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VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DE LA
HOMILÍA
PRONUNCIADA POR MONS. FR. RAÚL VERA LÓPEZ O.P., OBISPO DE LA DIÓCESIS DE SALTILLO EN LA PEREGRINACIÓN ANUAL DE LA DIÓCESIS

22 de julio de 2005

Venimos a postrarnos a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe para renovar nuestra vida cristiana. Como Diócesis de Saltillo, nos comprometimos desde el comienzo de este nuevo milenio, a renovar nuestra vida espiritual y pastoral por medio de un proyecto pastoral, cuya etapa previa estamos viviendo. Lograremos esta renovación en la medida en que, como personas, cada uno individualmente y como comunidad, en la familia, en el barrio y en toda la vida social, pongamos en práctica el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

Como pueblo de Dios que peregrina en la región de Coahuila, venimos cada año a esta Basílica, para acercarnos a la Santísima Virgen María, y conocer más a su Hijo. El Concilio Vaticano II, cuyo aniversario número cuarenta de conclusión recurre este año, nos enseña que, conociendo más a María, la Madre de Jesús, la Iglesia lo conoce más a Él, y conforme vamos conociendo el misterio de Jesús, el Hijo de Dios que se hizo hombre en la purísimas entrañas de María, penetramos más en el conocimiento de su Madre Santísima.

Este concilio presenta a la Virgen María, como la perfecta discípula de Nuestro Señor Jesucristo, así que con el propósito de conocer más a su Hijo, y conocer de ella con más profundidad el Evangelio, y el camino para ponerlo en práctica, venimos, una vez más, como un pueblo que la venera y la quiere. Nos acercamos a la imagen que ella misma nos dejó en la tilma de San Juan Diego y que se honra en este templo que ella pidió, por medio del indio, al obispo de entonces, Fray Juan de Zumárraga. Este templo, simboliza y recuerda las razones por las que ella vino a visitar nuestras tierras hace 574 años, y que expresara ante Juan Diego de la siguiente manera: “Para mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”.

Del texto del Evangelio de San Lucas, que se nos ha proclamado hace un momento, queremos obtener de la mejor discípula de Jesús, una enseñanza que nos ayude a regresar a los distintos lugares de la diócesis de donde procedemos, a vivir de manera renovada nuestro compromiso cristiano y nuestra responsabilidad de discípulos de Cristo. Recurrimos a la intercesión de ella misma, para lograr nuestro propósito.

San Lucas nos dice que por aquellos días, después de haber aceptado ser la madre de Jesús -Dios mismo se lo había pedido por medio del Ángel Gabriel -, María se fue presurosa a un pueblo de las Montañas de Judea; la tradición nos dice que se trata de Ain Karim, el pueblo en donde tenían su casa Zacarías, el sacerdote, e Isabel su esposa, pariente de María. Isabel, siendo ya de edad avanzada, había concebido un hijo de su esposo Zacarías. El Ángel Gabriel se lo había predicho a Zacarías, mientras éste oficiaba en el Templo de Jerusalén. El niño que iba en el seno de Isabel, sería Juan el Bautista, el precursor del Señor.

Por el evangelista Lucas, sabemos que María se fue a aquel lugar para atender a Isabel durante su embarazo, porque el mismo Ángel Gabriel le había dicho: “Mira tu pariente Isabel, ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque nada es imposible para Dios”.

Vemos aquí, en el ejemplo de María, que acude presurosa a servir a Isabel, una de las enseñanzas más profundas del Evangelio: El servicio. Cristo nos dejó dicho: “Aprendan de mí, que no he venido a ser servido, sino a servir”. María asume su papel de colaboradora de su Hijo, con el mismo espíritu con el que Jesús condujo toda su vida aquí en la tierra, el servicio; asocia toda su persona a la misión de su Hijo, quien ha venido para rescatar a la humanidad entera, de la situación triste a la que la arrojó el pecado.

