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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en ocasión de la Eucaristía Solemne de Navidad, en la Basílica de Guadalupe.

24 de diciembre de 2009
(Misa de Gallo)

¡Alegrémonos, queridos hermanos! ¡Alegrémonos siempre porque un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado!

Este Niño, este Hijo es uno de los nuestros, es un ser humano, como nosotros sin dejar de ser Dios, pero con su encarnación la humanidad quedó honrada para siempre hasta el grado de que podemos estar seguros de que somos de estirpe y de linaje divino. Toda la Tierra ha visto al Salvador. Toda la Tierra verá la salvación, que viene de nuestro Dios dice el profeta Isaías.

Hoy nos ha nacido el Salvador, por eso esta noche es Noche Buena. Hoy nos ha nacido el Salvador, hemos cantado en el Salmo Responsorial. En efecto, mis hermanos, para esto se hizo Hombre el Hijo de Dios, para hacerse visible, para ponerse a nuestro alcance. El invisible se puso al alcance de nuestros sentir. El infinito se hizo creatura, creatura limitada y efímera. Ahí lo vemos recostado en el pesebre sobre las pajas. El Todo Poderoso se hizo pobre; el eterno entró en la historia. Todo esto lo hizo para salvarnos. Él es nuestra salvación. Precisamente, Jesús, Yeshúa significa Yahvé salva. Nosotros lo hemos visto con los ojos de la fe y hemos creído en Él.

Estamos, mis queridos hermanos y hermanas, ante un gran misterio. Un gran misterio, que rebaza toda nuestra capacidad de imaginación y de comprensión, es más rebaza todos nuestros deseos. Todos nuestros anhelos, pero viéndolo con los ojos de la fe lo experimentamos en lo más intimo de nuestro ser. Precisamente ahí donde solamente Él puede llegar. No terminamos de comprenderlo, pero Él nos invita a verle, a vivirlo, a adherirnos profundamente a Él. Y esto, mis amados hermanos y hermanas, lo anunciamos año tras año de una manera más intensa, pero no deja de estar presente en la vida de la Iglesia y en la vida de cada uno de nosotros los creyentes. Es este el misterio que brilla en todo su esplendor en esta noche santa. En la noche del mundo, es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, a todo hombre que busca y ama la verdad, defiende la justicia y construye desde el amor y desde la paz, para que pueda llegar a ser Hijo de Dios. Él es la luz que da sentido a la vida de quienes se dejan amar por este Dios de infinita misericordia. Él es quien nos hace ver las cosas, precisamente, con los ojos de Dios, por eso podemos decir que hemos visto la salvación, hemos tocado la salvación. Juan, lo dirá bellamente: les anunciamos lo que nuestras manos tocaron acerca del Verbo de la Vida, lo que nuestros ojos vieron, lo que nuestros oídos escucharon.

Mis hermanos y hermanas, toda la vida del cristiano está iluminada por la Navidad, es decir, por el acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios, su Palabra. Nuestra vida ya no tiene sentido sin Él. La historia no es la misma con Él, que sin Él. Contemplemos con humildad, con sencillez, con profunda devoción este gran misterio y acerquémonos con alegría a adorarlo. Permitamos que toda nuestra vida se transforme en un espejo que refleje la luz de este misterio de amor, que resuene en la Iglesia la alegría de la Salvación y sea un signo visible y tangible de la gran misericordia divina de manera que anuncie con su ser y con sus obras la cercanía de Dios, la cercanía del Emmanuel, del Dios con nosotros. Por eso, mis queridos hermanos, a pesar de los pesares, a pesar de la violencia, a pesar de la inseguridad, del narcotráfico, a pesar de esta globalización deshumanizante, galopante, que nos atrapa en esta cultura de muerte. Miremos la vida con esperanza, porque alguien nos ama, a pesar de nuestra fragilidad, a pesar de nuestras torpezas, a pesar de nuestras mezquindades. Alguien nos sostiene a pesar de nuestro vacío, a pesar de nuestra nada alguien nos llena, a pesar de nuestra desorientación alguien nos atrae poderosamente. Todo lo bueno empezó, porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Único, Jesucristo.

Mis amados hermanos y hermanas, me parece oportuno considerar a la luz de los relatos de hoy. Es conveniente tener presente esta forma, como Dios nos ha revelado su misterio, es decir: a través de signos muy sencillos. Una humilde y sencilla mujer de Nazaret, un pueblecito desconocido hasta entonces, unos personajes muy marginados, como son los pastores. El establo, como marco a un nacimiento acontecido en medio de las vicisitudes de un viaje para cumplir un mandato civil. Estamos hablando, mis hermanos, de que Dios se revela prácticamente en el desarrollo de una vida ordinaria.

Mis amados hermanos, Dios debe seguirse revelando a través de nuestra vida. El Señor ha sido grande con nosotros por habernos iniciado en la fe mediante el cumplimiento de sus promesas. Durante el Adviento escuchamos sus promesas de salvación y hoy las vemos cumplidas. Sin embargo, no olvidemos que en el tiempo de la Iglesia seguimos esperando que la segunda venida lleve a plenitud lo que ahora contemplamos en la fe y en la esperanza por el amor, que se ha derramado en nuestros corazones. En otras palabras, mis amados hermanos, es cierto que el Padre y su Hijo, Jesucristo, nos han dado su Espíritu que nos hacen ser hijos de Dios. Pero este misterio tiene todavía, que personalizarse, que interiorizarse y vivirse en la realidad de la historia de cada día, en la Iglesia y en los que la formamos, en la historia de cada uno de nosotros, más aún tiene que ser propuesta y anunciada a todos los hombres para que crean y se salven. Pero, siempre desde la sencillez, siempre desde la pequeñez, es en la vida sencilla de cada día donde aceptamos a Dios cercano al Emmanuel.

Mis hermanos y hermanas, muy queridos, recibamos a Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre. Veamos en este Niño Dios la mano de un Dios, que ha venido a nuestro encuentro. Pero, también veamos en este mismo Niño Dios la mano de la humanidad que se alza hasta el Padre para agradecer y para suplicar su misericordia y su amor, por eso somos hombres de esperanza, por eso somos hombres de ilusiones que soñamos, que iluminamos con esta luz de Cristo. Él es el único Mediador y punto de encuentro entre nosotros y Dios, nada ni nadie lo puede igualar, pues, es lo mejor que nos ha acontecido, mis hermanos. Pero descubrámoslo como Él quiere en los más pobres, en los más necesitados, en los que sufren, en los perseguidos, por ser justos, por ser pequeños. Más aún, mis hermanos, hagámonos sencillos y pobres, como María, como los pastores para prepararle en nuestro corazón una digna morada.

Que nuestra preciosa Niña y Celestial Señora, santa María de Guadalupe, la humilde y pobre Virgen de Nazaret sea nuestro modelo en la fe, para aceptar al Hijo de Dios en nuestra vida y podamos, como Ella llevarlo a los que lo buscan, a los que lo anhelan desde su pobreza, desde su disponibilidad interior.

Amén.

 
 
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