Homilía
pronunciada por Mons. Emilio C. Berlié Belaunzarán,
Arzobispo de la Arquidiócesis de Yucatán, en
ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis
a la Basílica de Guadalupe.
12 de julio del 2005
Reitero mi saludo al señor Obispo auxiliar – Mons. Rafael
Palma Capetillo-- que tenemos aquí cariñosamente
presente; al señor Obispo Auxiliar Don Ramón Castro que está atendiendo
los asuntos en la diócesis pero espiritualmente unido a todos nosotros
así como también a todos los miembros de nuestro presbiterio.
Muy querido señor Obispo Auxiliar, muy querido señor
Vicario General, queridos monseñores Alfonso Zapata Acosta y Manuel
Vargas Góngora, muy queridos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas,
muy queridos peregrinos de las Arquidiócesis de Yucatán, muy queridos
hermanos que viven en el Distrito Federal pero que se han unido
a nuestra peregrinación.
Hermanos y hermanas todas en el corazón inmaculado de
María Santísima.
Fieles a nuestras tradiciones y al cariño que por ser
hijos le tenemos a nuestra Madre Santa María de Guadalupe, esta
mañana volvimos a encontrarnos ante la imagen venerada y milagrosa
de la siempre Virgen María, Madre del Verdadero Dios por quien se
vive para tributarle nuestro sincero homenaje, agradecerle todas
sus bendiciones, en especial que bendiga todo el esfuerzo que ponemos
en normar nuestros criterios pastorales de acuerdo con el Plan Diocesano
de nuestra Arquidiócesis y para que siga intercediendo por todas
las vocaciones en particular las de especial consagración.
Llegamos al Cerro del Tepeyac con el Corazón agradecido
y al mismo tiempo lleno de bendiciones tanto por nosotros mismos
y nuestras familias como por la feliz culminación de todos nuestros
proyectos. Estos momentos significativos se ven colmados de una
inmensa paz y de un profundo reconocimiento de todo cuanto la Santísima
Virgen de Guadalupe va realizando por nosotros cada día.
Encomendamos a la Virgen Madre con particular devoción,
la persona y las intenciones del romano pontífice Benedicto XVI,
que Ella lo cuide, lo proteja y lo inspire siempre en cada una de
sus acciones para que logre hacer que resplandezca la luz de Cristo
ante los hombres y las mujeres de hoy.
Venimos a cumplir nuestra visita anual, reconociendo
a la Virgen que tiene un mensaje vigente para nosotros. María es
el modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe. Ella
es la creyente en quien resplandece la fe como un don, como una
respuesta, como una fidelidad. Es la perfecta discípula que se abre
a la Palabra y se deja penetrar por su dinamismo. Cuando no la comprende
y queda sorprendida no la rechaza ni la relega, la medita y la guarda.
Cuando suena dura a sus oídos, resiste confiadamente en el diálogo
de fe con el Dios que habla, así es la escena del hallazgo de Jesús
en el templo y en Caná, cuando su hijo
rechazaba inicialmente sus súplicas. Es la fe que la impulsa a subir
al Calvario y asociarse a la cruz como el único árbol de la vida.
Por su fe es la Virgen fiel en quien se cumple la bienaventuranza
mayor: “Feliz porque has creído”.
El servicio materno que la Virgen ejerce a favor nuestro
no desvirtúa la única mediación de Cristo sino que se prueba de
ella. Todo el influjo de la Santísima Virgen María sobre los hombres
no nace de una necesidad obligada sino del divino beneplácito, de
la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en la mediación
de El, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder.
Y lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo,
al contrario, la fomenta.
María siempre nos lleva a Cristo, la Virgen siempre
nos lleva a su hijo. La Virgen es Madre y Modelo de la Iglesia y
nos invita a ser para los demás camino de encuentro con Cristo.
Debemos contemplar su fidelidad inquebrantable a los planes de Dios,
su extraordinaria sensibilidad a los hondos anhelos del corazón
humano, de modo que también nosotros podamos acoger la Palabra de
Dios en nuestro corazón y ser fieles a Dios, a los hombres, dejando
que en nosotros se cumpla su voluntad y acercando a los hermanos
a la Salvación en Jesucristo.
Por otra parte estamos en pleno año de la Eucaristía,
se inicio al clausurarse el 48 Congreso Eucarístico de Guadalajara
en octubre pasado y concluirá con el Sínodo de los obispos en Roma.
Durante todo este tiempo podemos lograr el beneficio de la indulgencia
plenaria todos los días asistiendo a misa, comulgando y rezando
por las intenciones del romano pontífice, el Padrenuestro, el Avemaría
y el Credo.
La Sagrada Eucaristía es el sacrificio de alabanza,
orientado a la comunión plena entre Dios y el hombre. El sacrificio
Eucarístico es la fuente y el culmen de
todo el culto de la Iglesia y por eso los fieles participan con
mayor plenitud en el servicio de acción de gracias, de impetración
y de alabanza, no sólo cuando ofrecen al Padre con todo su corazón
en unión con el sacerdote la Víctima Sagrada, en ella se ofrecen
a sí mismos, sino también cuando la reciben esa misma Víctima en
el Sacramento.
Como dice el término de la etimología griega, la Eucaristía
es Acción de Gracias, agradecimiento, en ella el Hijo de Dios une
así a la humanidad redimida en cuanto acción de gracias y alabanza.
El sacrificio de alabanza era sacrificio de Acción de Gracias y
en la última cena, para instituir la Eucaristía Jesús dio gracias
a su Padre.
