Y Jesús es también nuestra luz porque gracias a él, como el ciego de nacimiento, podemos ver muchas cosas de nosotros, de nuestra vida y de nuestro mundo. Incluso gracias a Jesús, podemos ver más allá de lo que pueden ver nuestros ojos. Y finalmente, Jesús es vida y es nuestra vida. Hoy, esta noche, Jesús, también (como el fuego, como la luz, y como el agua) a través del signo visible de su resurrección, nos dice que él es nuestra resurrección y nuestra vida.

Y ahora, en la noche, en la primera Eucaristía que celebraremos esta Pascua, ya tenderemos a Jesús resucitado, vivo y presente entre nosotros. Por Él, con Él y en Él seamos hombres pascuales.

Los hombres pascuales no se limitan a vivir la Pascua, ya es el mejor anuncio y testimonio, sino que se esfuerzan por llevarla a los demás. Quieren extender la vida nueva de Jesucristo y sembrar su resurrección en el mundo. Quieren poner gracia donde hay pecado, salud donde hay herida, alegría donde hay tristeza, reconciliación donde hay ruptura y esperanza donde hay desencanto. Sembrar resurrección es evangelizar a los pobres, integrar a los excluidos, levantar a los yacen en el polvo. Son semillas de resurrección la amistad, el perdón, la solidaridad, el servicio, la comunicación de bienes, la común-unión, cualquier gesto o sentimiento de amor. Sembrar resurrección es transmitir un poco de amor y de alegría, de libertad y de vida a quien carece de ellas. Así le ayudas a resucitar. Pero así ayudas también a resucitar a Jesucristo, a completar su resurrección.

 
 
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