De este modo, el servicio de María es puesto a favor de un proyecto, el de la Redención del género humano, que viene a realizar Jesús. Por eso, Isabel, llena del Espíritu Santo, haciendo eco al regocijo de su hijo, que salta en su seno ante la presencia del Mesías, quien se está gestando ya en el seno de su Madre María – y quien es el mismo Hijo eterno de Dios, que se hace hombre -, estalla en un elogio y una bendición para María: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde a mí, que la madre de mi Señor venga a verme?… Bienaventurada la que creyó que tendrá cumplimiento lo que le fue dicho de parte del Señor”. Estas palabras de Isabel, además de su admiración personal por María, reflejan la alegría de saber que las promesas de los profetas, acerca de la llegada del Mesías, empiezan a tener su cumplimiento. El evangelio señala de un modo especial, que son los pobres quienes se alegran por la llegada del Mesías, el Salvador, a este mundo: Los pastores, Zacarías e Isabel, los ancianos Simeón y Ana, y de manera especial, María.

En el cántico con el que responde al saludo de Isabel, cuyas primeras estrofas se nos han proclamado en el texto de San Lucas, María expresa su agradecimiento a Dios, que se ha fijado en su pequeñez. Este cántico que nosotros conocemos como el “Magníficat”, coincide totalmente con el contenido del oráculo del profeta Isaías, con el que el Señor Jesús anunció en la Sinagoga de Nazaret, el programa de la obra que venía a realizar entre nosotros; dicho oráculo dice:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).

María, después de proclamar el poder y la santidad de Dios, que actúa con su misericordia a favor de los humildes, dice:

“Desplegó la fuerza de su brazo y dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos; y exaltó a los humildes; a los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos, sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia, - como había anunciado a nuestros padres - en favor de Abraham y su linaje, por los siglos” (Lc 1,51-55).

En el Magníficat, María manifiesta su fe en todo lo que desde la Ley y los Profetas, Dios venía revelando a su Pueblo, acerca de la obra del Mesías. En el momento de la Anunciación, María no aceptó tan sólo ser la Madre del Mesías en el orden biológico, para darle carne de su carne y sangre de su sangre al Hijo de Dios, sino que acepta plenamente ser parte del proyecto de Dios para salvar a su pueblo. En este Proyecto del Reino, dejan de existir las desigualdades sociales que introdujo el pecado, por medio de la soberbia del corazón humano; por medio de una estructura política construida con el uso de la fuerza, que destruye y humilla, para controlar y dominar; por medio del poder que proporciona la riqueza acumulada a base de la explotación del ser humano. Sino que en este proyecto divino, encontramos la creación y los bienes de la tierra al servicio y provecho de todos: Donde desaparecen los hambrientos y miserables, donde a cada uno y a cada una, se le valora en toda la dignidad de su persona y se convierten en sujetos de la historia.

María, fiel a la responsabilidad que su Hijo le encargó en la Cruz, como madre de todos los hombres y mujeres que habitarían la tierra en el recorrido histórico de la humanidad, hasta el final de los tiempos, llegó hasta estas tierras de América, concretamente al Cerro del Tepeyacac (Tepeyac, como lo nombramos ahora), en los albores de la evangelización de este Continente, para acompañar el anuncio y la construcción del Reino de Dios, en la historia de nuestros pueblos, proyecto al que ella se adhirió con todas las fuerzas de su corazón, conforme lo fue conociendo más y más en la vida y misión de su amado Hijo, al que acompañó en esta tierra, desde el pesebre de Belén, hasta el patíbulo de la Cruz.

María, al llamar al indio Juan Diego, digno de su confianza y embajador suyo ante el obispo, está eligiendo un camino para promover el anuncio y la construcción del Reino de su Hijo entre los pueblos de América, Reino de paz y de justicia, de libertad, de amor y de gracia. Ella aprendió esto del mismo Dios que se fijó en ella, para que fuera colaboradora de su Hijo, en la instauración de su Reino, en medio de los hombres y mujeres que viven en el mundo. La llamó a ella, la humillada que vivía entre los humillados, mujer pobre, desposada con un hombre pobre, José, el carpintero de Nazaret, que con todos los que compartían la misma situación que ella, anhelaba la intervención de Dios a favor de su pueblo, pues sólo en Él, los pobres tenían puesta su esperanza.

María eligió al pobre, al pequeño, al que era objeto de indiferencia y desprecio por su aspecto, por su raza y por su posición social, de parte de los satisfechos por múltiples razones: Por su dinero, por los puestos que ocupan en la sociedad, por el apellido que ostentan, por sus títulos, por su habilidad para explotar al hermano, por su carrera meteórica en la política y en los negocios, etc. María eligió al pobre y despreciado, para hacerlo protagonista de una historia diferente a la que ha construido el poder del mundo, ese mismo poder, que con sus “reinos y sus riquezas”, Satanás le ofreció a Jesús, en el momento de las tentaciones en el desierto.

