En este día santísimo de la
Navidad, saludo a aquellos hermanos nuestros que a través de
la radio, vía internet y la televisión se unen a nuestra acción
de gracias. Saludos a mis hermanos en el ministerio sacerdotal.
Saludo a los peregrinos, que han venido del interior del país
o más allá de nuestras fronteras, desde luego de nuestra misma
ciudad. Saludo muy especialmente al señor embajador de los Estados
Unidos de Norteamérica, México, su excelencia don Carlos Pascual.
¡Alegrémonos todos en el Señor,
porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo! Del
cielo a descendido hoy para nosotros la paz verdadera.
Mis queridos hermanos y hermanas,
hace 2000 años sucedió algo, que nunca jamás hubiéramos imaginado
y menos esperado: el ser humano. Comenzó Dios
hace 2000 años una aventura, que había tenido en su mente eterna,
que cuando llegó la plenitud de los tiempos realizó con el hombre.
Jamás antes había mostrado tanta misericordia con la creatura
humana, como cuando él que estaba junto al Padre se hizo para
siempre compañero nuestro, hermano, maestro y salvador de la
creatura humana.
Hoy después de 2009 años este
acontecimiento, que revolucionó la historia de la humanidad
sigue siendo buena noticia, sigue siendo anuncio, sigue siendo
promesa. Es Palabra que anuncia y realiza lo que anuncia. Es
la Palabra que Dios ha pronunciado en la historia, pero que
existía en Dios y era Dios. Ha sido la última y definitiva Palabra,
que Dios ha pronunciado y ha sido, también, la más efectiva.
Es la misma que pronunció, cuando al inicio del tiempo, cuando
llamó a la existencia a todo lo creado, sin dejar de ser Palabra
o Verbo, Verbo del Padre es también Palabra humana, puesto que
se asimiló a ella. Dios adoptó en Jesucristo nuestro lenguaje,
para que poniéndose a nuestro nivel pudiera comunicarnos los
misterios de su amor. Hizo suyas nuestras miserias, nuestras
limitaciones, nuestra pobrezas y carencias, para ser de todo
eso un camino, que nos conduce a la salvación.
Todo lo nuestro, mis queridos
hermanos y hermanas, se dignificó de tal modo y a tal grado
que eso, precisamente, que es parte de nuestra historia, para
asumirlo y responsabilizarnos de eso se convierte en medio insustituible,
para nuestra salvación. Es entonces, mis hermanos, muy queridos,
en la historia, en nuestra historia personal o comunitaria donde
nos encontramos con el Dios verdadero hecho Hombre. Es un diálogo
a través de la Palabra humana y divina donde nos encontramos
con nuestro Señor y Salvador, porque es un diálogo con Dios
y la creatura humana, como interlocutores. En medio de este
diálogo-encuentro está la Palabra eterna de Dios-Cristo y la
palabra humana de cada uno de nosotros. Ahí en ese diálogo están,
queridos hermanos y hermanas, nuestras actitudes, nuestros gestos,
nuestras obras, nuestros sufrimientos, pero también nuestras
alegrías, nuestros gozos y esperanzas, nuestras gratitudes y
alabanzas a la misericordia divina. Esto es lo que comenzó con
la Encarnación una nueva manera de relacionarnos con Dios entre
nosotros sus hijos y con el mundo creado por Él. Dios jamás
se calla, mis hermanos, no, es diálogo. Nosotros no podemos
dejar de proclamar su grandeza y su gran amor por nosotros.
Que esto que festejamos en la Navidad no cese de escucharse
en todo el mundo a través de nuestras celebraciones litúrgicas,
pero fundamentalmente, mis hermanos, a través de nuestro testimonio
y de nuestras actitudes de alegría, de esperanza, de sabio optimismo,
de lucha por construir la civilización del amor, la cultura
de la paz, la cultura de la justicia, la cultura de la solidaridad,
de la reconciliación que no tienen otro fundamento, que las
promesas de un Dios fiel y clemente.
Que nuestras eucaristías nos
ayuden cada día más a mantener ese diálogo entre nosotros y
con el Dios con nosotros el Emmanuel. Que no dejemos de maravillarnos
por las grandezas de nuestro Dios. Que no dejemos de escuchar
con sumo interés, con amor lo que a lo largo de nuestra historia
nos va diciendo o enseñando.
