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Homilía
pronunciada por Mons. Pedro Tapia Rosete, arcipreste de la Basílica de Guadalupe, en el Quinto Domingo de Pascua. u

24 de abril de 2005

Ninguno que realmente crea en Cristo puede discriminar a los demás a causa de su raza, condición social o por su cultura. Ante Dios todos tenemos el mismo valor de su propio Hijo. Amarnos no puede quedarse en bellas expresiones salidas de los labios; debemos preocupamos de un modo real del bien de todos. Por eso, aun cuando la Iglesia deba dedicarse en primer lugar a la oración y al anuncio de la Palabra de Dios, no puede descuidar su preocupación por el bienestar de quienes sufren las consecuencias de la pobreza, de la injusticia social, o de la enfermedad. Para ello debe encontrar canales de asistencia, no desde el punto de vista meramente filantrópico, sino desde el auténtico amor cristiano que nos hace hermanos, en nombre de Cristo, quienes necesiten, de nuestra ayuda viendo en ellos el Rostro del mismo Cristo, a quien hemos de amar sirviéndolo.

Aquel que ha puesto su confianza en el Señor será protegido por Él de todo mal, incluso será librado de la muerte, pues no es la muerte, sino la vida la que tiene la última palabra. Dios vela por los suyos; pero Él no quiere que nosotros nos quedemos solamente recibiendo sus dones, sino que habiendo Él llenado nuestras manos, quiere que nos convirtamos en un signo; de su amor para quienes viven más desprotegidos que nosotros. Por eso no podemos considerarnos los únicos poseedores de los dones de Dios; no podemos vivir acaparándolo todo de modo egoísta. El Señor nos quiere administradores de sus bienes en favor de los demás, especialmente en favor de los que nada tienen.

Los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús participamos de su muerte, de su resurrección y de su glorificación a la diestra del Padre Dios. Por eso nuestra vida se debe convertir en una continua alabanza del Nombre de Dios. Cuando nos reunimos para dar culto a Dios a través de la oración, hemos de ser conscientes de que entramos en comunión de vida con Él, y que no sólo le damos un culto externo y desencarnado de la realidad. Una vez que hayamos estado a los pies del Maestro, hechos uno con Él, seremos enviados a anunciar su Evangelio en todos los ambientes en que se desarrolle nuestra vida. Ese anuncio lo haremos con nuestras palabras apoyadas con el testimonio personal de nuestra vida, pues es a través de nuestras obras como estaremos manifestando que en verdad la santidad de Dios se ha hecho realidad en nosotros. Sólo aquel que ama a su prójimo como Cristo nos amó a nosotros, sólo aquel que es misericordioso, que trabaja por la paz, que procura el bien de sus hermanos en todos los aspectos, estará manifestando, con sus obras, que la santidad de Dios habita en Él y que el culto que le tributo al Señor no es algo vacío de amor comprometido y concreto en su existencia.

Amar, amar hasta el extremo con tal de que todos lleguen a encontrarse con Dios como Padre, lleno de amor y de ternura para con todos. Ese es el camino; es e1 único camino que nos conduce al Padre; es el camino que siguió Jesús para entrar en su Gloria. Y Él nos espera, en el lugar que ya ha preparado para nosotros. No, llegaremos a Él sino sólo cargando nuestra cruz de cada día y siguiendo las huellas de Aquel que nos ha precedido en la Gloria. Y las huellas que Él nos dejó son el amor; amor sin fronteras; amor que perdona amor que contempla y ama a todos como hermanos, que se preocupa de hacerles el bien en todo nosotros, en Cristo, hemos conocido el amor que el Padre Dios nos tiene. Dios, hecho uno de nosotros, se hizo alcanzable por todos; sólo tras las huellas de Cristo, unidos a Él, podremos hacer nuestra la gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre. ¿Realmente creemos esto? Nuestra respuesta no se podrá dar sino con nuestras actitudes ante el seguimiento de Aquel en quien decimos creer: Cristo Jesús.

Hoy  estamos comentando el amor que Dios nos tiene. El Señor nos dirige su Palabra para que tome carne en nosotros y podamos, después, ir como testigos suyos en medio de nuestros hermanos. Hoy el Señor entrega su Vida por nosotros y para nosotros. Hoy son perdonados nuestros pecados en la Sangre de Cristo; y el Señor nos alimenta y nos fortalece con su Cuerpo y con su Sangre para que, hechos uno con Él, no volvamos a ser vencidos por el pecado y la muerte. El Señor y nosotros nos hacemos uno; quien nos contemple deberá estar contemplando al mismo Cristo, que sale al encuentro de toda persona para salvarla a costa de todo. No defraudemos el amor que Dios nos ha tenido, y que nos ha manifestado en Cristo Jesús.

En nuestros días el Padre Dios ha querido convertir a la Iglesia, Esposa de su Hijo, en la expresión concreta de su amor infinito por toda la humanidad. Aquel que entre en contacto con la Iglesia debe experimentar el amor de Dios. Nosotros somos los responsables de hacer cercano a toda persona el Rostro amoroso y misericordioso de Dios. Por eso no podemos sólo quedarnos de rodillas en la presencia de Dios. No podemos vivir tranquilos porque hemos cumplido con un precepto ante Dios y ante su Iglesia. Es necesario que seamos los primeros en trabajar para que todos disfruten, no sólo de los bienes materiales necesarios para una vida digna, sino también, y de un modo especial, de los bienes eternos. Sólo entonces estaremos trabajando para que el Reino de Dios se vaya haciendo realidad ya desde ahora entre nosotros, pues Cristo, Piedra fundamental en la salvación de todos, estará presente en la edificación de un mundo que se convierta realmente en una continua alabanza del Nombre de nuestro Dios y Padre en razón de vivir nosotros, con toda lealtad, comprometidos en el amor fraterno.

Porque como dice nuestro nuevo Papa Benedicto XVI: "en el cristianismo siempre hay la posibilidad de nuevas y vigorosas formas de vida cristiana". Hoy, uniéndonos a toda la Iglesia, le damos gracias a Dios porque, como él mismo decía a los Señores Cardenales, "quiero darle gracias a Dios, porque sin importarle mi humana fragilidad, como Sucesor de Pedro me ha confiado la, tarea de regir y guiar a la Iglesia, para que sea en el mundo sacramento de unidad para todo el género humano. Y estoy cierto que el Pastor eterno es el que conduce con la fuerza de su Espíritu a su grey, asegurando; así en todo tiempo, Pastores elegidos por Él".

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María de Guadalupe a quien esta mañana venimos a saludar, la gracia de saber vivir con lealtad nuestra unión a Cristo, de tal forma que colaboremos con nuestras palabras, con nuestras obras, con nuestras actitudes y con nuestra vida misma en la edificación del Reino de Dios entre nosotros, como lo pedimos también por S.S. el Papa Benedicto XVI que hoy ha iniciado solemnemente el Supremo Pontificado, hasta que logremos llegar a su plenitud con Cristo, en el Reino eterno. Amén.

 
 
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