Esta es una enseñanza sabia que nos queremos llevar hoy, salida de la frescura del evangelio que conserva el corazón de María, el gran valor que ante Dios tienen los pobres, a quienes de manera privilegiada, les revela todo lo que necesitan saber, para ayudarle a él en la construcción del Reino, como lo hicieron María y Juan Diego: “Yo te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla”, dijo Jesús, lleno de gozo.

Para edificar nuestra Iglesia, de modo que haga creíble el evangelio que anuncia en aquella región del norte de México en la que nos encontramos, tenemos que incluir a los pobres en nuestras estructuras pastorales. Queremos escuchar la voz de nuestras obreras y obreros; de nuestras campesinas y campesinos; la voz de quienes viven en las zonas marginadas de las ciudades, en las colonias de la periferia. Queremos asumir el sufrimiento de los migrantes nacionales y centro y sudamericanos que pasan por la diócesis, víctimas de un maltrato cruel y abusivo. Deseamos abrir nuestros oídos al sufrimiento de las niñas y de los niños maltratados, que viven en hogares desintegrados, carentes de toda seguridad, víctimas de la miseria y el abandono; la voz de quienes han caído en las adicciones y de quienes están internos en los CERESOS.

Seamos valientes como Diócesis de Saltillo, como una Iglesia profética, capaz de denunciar las injusticias, que de muchas maneras se cometen contra nuestros hermanos y hermanas. No se trata de que hablen los ricos a favor de los desprotegidos, sino que todas y todos, incluyendo los mismos pobres, tenemos que arriesgar nuestra seguridad, a favor del hermano que sufre tanto o más de lo que nosotros sufrimos. María Santísima nos dejó un ejemplo claro de lo que tenemos que hacer, pues ella arriesgó la vida por todos nosotros en el momento en que aceptó ser la madre de un hijo, sin estar todavía viviendo con José; ante la ley de Israel, esto significaba para ella, la pena de muerte. Además, huye para librarlo del asesino Herodes; y cuando su Hijo es condenado a muerte, María lo acompaña hasta el Monte Calvario. ¿A qué le tememos, si ella que corrió todos estos riesgos, ahora nos acompaña?

En estos momentos, la vida del estado de Coahuila exige de los cristianos, un grave compromiso con la justicia y con la paz. Los escándalos que pasan ante nuestros ojos, por el dispendio de recursos que se gastan los partidos políticos y los candidatos, en las precampañas, para obtener una candidatura a un puesto de elección popular, no tiene ninguna justificación, pues contrasta con el acelerado crecimiento de la pobreza en nuestra región; con la inseguridad en la que vive una gran parte de la población, debido al desempleo y a la amplia diferencia, entre la baja remuneración del trabajo y el costo de la vida.

Los efectos de estos desequilibrios sociales son: la violencia intrafamiliar, la migración, los suicidios, especialmente entre personas jóvenes, el ceder ante la tentación de colaborar con el crimen organizado, tanto del narcotráfico como del secuestro, entre otros.

El panorama nacional no es menos preocupante; desde hace meses vemos a un Congreso que se desgasta en las luchas por el poder y prácticamente da la espalda a su compromiso con el pueblo. Tenemos un Ejecutivo desgastado, ante la imposibilidad de responder a las políticas sociales que el país requiere en este momento, especialmente la implementación y el fortalecimiento de la planta productiva, que es la garantía de un desarrollo sustentable del país.

La Reforma del Estado, nunca realizada, se convirtió para él, en una trampa, pues careció de la infraestructura necesaria, para realizar el programa político y social, que se comprometió a ejecutar durante su campaña a la Presidencia. Deja tras sí, cuestiones que representan paradigmáticamente el cúmulo de proyectos no realizados, me refiero primero, a la integración de los más de doce millones de indígenas a la vida nacional, por medio de las modificaciones a la Constitución, que él se comprometió a realizar, a partir de los Acuerdos de San Andrés, pactados con los grupos indígenas, por el Gobierno Federal.

Otra cuestión es el Fobaproa, que ha impuesto al País la deuda pública más pesada de su historia, deuda que ha significado no solamente ausencia de crecimiento, sino el retroceso que hemos sufrido en los últimos años y que en manera alguna, se frenó con el cambio por el que el pueblo votó el 2 de julio del año 2000. Los causantes del desfalco al ahorro bancario, siguen en la impunidad.

