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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en ocasión de la Eucaristía Solemne de Navidad, en la Basílica de Guadalupe.

25 de diciembre de 2009

En este día santísimo de la Navidad, saludo a aquellos hermanos nuestros que a través de la radio, vía internet y la televisión se unen a nuestra acción de gracias. Saludos a mis hermanos en el ministerio sacerdotal. Saludo a los peregrinos, que han venido del interior del país o más allá de nuestras fronteras, desde luego de nuestra misma ciudad. Saludo muy especialmente al señor embajador de los Estados Unidos de Norteamérica, México, su excelencia don Carlos Pascual.

¡Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo! Del cielo a descendido hoy para nosotros la paz verdadera.

Mis queridos hermanos y hermanas, hace 2000 años sucedió algo, que nunca jamás hubiéramos imaginado y menos esperado: el ser humano. Comenzó Dios hace 2000 años una aventura, que había tenido en su mente eterna, que cuando llegó la plenitud de los tiempos realizó con el hombre. Jamás antes había mostrado tanta misericordia con la creatura humana, como cuando él que estaba junto al Padre se hizo para siempre compañero nuestro, hermano, maestro y salvador de la creatura humana.

Hoy después de 2009 años este acontecimiento, que revolucionó la historia de la humanidad sigue siendo buena noticia, sigue siendo anuncio, sigue siendo promesa. Es Palabra que anuncia y realiza lo que anuncia. Es la Palabra que Dios ha pronunciado en la historia, pero que existía en Dios y era Dios. Ha sido la última y definitiva Palabra, que Dios ha pronunciado y ha sido, también, la más efectiva. Es la misma que pronunció, cuando al inicio del tiempo, cuando llamó a la existencia a todo lo creado, sin dejar de ser Palabra o Verbo, Verbo del Padre es también Palabra humana, puesto que se asimiló a ella. Dios adoptó en Jesucristo nuestro lenguaje, para que poniéndose a nuestro nivel pudiera comunicarnos los misterios de su amor. Hizo suyas nuestras miserias, nuestras limitaciones, nuestra pobrezas y carencias, para ser de todo eso un camino, que nos conduce a la salvación.

Todo lo nuestro, mis queridos hermanos y hermanas, se dignificó de tal modo y a tal grado que eso, precisamente, que es parte de nuestra historia, para asumirlo y responsabilizarnos de eso se convierte en medio insustituible, para nuestra salvación. Es entonces, mis hermanos, muy queridos, en la historia, en nuestra historia personal o comunitaria donde nos encontramos con el Dios verdadero hecho Hombre. Es un diálogo a través de la Palabra humana y divina donde nos encontramos con nuestro Señor y Salvador, porque es un diálogo con Dios y la creatura humana, como interlocutores. En medio de este diálogo-encuentro está la Palabra eterna de Dios-Cristo y la palabra humana de cada uno de nosotros. Ahí en ese diálogo están, queridos hermanos y hermanas, nuestras actitudes, nuestros gestos, nuestras obras, nuestros sufrimientos, pero también nuestras alegrías, nuestros gozos y esperanzas, nuestras gratitudes y alabanzas a la misericordia divina. Esto es lo que comenzó con la Encarnación una nueva manera de relacionarnos con Dios entre nosotros sus hijos y con el mundo creado por Él. Dios jamás se calla, mis hermanos, no, es diálogo. Nosotros no podemos dejar de proclamar su grandeza y su gran amor por nosotros. Que esto que festejamos en la Navidad no cese de escucharse en todo el mundo a través de nuestras celebraciones litúrgicas, pero fundamentalmente, mis hermanos, a través de nuestro testimonio y de nuestras actitudes de alegría, de esperanza, de sabio optimismo, de lucha por construir la civilización del amor, la cultura de la paz, la cultura de la justicia, la cultura de la solidaridad, de la reconciliación que no tienen otro fundamento, que las promesas de un Dios fiel y clemente.

Que nuestras eucaristías nos ayuden cada día más a mantener ese diálogo entre nosotros y con el Dios con nosotros el Emmanuel. Que no dejemos de maravillarnos por las grandezas de nuestro Dios. Que no dejemos de escuchar con sumo interés, con amor lo que a lo largo de nuestra historia nos va diciendo o enseñando.

