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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en ocasión de la Misa de acción de gracias de Año Nuevo (Solemnidad de María, Virgen y Madre de Dios), en la Basílica de Guadalupe.

1 de enero de 2010

Mis amados hermanos y hermanas, Cristo es nuestra paz. Y es la paz que Dios nos envió por medio de María para nuestra reconciliación con Él y entre nosotros.

¡Alabemos a Dios por su misericordia y alabemos a nuestra Señora por su obediencia, por su sencillez, por su disponibilidad, porque el “sí” de Ella es un eco que se extiende hasta el infinito en la historia y en la eternidad!

Estamos todavía, mis hermanos, en el ambiente de la Navidad y desde el Adviento nuestra Señora aparecía ya como una de las figuras, que le daban vida y sentido a esta etapa inicial del Año Litúrgico. Hace apenas hace ocho días hemos celebrado el nacimiento del Jesús, dando así inicio al tiempo de Navidad y que termina hasta la fecha de la Epifanía con la cual se celebra el sentido universal de la salvación. En este tiempo tan hermoso y lleno de gracia, la Virgen Madre continúa en un lugar privilegiado, pues, con su obediencia pronta y humilde es Ella quien ha hecho posible la entrada del Hijo de Dios en nuestra historia. Jesucristo es el Hijo de Dios e Hijo de la humanidad por medio de María. La expresión más completa de su maternidad virginal es su respuesta libre y gozosa en el amor al servicio de Dios y de la humanidad.

Al celebrar, mis amados hermanos y hermanas, este día 1° del año a la gran Madre de Dios, la Iglesia celebra también la Jornada de la Paz. Aparentemente nada tiene que ver la Virgen, Madre de Dios, con la paz. Sin embargo, mis hermanos, me parece que al menos hay dos razones por las que están estrechamente relacionados. La primera es la obediencia de María, que con su “sí” se convierte en constructora de la paz. La obediencia de María la hizo entrar en armonía con el proyecto de Dios, porque se dio en la fe y en el amor. Si consideramos, que la paz (shalom) quiere decir: en primer lugar armonía podemos comprender, que cuando nuestra Señora le dijo a Dios: “sí” Ella entró en armonía perfecta con los planes de Dios y le dejó hacer sobre Ella cuanto quiso y como quiso. No puso condiciones, no hizo cálculos para ver si le convenía o no comprometerse en el proyecto divino, simplemente aceptó sin más. Fiat, hágase: ¡He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu Palabra! Si acaso hizo una pregunta con la cual quería sólo saber que debía hacer, para cooperar y poner todo lo que estaba en sus manos. Su respuesta fue expresión de fe y amor a Dios y a la humanidad. La segunda razón, mis hermanos, está en el hecho de habernos dado al Príncipe de la paz, el que con su encarnación unió en armonía el cielo y la tierra. Y con su muerte y resurrección puso en paz todas las cosas. Vino a restablecer y a elevar lo que estaba derrumbado.

Vale, entonces, la pena reflexionar juntos, queridos hermanos y hermanas, en la paz. En la paz como una de las consecuencias, y tal vez la principal, así como en las exigencias en la Encarnación, la Muerte y la Resurrección traen consigo a fin de hacer nuestra la obra redentora de Jesucristo.

La paz, nos dice el Papa Benedicto XVI en su mensaje anual, será posible si protegemos la creación. En el destaca la importancia del respeto que debemos tener a la creación, puesto que ella es el comienzo y el fundamento de toda la obra Dios y elemento esencial para la convivencia pacífica de la humanidad.

En su mensaje el Pontífice subraya otras estructuras que ponen en peligro a la paz en el mundo: La crueldad del hombre con el hombre, las guerras, los conflictos internacionales y regionales, los atentados terroristas y las violaciones de los derechos humanos. Insiste el Papa en el desarrollo humano integral que está estrechamente relacionado con los deberes que se derivan de la relación del hombre con su entorno natural, como lo afirmará también hace 20 años el tan querido y recordado Siervo de Dios Juan Pablo II en su mensaje: Paz con Dios Creador, paz con toda la creación. En el que el venerado Pontífice nos llamó la atención sobre nuestra relación como creaturas de Dios y del universo que nos circunda.

