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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en el II Domingo Adviento, en la Basílica de Guadalupe.

6 de diciembre de 2009
Año Sacerdotal

REVISTÁMONOS DE LA GLORIA DE DIOS

Mis queridos hermanos y hermanas, no podemos dejar de insistir en la actitud de agradecidos con la que conviene que nos presentemos constantemente ante Dios, nuestro Padre de misericordia, que no cesa de manifestarnos cuánto nos ama en la persona de su Hijo Jesucristo. EL ADVIENTO, mis amados hermanos y hermanas, es TIEMPO DE RECORDAR Y DE ANUNCIAR, tiempo que, como dice el papa Benedicto XVI, “designa justamente la conexión entre memoria y esperanza que el hombre necesita” (El resplandor de Dios en nuestro tiempo, 21. Herder, 2008), nos trae al presente, a través de la Palabra proclamada en la Liturgia, todas las acciones que Dios, en su fidelidad, realizó y prometió a favor de su pueblo elegido y que ahora nuestra fe cristiana nos hace entender que tuvieron cumplimiento pleno con la llegada de su Hijo, Jesucristo, en nuestra carne mortal. Esa es nuestra historia de fe: UNA CADENA DE PROMESAS Y CUMPLIMIENTOS que nos hacen vivir en la esperanza los momentos presentes. Nunca, mis queridos hermanos y hermanas, podremos agradecer suficientemente a nuestro Dios, en esta vida, tan grande gracia a favor nuestro. ¡Bendito y alabado sea Él!

Baruch, a quien escuchamos en la primera lectura, es un personaje que se identifica como secretario del profeta Jeremías y en cuyo nombre se escribieron después varios textos de los últimos siglos del antiguo pueblo de Israel. Retomando algunos oráculos de Isaías y con el estilo de Jeremías, se trata de animar al pueblo a perseverar en la fidelidad a la Alianza, a pesar de circunstancias bastante severas por las que pasaba bajo la tiranía de los helenistas. Los autores de esos textos exhortaban muy cálidamente a la observancia práctica de la ley, pues, hacen ver que, precisamente por la falta de observancia, sus antepasados fueron castigados y ellos resienten aún los efectos.

Sin embargo, mis amados hermanos y hermanas, en la parte que acabamos de  escuchar, en lugar de las denuncias de pecados del pueblo, TENEMOS PALABRAS DE ALIENTO a fin de que vuelvan a poseer la tierra de la que fueron despojados. Este regreso, dice el libro Sagrado, es obra exclusiva de Dios que está SIEMPRE PRESENTE EN MEDIO DE SU PUEBLO Y LE DA SU PAZ. En lugar de Jerusalén, y a la luz de una visión cristiana, podemos nosotros entender hoy que es la Iglesia, Nuevo Pueblo de Dios, el lugar o ambiente donde se da el encuentro del pueblo con su Dios.

Miren, mis amados hermanos, en san Pablo, en su carta a los Filipenses, quien nos anima a vivir continuamente en acción de gracias, pues ellos han sabido sufrir con amor las persecuciones por causa del Evangelio. Esto es originalmente OBRA DE DIOS que, en realidad, no se da sin la cooperación humana. Por eso Pablo pide a Dios que los asista con el don precioso de la caridad, que ellos han de experimentar con un adecuado y profundo conocimiento de Dios y una capacidad de discernimiento tal que los lleva a escoger siempre lo mejor a fin de alcanzar la madurez que los haga producir los frutos de la santidad, los frutos de la justicia.

Por su parte, el evangelista san Lucas, insertándonos en la historia humana, nos invita a la conversión mediante la predicación de Juan el Bautista. Este profeta cumple un encargo de Dios: anunciar al Mesías y preparar su venida mediante la conversión, es decir, la penitencia para el perdón de los pecados. Como nos lo hacen ver maravillosamente los otros dos textos sagrados: la salvación es don de la misericordia de Dios, lo escuchamos en la primera lectura, pero no se hace realidad sin la cooperación humana, como Pablo, mis hermanos, lo dice claramente en esa Carta a los Filipenses. Más aún, la recepción del don exige una disposición. Es necesario estar abiertos a lo que Dios quiera realizar en nosotros. Y es aquí, mis queridos hermanos, donde el Adviento nos puede parecer demasiado exigente. Siempre nos resulta más agradable que nos ‘endulcen el oído’ cuando nos hablan de lo bien que nos comportamos o lo brillante de nuestras formas de pensar. Pero no es lo mismo cuando alguien nos quiere hacer ver que nos estamos extraviando y, todavía menos, agrada nos indiquen por donde tendríamos que caminar.