Mis amados hermanos, nuestra Muchachita y Niña preciosa, Santa María de Guadalupe, permanentemente está aquí con nosotros diciendo: hagan lo que mi Hijo les pida, hagan lo que mi Hijo les diga. Que una vez que escuchemos en la docilidad pasemos a la obediencia de la fe, para que seamos creíbles cuando lo anunciemos al mundo. Esta es la única y verdadera forma de dar gloria a Dios y de anunciar la paz a todos aquellos que ama el Señor.

Mis queridos hermanos y hermanas, ¿qué testimonio espera de nosotros el mundo de hoy? ¿qué testimonio esperan de nosotros los que nos rodean? ¿qué actitudes de alegría, de esperanza, de sabio optimismo, aún en medio de las crisis: moral, económica, social, familiar, que sé yo? ¿qué esperan de nosotros los que nos rodean? El mensaje de la Navidad es claro, el orgullo, la prepotencia, la vanidad, el dominio económico o militar y cualquier tipo de egoísmo sólo nos lleva a la destrucción. La drogadicción, el alcoholismo, el narcotráfico, los secuestros, el terrorismo sólo nos lleva a la destrucción. Mis hermanos, este no tiene que ser el camino de nuestro mundo, este no tiene que ser el camino de nuestro México, el camino de nuestra América, sólo ese Niño recostado en el pesebre, que hoy contemplamos lleva el estandarte de la paz, su mensaje el liberador. Él aleja la miseria de nosotros, Él aleja la miseria, el rencor y la división, Él es el amor. El amor humanado, el amor encarnado, el amor que sonríe sobre pesebre en los brazos de María su Madre.

Hoy de nuevo nace el amor, hoy de nuevo nace la esperanza de la humanidad, la justicia, la verdad. Él ha venido porque nos ama y sólo un corazón que ama puede encontrar a Jesús, sólo un corazón que ama puede vibrar y cantar con los ángeles gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama. Seguro que tenemos que cambiar nuestro esquema, mis hermanos, urge cambiar nuestro esquema. Jesús nos dice con su presencia, con su sencillez, con su pobreza y con su amor, que es urgente cambiar nuestros esquemas. ¿Cuáles son las semillas que debemos plantar en nuestro corazón? Fijémonos en las personas a las que se ha manifestado, ¿qué cualidades tenían? Los pastores eran gentes muy sencillas, ellos tenían el corazón preparado para recibir al Niño, para creer en el Niño, para amar al Niño y nosotros ¿cómo? ¿tenemos nuestro corazón preparado? Aún estamos a tiempo para unirnos a los pastores, aún ahora podemos transformarnos y sentir el calor del aliento del Niño Jesús. Miremos su carita rosada, fijémonos en su rostro, dejémonos estremecer por su dulce presencia, por su inmenso amor. Él es la vida, Él es el Señor de la vida, el arraigadísimo Dios por quien se vive, Él es nuestra esperanza, Él es nuestra salvación. Adorémosle con afecto acerquémonos al Niño, que esta recostado sobre pajas en el pesebre. No tengamos miedo de insinuarnos al vestido, que no nos angustie la oscuridad del establo, la pobreza que está chorreando. Vayamos a Belén, vayamos jubilosos, vayamos contentos y con el corazón limpio, vayamos ilusionados. Tengamos ganas de ver a Jesús, llevémosle una ofrenda ¿y qué ofrenda hará feliz al Niño? Él quiere nuestro corazón, Él quiere nuestro corazón lleno de amor, nuestro corazón capaz de amar, de perdonar, de ayudar y de ahuyentar y aniquilar el amor propio, el orgullo, la soberbia, la vanidad.

Vayamos, pues, con el vestido adecuado, con el vestido del amor y digámosle con voz firme Tú eres Jesús la luz del mundo, Tú eres el portador de la paz, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres nuestro Salvador, Tú eres nuestra esperanza, yo creo en Ti, Jesús. Tu rostro, tu nacimiento, este pesebre, que te ha escogido José dan sentido a mi vida. Tu mirada ilumina mi corazón, tu presencia es el amor.

Mis amados hermanos y hermanas, dejémonos transformar por Jesús en esta Navidad 2009, que tengamos todas unas felices fiestas de Navidad.

Amén.

 
 
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