Otro rubro pendiente que deja para México el régimen que se acaba, es el no haber variado las políticas económicas que nos ha impuesto el sistema financiero internacional, al contrario, el ejecutivo ha impulsado los procesos de privatización de los energéticos, y desde las dependencias de éste, se ha intentado una reforma a la Ley del Trabajo, que es un verdadero retroceso a las conquistas de los trabajadores del mundo y de México, a lo largo del siglo pasado. La característica dominante de nuestra economía, sigue siendo la acumulación del dinero en manos de las grandes empresas, con el abandono de los pequeños empresarios; la reducción de los costos de producción, para alcanzar un nivel competitivo en el comercio mundial, lo deben pagar los obreros, con la disminución o eliminación total de las prestaciones, y un salario incapaz de solucionar las necesidades más fundamentales de la familia.

Ante este panorama, parece ser que quienes aspiran a llegar a la presidencia de la República, sólo buscan el poder por el poder, las pugnas internas en los partidos, para alcanzar las candidaturas, no se caracterizan en la gran mayoría, por propuestas que hagan ver que están por un México más justo, que salga del retraso en que ha quedado sumergido, debido a la disminución del compromiso social que ha caracterizado los últimos periodos de la gestión pública. A cambio de apostar por las propuestas que hagan de México, un país que verdaderamente progrese, los partidos políticos, se han dedicado a inyectar dinero en publicidad, para inflar la imagen de los aspirantes. Dinero cuya procedencia, está comprometiendo de antemano a los candidatos, con los intereses de la iniciativa privada y otros, cuya identidad hace desconfiar enormemente, sobre todo en estos momentos en que el narcotráfico ha impuesto sus cuadros, en algunas regiones del país. El Instituto Federal Electoral debe intervenir, por el bien de todos los mexicanos, ante este manejo de los recursos económicos en las campañas políticas.

Desde el inicio de la edificación de esta nación, con los pobladores originarios de estas tierras y quienes llegaban a colonizar, María dejó un mensaje bien claro: No se puede construir esta nación, si no se incluye al pobre, con toda la dignidad que él posee en su persona. San Juan Diego, no sólo es grande, porque recibió el mensaje de María, sino porque contribuyó a ponerle las bases a nuestra identidad nacional. Porque por él, llegó a nosotros, de manera genuina, el profundo mensaje de María. Ella asume en la persona de Juan Diego, en su tilma, toda la grandeza de la cultura de estos pueblos. En su presencia indígena, María manifiesta el deseo de que el mismo mensaje del evangelio, debería incorporar la tradición religiosa del indio: El concepto de trascendencia que había en las religiones originarias y los atributos del poder divino en ellas contenidos, se siguen transmitiendo, y están presentes en la religiosidad de nuestros pueblos.

María nos dice a la Iglesia y a la sociedad, que no vamos a construir el México verdadero mientras excluyamos a los pobres y a los más despreciados. En el evangelio de su Hijo, María aprendió que todos los seres humanos, hombres y mujeres, tienen una misma dignidad, que cada persona, es merecedora de toda nuestra atención. Ante María, toman su verdadero lugar los poderes destructores de la tierra, pues ella anuncia con toda claridad, que ante el único poderoso, cuyo nombre es santo, no subsistirán. Por eso debemos ceder a nuestra soberbia, para poder construir la vida.

Si venimos cada año a esta Basílica, es porque creemos en el proyecto del Reino de Dios, a cuya instauración aquí en la tierra, María sigue invitándonos con su presencia dulce y amorosa de madre que nos recuerda que todos los seres humanos, somos hermanos, miembros de la única familia de los Hijos de Dios. Quiera ella, ayudarnos en Coahuila y en México, a realizar nuestros proyectos de organización religiosa, política, económica y social, desde los valores de la justicia, de la verdad, de la solidaridad y del amor.

De manera muy especial, nosotros, como Diócesis de Saltillo, desde nuestras miserias y riquezas personales, nuestras familias, sectores de barrio, nuestras parroquias y vicarías, escuelas y fábricas, desde el sector público y privado, la sierra y el desierto, con quienes creen en Cristo desde confesiones diferentes, y con todas las personas de buena voluntad, le pedimos a María que nos ayude a construir la comunidad de hijos de Dios, a través de la que seamos capaces de ser fermento de esta nueva sociedad.

 

 
 
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