Mis amados hermanos, nuestra
Muchachita y Niña preciosa, Santa María de Guadalupe, permanentemente
está aquí con nosotros diciendo: hagan lo que mi Hijo les
pida, hagan lo que mi Hijo les diga. Que una vez que escuchemos
en la docilidad pasemos a la obediencia de la fe, para que seamos
creíbles cuando lo anunciemos al mundo. Esta es la única y verdadera
forma de dar gloria a Dios y de anunciar la paz a todos aquellos
que ama el Señor.
Mis queridos hermanos y hermanas,
¿qué testimonio espera de nosotros el mundo de hoy? ¿qué testimonio
esperan de nosotros los que nos rodean? ¿qué actitudes de alegría,
de esperanza, de sabio optimismo, aún en medio de las crisis:
moral, económica, social, familiar, que sé yo? ¿qué esperan
de nosotros los que nos rodean? El mensaje de la Navidad es
claro, el orgullo, la prepotencia, la vanidad, el dominio económico
o militar y cualquier tipo de egoísmo sólo nos lleva a la destrucción.
La drogadicción, el alcoholismo, el narcotráfico, los secuestros,
el terrorismo sólo nos lleva a la destrucción. Mis hermanos,
este no tiene que ser el camino de nuestro mundo, este no tiene
que ser el camino de nuestro México, el camino de nuestra América,
sólo ese Niño recostado en el pesebre, que hoy contemplamos
lleva el estandarte de la paz, su mensaje el liberador. Él aleja
la miseria de nosotros, Él aleja la miseria, el rencor y la
división, Él es el amor. El amor humanado, el amor encarnado,
el amor que sonríe sobre pesebre en los brazos de María su Madre.
Hoy de nuevo nace el amor,
hoy de nuevo nace la esperanza de la humanidad, la justicia,
la verdad. Él ha venido porque nos ama y sólo un corazón que
ama puede encontrar a Jesús, sólo un corazón que ama puede vibrar
y cantar con los ángeles gloria a Dios en el cielo y en la
tierra paz a los hombres que ama. Seguro que tenemos que
cambiar nuestro esquema, mis hermanos, urge cambiar nuestro
esquema. Jesús nos dice con su presencia, con su sencillez,
con su pobreza y con su amor, que es urgente cambiar nuestros
esquemas. ¿Cuáles son las semillas que debemos plantar en nuestro
corazón? Fijémonos en las personas a las que se ha manifestado,
¿qué cualidades tenían? Los pastores eran gentes muy sencillas,
ellos tenían el corazón preparado para recibir al Niño, para
creer en el Niño, para amar al Niño y nosotros ¿cómo? ¿tenemos
nuestro corazón preparado? Aún estamos a tiempo para unirnos
a los pastores, aún ahora podemos transformarnos y sentir el
calor del aliento del Niño Jesús. Miremos su carita rosada,
fijémonos en su rostro, dejémonos estremecer por su dulce presencia,
por su inmenso amor. Él es la vida, Él es el Señor de la vida,
el arraigadísimo Dios por quien se vive, Él es nuestra esperanza,
Él es nuestra salvación. Adorémosle con afecto acerquémonos
al Niño, que esta recostado sobre pajas en el pesebre. No tengamos
miedo de insinuarnos al vestido, que no nos angustie la oscuridad
del establo, la pobreza que está chorreando. Vayamos a Belén,
vayamos jubilosos, vayamos contentos y con el corazón limpio,
vayamos ilusionados. Tengamos ganas de ver a Jesús, llevémosle
una ofrenda ¿y qué ofrenda hará feliz al Niño? Él quiere nuestro
corazón, Él quiere nuestro corazón lleno de amor, nuestro corazón
capaz de amar, de perdonar, de ayudar y de ahuyentar y aniquilar
el amor propio, el orgullo, la soberbia, la vanidad.
Vayamos, pues, con el vestido
adecuado, con el vestido del amor y digámosle con voz firme
Tú eres Jesús la luz del mundo, Tú eres el portador de la
paz, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres nuestro Salvador, Tú eres
nuestra esperanza, yo creo en Ti, Jesús. Tu rostro, tu nacimiento,
este pesebre, que te ha escogido José dan sentido a mi vida.
Tu mirada ilumina mi corazón, tu presencia es el amor.
Mis amados hermanos y hermanas,
dejémonos transformar por Jesús en esta Navidad 2009, que tengamos
todas unas felices fiestas de Navidad.
Amén.