Este es el origen del nombre de este Sacramento: acción
de gracias, gratitud y agradecimiento, Eucaristía.
La teología de San Juan y San Pablo exaltan de manera
particular la comunión del creyente con Cristo en la Eucaristía.
En el discurso de la Sinagoga de Cafarnaún,
Jesús dice: Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo, si uno come de
este Pan vivirá para siempre”. Todo el texto de este discurso está
orientado a subrayar la comunión vital que se establece entre Cristo
Pan de Vida y quien lo come. Aparece en concreto el verbo griego
típico del Evangelio para indicar la intimidad que se crea entre
Cristo y el discípulo, permanecer, morar: “El que come mi carne
y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en El”.
Hermanos queridos, la Iglesia encuentra en la Eucaristía
el alimento de la vida que la sostiene en su camino. El Pan de la
Eucaristía es fuerza de débiles, consuelo de enfermos, viático de
moribundos, alimento sustancial que sostiene a tantos cristianos
en el testimonio que han de dar en los diversos ambientes a favor
de la verdad del Evangelio.
La Virgen constituye para la Iglesia el Modelo de la
participación generosa al sacrificio. En la presentación de Jesús
al templo y sobre todo al pie de la Cruz, María realiza la entrega
de sí misma que la asocia como Madre, al sufrimiento y a las pruebas
del Hijo.
Así tanto en la vida diaria como en la Celebración Eucarística,
la Virgen oferente anima a los cristianos a ofrecer sacrificios
espirituales a Dios por medio de Cristo.
Pidamos a la Virgen de Guadalupe que el pueblo de Dios
que peregrina en Yucatán, viva alegre y fraterno las experiencias
comunitarias en grupos vecinales; que estén siempre en torno al
Evangelio de modo que descubran la importancia de estos grupos y
se entusiasmen por expresar la comunidad parroquial también en las
pequeñas comunidades. Por eso hemos insistido mucho en el lema:
Ven, vive y convive, con gozo y gratitud a nuestro Señor.
El 27 de enero del ‘79, cuando el Papa Juan Pablo II
vino por primera vez a México, sintetizó todo el poder de la Virgen
María en la vida cristiana, con una oración. Hoy, en recuerdo y
homenaje a él que ha muerto y que el 28 de junio por disposición
del Papa Benedicto XVI se inició ya su proceso de canonización;
hoy como homenaje a él que estuvo en esta misma Basílica en el ‘79
cuando estaba iniciando su pontificado y quiso ponerse aquí a las
plantas de la Virgen y depositar todos los anhelos de ese riquísimo
pontificado a grado tal que muchos decían el día de su muerto que
lo santificaran inmediatamente, otros decían que se pusiera Juan
Pablo II Magno para pensar todo lo que él hizo a lo largo de esos
26 años y algunos meses más de su pontificado maravilloso para la
Iglesia Católica. Piensen ustedes que la Iglesia Católica creció
en 350 millones de católicos en esos 26 años. ¡350 millones de católicos
creció la Iglesia Católica en los 26 años del Pontificado de Juan
Pablo II!.
La oración es hermosísima queridos hermanos, y dice
así:
Oh Virgen inmaculada, Madre del Verdadero
Dios y Madre de la Iglesia,
tú que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu
compasión
a todos los que solicitan tu amparo,
escucha la oración que con filial confianza te dirigimos,
preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.
Madre de Misericordia, maestra del sacrificio escondido
y silencioso,
a ti que sales al encuentro de nosotros los pecadores,
te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro
amor.
Te consagramos también nuestra vida entera, trabajos,
alegrías,
enfermedades y dolores.
Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos,
ya que todo lo que tenemos y somos,
lo ponemos bajo tu cuidado,
Señora y Madre nuestra.
Queremos ser totalmente tuyos y
recorrer contigo el camino de una plena fidelidad
a Jesucristo en su Iglesia,
No nos sueltes de tu mano amorosa.
Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas,
te pedimos por todos los obispos
para que conduzcan a los fieles por senderos de vida
intensamente cristiana,
de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.
Contempla esta inmensa mies
e intercede para que el Señor infunda hambre de santidad
a todo el pueblo de Dios
y otorga abundantes vocaciones de sacerdotes y religiosas,
fuertes en la fe y celosos dispensadores de los misterios
de Dios.
Concede a nuestros hogares
la Gracia de amar y respetar la vida que comienza
con el mismo amor que concebiste en tu seno
la vida del Hijo de Dios.
Virgen Santa María, Madre del amor hermoso, protege
a nuestras familias
para que estén siempre muy unidas,
bendice la educación de los hijos, esperanza nuestra.
Míranos con compasión,
enséñanos a ir continuamente siguiendo a Jesús
Y si caemos, ayúdanos a levantarnos,
a volver a El mediante la confesión de nuestras culpas
y pecados
con el Sacramento de la Penitencia
que trae tanta paz y sosiego al alma.
Te suplicamos nos concedas un amor muy grande
a todos los santos sacramentos
que son como las huellas que tu Hijo nos dejó aquí en
la Tierra.
Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia,
con nuestros corazones libres del mal y de odios,
podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera
paz
que viene de tu Hijo nuestro Señor Jesucristo
que con Dios Padre, con el Espíritu Santo, vive y Reina
por los siglos de los siglos. Amén.
Que Yucatán
quede siempre fiel a la Santísima Virgen María, a Jesucristo y
a la Iglesia, Amén.