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Versión estenográfica
Homilía
pronunciada por el Excmo. Sr. Francisco Ramírez Navarro, Arzobispo de la Arquidiócesis de Tlalnepantla.

5 de febrero de 2005

           Muy queridos hermanos en nuestro Señor Jesucristo. Hoy nos alegramos todos por María, María nuestra Madre, María nuestra Reina, María la que vino a nuestra tierra a decirnos “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”. María la que vino a mostrarnos su imagen sacrosanta que en esta Basílica veneramos. María santísima la que nos trajo a Jesús. María Santísima, la que quiso santificar nuestra tierra pisando precisamente los alrededores de esta Basílica, allí en este cerrito del Tepeyac.

           María, que quiso dejar a su embajador muy digno de esa misión: San Juan Diego, para que él llevara el mensaje de María al obispo de estas tierras, Fray Juan de Zumarraga. María Santísima que sigue acompañando desde entonces, desde hace más de cuatro siglos y medio el caminar de este pueblo suyo que la ama, que le vive agradecido, que se encomienda a ella, que ha escuchado sus palabras y que viene contento como vino Juan Diego, aquí, a ponerse al servicio de ella para ser también cada uno de sus hijos, es decir, cada uno de nosotros, portadores de su mensaje, de ese mensaje de amor, de protección, de auxilio, de defensa, de ese mensaje que nos hace tener toda nuestra confianza puesta en Ella, en María juntamente con su divino Hijo Jesús.

           Por eso venimos alegres y por eso nuestro corazón arde también de gratitud y de amor. Que esa gratitud de amor hoy la convirtamos en homenaje hondo, sentido, lleno de piedad, al participar en esta Santa Misa en que Jesús su Hijo se hace nuestra víctima, nuestro sacerdote, nuestra ofrenda, nuestro alimento.

           María Santísima seguramente vio como … desde el Tepeyac, el crecer y el caminar de todo este pueblo. Seguramente vio a todos aquellos de sus hijos que presurosos acuden a su invitación en este templo que Ella quiso que se edificara para mostrar aquí todo su amor.

           Los ve María y eso quiere decir que ve a nosotros también y al encontrar la mirada de María y nuestra propia mirada se produce nuevamente el prodigio de aquella alegría, de aquel gozo que experimentó Juan Diego al contemplarla a Ella resplandeciendo con la luz del sol hecha señal para toda nuestra Patria, para toda nuestra América, para todo el mundo.

           Por eso queridos hermanos, ese agradecimiento se hace también hoy alabanza a María, como la que le dirigió Santa Isabel a María Santísima cuando Ella después de encaminarse presurosa llegó hasta su casa porque también en Isabel se cumplía un designio de Dios.

           Más grande era el designio que se había cumplido en María porque había recibido en su seno por obra del Espíritu Santo al Hijo de Dios que sería Jesús nuestro Salvador.

           Que hermoso es cuando el designio de Dios se cumple, que hermoso es cuando ese designio de Dios encuentra almas humildes, generosas, preparadas, dispuestas para recibir y hacer realidad en ellas mismas, en sus vidas, ese designio convertido en ofrenda, también ofrenda llena de amor como estaba lleno de amor ese designio de Dios.

           Que nosotros también depositemos nuestra propia ofrenda de amor, que la unamos a la de María para que también entre nosotros nazca Jesús. María Santísima quiso traer a Jesús para que naciera en estas tierras porque ella quiere que siga naciendo en cada corazón, en cada familia, en cada parroquia, en cada instituto religioso, en cada sacerdote, en cada seminarista, en cada diácono.

           Ella quiere nacer de nuevo, quiere que también nosotros nos hagamos señales de amor de Dios, del Evangelio, de Jesús. Ella quiere que también nosotros y en nosotros resplandezca el amor de Dios y se haga mensaje, se haga testimonio, para salvar al mundo.

           Eso era lo que quería Ella cuando vino a nuestra tierra: que resplandeciera Jesús no sólo en Ella sino en los corazones y en las tierras de ésta nuestra Patria. Todo su anhelo era mostrar a Jesús para que lo acogiéramos.

           Que acogiendo a Jesús seamos también la alegría de María y la anunciemos siempre con nuestra propia alegría y con Ella podamos también cantar las alabanzas a Dios. Que nuestra alma también con María engrandezca al Señor porque hemos visto las maravillas que ha hecho con su presencia; con la presencia de María, con la presencia de Jesús.  Que nosotros, alabando a María y las cosas maravillosas que Dios ha hecho en Ella y que sigue haciendo por su medio, también nosotros nos hagamos cántico, cántico de alabanza. También en nosotros se cumpla la palabra que le dijera Santa Isabel: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

           Bendito es también éste suelo, ésta tierra. Bendita es ésta Arquidiócesis nuestra que hoy se postra ante su imagen. Y benditos los corazones que tienen reservado para ella y para Jesús el espacio más importante de su vida y de su amor.

           Que así Ella también los llene a todos de su bendición, de su protección y de su amparo para siempre. Así sea.

 
 
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