No nos agrada mucho el cambio, preferimos vivir acantonados, acomodados, instalados, mis hermanos, el Espíritu Santo nos lleva a caminar, a cambiar constantemente y no nos agrada mucho el cambio; de ninguna manera nos gusta que nos incomoden cuando nos dicen que para ser felices vamos por un camino equivocado. Miren, Juan y Jesús tuvieron que exigir conversión, es decir, cambio en las formas de pretender la felicidad, tan ajenas al proyecto de Dios. Pero esos que llaman a la conversión en nombre de Dios no son simpáticos y se hacen merecedores del rechazo de algo peor. Por eso, miren, el Bautista y Jesús fueron rechazados y sentenciados a muerte.

Pero si deseamos la salvación, entendida como felicidad plena, porque Dios nos creo para eso, hermanos, para vivir plenamente, para ser felices, pero tenemos que ir trabajando esa felicidad, ya lo señale antes, en la obediencia de la voluntad de Dios, en el servicio generoso a los demás. Miren, si deseamos la salvación entendida, como felicidad plena, no podemos ignorar la necesidad de conversión, es de decir de penitencia.

Y aquí conviene aclarar, y permítanme hacerlo: no es necesario entender la penitencia como una tortura o una serie de momentos incómodos al grado del sufrimiento. No, mis hermanos, es lo que se busca inmediatamente. LA PENITENCIA TIENE SENTIDO: el que le da la consecución de LA SALVACIÓN QUE DIOS NOS OFRECE. Esa es su finalidad y eso es lo que queremos, no el sufrimiento por sí mismo, como si fuera por sí mismo un valor, no, de ninguna manera. SIGNIFICA ESTAR DISPUESTOS Y ABIERTOS PARA RECIBIR LA SALVACIÓN como un don que sólo exige de nuestra parte, digámoslo así, el mínimo esfuerzo de estirar la mano para recibirlo, esto es todo, mis hermanos. Y si esto trae consigo algo de sufrimiento, lo aceptamos, entonces con alegría, por el bien que anhelamos.

Además, nosotros tenemos las alentadoras palabras de nuestra preciosa Niña y Celestial Señora, la Morenita del Tepeyac: “Que nada te espante, que nada te preocupe, ¿no estoy yo aquí que tengo el honor de ser TU MADRE? Mira que estoy contigo, camino a tu lado para escuchar tus quejas, penas y lamentos, para curar todos tus males” es como si nos dijera el mismo Jesús: “¡Ánimo! ¡Ánimo! Yo estoy contigo, toma tu cruz y sígueme… Si estás cansado y agobiado ven que te ayudaré, mi yugo es suave y mi carga ligera”

Mis amados hermanos y hermanas, en la Sagrada Escritura tenemos fuerza para caminar luz en nuestro sendero y en la Sagrada Eucaristía de cada domingo expresamos permanentemente esta disposición: QUE LO TORCIDO QUE HAY EN CADA UNO SE ENDERECE, aquí está el compromiso pensemos, que hay torcido en mi vida, que anda chueco, que tenga que enderezar. No nos vayamos de la casita de la Madre, sin decirle: Señora me pides que enderece mis pasos, que lo torcido que hay en cada uno de nosotros se enderece, que lo escabroso se iguale, que bajemos las grandes montañas de orgullo de soberbia, de mentira, de corrupción, de vanidad, de injusticia, que salgamos de nuestros hoyancos, de la depresión, del miedo, de la angustia, de la tristeza. Crisis, sí, económica, política, social, moral, familiar, que se yo, religiosas. Que nada te espante, que nada te preocupe. ¿no estoy Yo aquí que tengo el honor de ser tu Madre? Vengan a Mí los que estén cansados y agobiados, que Yo los aliviaré.

Amados hermanos, en esto se funda la esperanza de que ahora ya podemos vivir un mundo diferente, como preludio, de la felicidad, que nos traerá definitivamente el Señor cuando venga. Que Él renazca en nuestros corazones esta Navidad.

Que María Señora de la esperanza, nuestra Muchachita y Madrecita Tonantzin Guadalupe, figura y modelo del Adviento, nos acompañe en este empeño por abrirnos, como Ella, a la gracia divina.

Amén.

 
 
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