Así, pues, mis amados hermanos y hermanas, la Iglesia en ocasión de esta jornada llama nuestra atención sobre la relación: Creador, ser humano y creación. La crisis ecológica dice el Papa: necesita una revisión profunda y con visión de futuro del modelo de desarrollo, mientras que la humanidad necesita una profunda renovación cultural y redescubrir los valores que constituyen el fundamento sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos.

Mis queridos hermanos y hermanas, vivir la paz, construir la paz, trabajar por la paz es entonces la primera de las exigencias de nuestra condición de salvados, por eso impone una reflexión que nos haga comprender este don de Dios a fin de convertirnos en artífices de la paz. Jesús dice en el Evangelio de Mateo: bienaventurados los que trabajan por la paz. La paz es un don de Dios, pero Él quiere que seamos colaboradores suyos en la construcción y esta colaboración con Dios comienza en la sintonía con su voluntad, comienza como en Cristo y en María con un “sí” participando con obediencia en el plan del Padre.

Mis hermanos, la paz es hermana de la justicia y tal vez sería mejor decir que aquella es el resultado lógico de esta. Cuando respetamos a los demás en su integridad estamos practicando la justicia y por lo mismo estamos cooperando con la paz. Cuando las relaciones familiares, laborales y políticas son justas estamos cooperando en la construcción de la justica. Cuando nos preocupamos de los más pobres y emprendemos acciones para su promoción y desarrollo aunque sea de la manera más discreta y humilde estamos entonces fomentado una cultura de paz, comprometidas y sostenía, que tendrá que proyectarse en el respeto de la creación, de la ecología. Tanto la observancia y el respeto de las leyes justas, como la promoción de la educación y del derecho al trabajo, para todos por igual, son condiciones para una auténtica paz que permite el desarrollo, la seguridad y la convivencia entre la gente que vive en una misma casa: que es nuestro mundo, que debe ser nuestra patria mexicana, nuestro continente.

Y en esta tarea, mis hermanos, no tiene que ver sólo las autoridades y los grandes, esto es tarea de todos, mis amados hermanos. Todos tenemos algo que hacer, más que decir, en el tema de la paz. En todo caso son más bien las pequeñas y humildes, como nos lo muestra Cristo y María, nuestra Señora de la Paz, lo que son, lo que con sus pequeñas acciones discretas y modestas en todo sentido logran crear ámbitos de paz en torno suyo, como muestras de que para construir la paz sólo se necesita amor, sólo se necesita fidelidad a Dios, fidelidad al hombre, respeto y sentido de solidaridad con toda la creación.

Mis hermanos y hermanas, la humanidad está cansada de grandes discursos sobre la paz. El mundo pide y necesita acciones muy concretas, aunque sean pequeñas, pero que se desarrollen en la verdad y en el respeto integral de todos. Es importante que en esta año tan significativo para nosotros por las diversas conmemoraciones: 200 años de la Independencia, 100 años de la Revolución.

Mis hermanos, es importante que como discípulos del Rey de la paz demos responsablemente testimonio de esperanza en un país justo; en un país pacífico; en un país solidario, hermano.

En la Eucaristía signo de nuestra reconciliación con Dios y con los hermanos, por la acción única e insustituible de Cristo podremos ir profundizando cada día más y más, particularmente los domingos, en este compromiso y honor de ser constructores de estructuras cada vez más fraternales en las que reine la paz, la justicia, la verdad y la libertad. Y María nuestra Señora de la Paz, nuestra preciosa Niña, Santa María de Guadalupe, que vino a reconciliar el antagonismo surgido entre nuestros abuelos, mexicas y españoles, nos siga acompañando con su ejemplo y su intercesión para lograr ser artífices de paz.

Amén.

 
 
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