Mi buen hermano, mi amigo,
Monseñor Diego Monroy, Rector de esta casita de nuestra Madre. Queridos
sacerdotes, diáconos, religiosas, hermanos y hermanas. ¡Qué hermoso
es poder encontrarnos en la casa, común! ¡Qué hermoso para todos nosotros,
miembros de esta Iglesia católica que peregrina por el mundo el poder
venir hoy como peregrinos! Como, bien, me presentaba, mi buen hermano
y amigo Monseñor Diego, soy el Arzobispo de la Arquidiócesis de Managua,
en Nicaragua. He tenido la dicha de poder realizar mis estudios de
teología en esta sede arzobispal, en este seminario tan querido, el
Seminario Conciliar. Digo: una dicha, porque el Señor que me llamó,
me trajo a este lugar para estar cerca de nuestra Madre.
Hoy al igual que todos ustedes
he querido venir a los pies de nuestra Señora como peregrino, como
un peregrino más, para también sentir ese palpitar de su corazón de
Madre; para sentir esa fortaleza y también para sentir, como Ella
lo sintió, aquí muy cerca de esta Basílica que tenemos que dar a conocer
a su Hijo. Ella, la llena de gracia, es la Mujer humilde y sencilla,
que nos enseña a todos nosotros a cumplir la voluntad; a ser los verdaderos
servidores de los hermanos: “He aquí la esclava del Señor”.
Quisiera confesarles públicamente
a todos ustedes. El texto que hoy se ha proclamado, uno de los textos
tan hermosos, que de manera personal siempre me llenan. El sentirnos
llamados por el Señor. El sentirnos acogidos por Él sin merecerlo
y María nos da ese ejemplo, que podamos al recibir este llamado, verdaderamente
sentirnos los servidores del Señor. Pero en ese complemento de ese
servicio, que no lo vamos hacer, como nosotros queramos, sino desde
el Espíritu mismo de Dios: “He aquí la esclava, he aquí la servidora
del Señor. Hágase en mí según tu Palabra”.
Sí, mis buenos hermanos y hermanas,
hoy que dicha para todos nosotros poder haber sido convocados por
el Señor, para escuchar también a la Madre y desde este lugar santo
de esta Basílica, dedica a su nombre, podamos al igual que Ella, como
nos dice el Evangelio: salir presurosos. Ya el Papa Juan Pablo
II, como también hoy nuestro querido Pontífice el Papa Benedicto nos
ha señalado a María, como ese prototipo de discípulo, de ser hombres
y mujeres de escucha. María guardaba tantas cosas que veía en su Hijo,
para meditarlas en su corazón. El discípulo al igual que Ella estamos
llamados a escuchar al Señor. Habrá muchas cosas, que quizás no las
comprendemos, pero que hermoso, al igual que Ella, dejarnos conducir
por el Espíritu que nos lleva al cocimiento de la verdad. En el silencio
de María, en ese silencio, en esa intimidad se descubre la voluntad
del Señor. El discípulo al igual que María, es la persona de la escucha,
que se enamora cada vez más y más del Señor. María contemplando en
el pesebre a su niño lo admiraba y lo amó intensamente. Hoy nosotros,
también, ya nos preparamos en unos días, para celebrar ese misterio.
¡Qué dichosos nosotros, mis
buenos hermanos y hermanas, poder reunirnos hoy ya en las vísperas!
Y aprender de María mirando al Señor en su niñez, mirándole a los
ojos, poder descubrir su amor, para con nosotros y enamorarnos cada
día más misioneros. Ella el modelo de ser misionero. Este acontecimiento
de Aparecida nos está invitando a todos nosotros, a enamorarnos grandemente
y diríamos locamente del Señor, para también salir presurosos, como
Ella a llevar gozo, a llevar alegría. Esta Iglesia que peregrina en
América Latina, también, quiso reunirse a los pies de María, como
lo hicimos aquí, también, cuando se celebró la Conferencia de Puebla.
Nos trasladó el Señor a Aparecida y a los pies de Virgen, como cuando
aquella Iglesia naciente esperaba el Espíritu y una nueva misión surge,
como surgió, cuando los obispo de América Latina se reunieron en Puebla
y junto al Papa, también aquí recibieron la gran misión de la evangelización,
de la Nueva Evangelización. Hoy con María llamados a ser discípulos
y misioneros.
Siento, mis buenos hermanos
y hermanas, que hemos sido convocados por el Señor, era su costumbre,
llamó a los que quiso para estar con Él. Hoy todos nosotros, comenzando
con mi persona, hemos sido llamados a este lugar santo, para estar
con Él y para estar con nuestra Madre. El estar hoy aquí nos compromete
aún más, ninguno de los que estamos aquí podemos regresar igual de
cuando venimos, no. Hoy nuestro corazón se llena de gozo al estar
tan cerquita de la Madre y ese gozo, y esa alegría, no podemos guardarlo
de manera egoísta. Regresar a mi casa y quedarme cayado sería muy
triste. Creo que hoy todos nosotros, los miles y miles de católicos
que estamos aquí hoy tenemos que salir, como la Virgen: presurosos,
regresar con gozo y alegría a nuestros hogares, a nuestros países.
Y comenzar a gritarle aquella persona que encontremos: he estado
con la Madre, he estado con la Madrecita, he estado con la Virgencita
de Guadalupe.
Nuestro compromiso de hoy:
ser portadores de esa alegría, y no hay duda que María quiere
eso. Cuando vivimos en un mundo en tensiones, en conflicto, en confrontaciones
nosotros bajo la sombra de María e iluminados con Ella tenemos que
ser ese signo de gozo, de alegría, como Ella que llevó alegría a aquella
familia: de dónde que venga a mí la Madre de mi Señor, y el
niño saltó de gozo y alegría. Yo estoy cien por ciento seguro que
con el anuncio, con la alegría que demos nosotros a eses hogares,
amigos y familiares, también, se van a contagiar. Por eso hoy todos
nosotros demos gracias a nuestro Buen Dios. Que la grandeza de su
amor y de su misericordia a querido congregarnos aquí alrededor del
altar, bajo la sombra de María.
Que Ella bendiga a esta Patria,
que le ama tanto: México. Bendiga todos nuestros países, que peregrinan
en este Continente de América Latina y el Caribe, y que todos podamos
al igual que Ella ser siempre fieles a su Hijo. Enamorarnos locamente
de Él y transmitir esa alegría a todos nuestros hermanos.