Mis amados hermanos y hermanas, no dejamos de
alabar en esta santa Cuaresma a Dios, nuestro Padre, por la gran
ternura que tiene para con nosotros, sus hijos. Su misericordia
no tiene límites y las expresiones de su amor no dejan de manifestarse
entre nosotros, pues, éste se hace más notable en la medida en que
—según el propósito de la Cuaresma— reconocemos nuestro pecado y
contemplamos su misericordia en el rostro de su Hijo amado Jesucristo.
Al meditar en la Palabra que se nos regala en
los textos de la sagrada Liturgia de este domingo, cuarto de Cuaresma,
comprobamos hoy, una vez más, mis queridos hermanos y hermanas,
esa ternura de Dios que su Hijo nos ha revelado.
Las palabras que hemos escuchado del libro
de Josué nos llevan a considerar el sentido profundo de la posesión
de la tierra prometida por parte de Israel. En efecto, el ingreso
a la tierra de Caná pone fin a la etapa grandiosa del éxodo y con
él tiene cumplimiento una promesa de Dios a Abraham: el don de
la tierra. Notemos, mis hermanos, que el paso de la esclavitud
en Egipto a la libertad, por la adquisición de la tierra, está marcado
por la primera celebración de la Pascua en la tierra prometida ya
adquirida.
Durante el camino del éxodo los israelitas se
alimentaban del maná, un alimento provisional por el cual Dios sostenía
y mostraba su fidelidad. Cuando llegan a alcanzar lo que contenía
la promesa, pudieron alimentarse de los productos de la tierra entre
los cuales estaba el pan sin levadura fermentada y el trigo tostado.
Este alimento era símbolo de una nueva manera de ser y de vivir:
dejar de ser nómadas y se hicieron un pueblo estable y sedentario.
Es decir, comenzaron a disfrutar de lo que se les había prometido.
Como los israelitas, también nosotros nuevo
pueblo de Dios, pero a la luz del misterio redentor de Cristo, podemos
hoy celebrar la Pascua, como la fiesta de nuestra libertad alimentándonos
también de un alimento provisional, pero tan necesario como sagrado,
como es la santa Eucaristía. Y como ellos, también nosotros, cuando
alcancemos lo que Cristo nos promete, y recorriendo el camino que
Cristo mismo ha venido a inaugurar, el alimento sagrado que se nos
da en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, que se nos da como
viático, es decir: como alimento para este camino, una vez obtenido
lo que Él significa y produce hoy —que es la vida eterna— ya no
será necesario. Pero mientras llega ese día, hemos de apreciar y
valorar, mis queridos hermanos y hermanas, la riqueza de caminar
bajo la cercanía y la mirada de un Dios que se ha compadecido de
nosotros y nos acoge en su casa como a hijos muy amados.
Por su parte, san Lucas, en su Evangelio nos
ofrece una de las páginas más bellas y sublimes del mensaje que
ilustra el misterio de Dios como Padre rico en misericordia y lleno
de ternura para con nosotros. Podemos, mis hermanos, pulsar las
cuerdas del corazón misericordioso de Dios en estas bellas parábolas.
La parábola que Jesús compuso para ilustrar ese misterio de amor
es de tanta riqueza que valdría bien la pena volverla a repasar
despacito en casa y dejarnos cuestionar por las actitudes que muestran
los tres personajes de la narración: el hijo menor, el hijo mayor,
que son nuestro espejo, pero sobre todo, mis hermanos, el padre
lleno de ternura, el padre lleno de amor, el padre lleno de misericordia.
Por lo pronto, quiero, mis hermanos, detenerme en algunos aspectos
que nos puedan ayudar a saborear, a gustar esta Palabra que Dios
nos regala hoy en las enseñanzas de su Hijo.
Viendo el contenido del capítulo quince del
Evangelio de san Lucas, tenemos tres parábolas de Jesús con una
enseñanza común acerca de lo que podríamos llamar “lo perdido
y encontrado”. En efecto, junto con la del hijo perdido por
el padre amoroso, tenemos la de la moneda y la de la oveja perdida
y encontradas. Pero al introducir la enseñanza de Jesús mediante
parábolas, san Lucas nos informa que los escribas y los fariseos,
que eran enemigos acérrimos de Jesús, lo criticaban por que convivía
y comía con pecadores. No hay definición más preciosa de Jesús,
que esta que nos da Lucas al comienzo de su Evangelio: comía, convivía
con pecadores. Dicen los comentaristas de este Evangelio que es
muy probable que el propósito inmediato de Lucas haya sido dejar
bien claro, en su comunidad cristiana incipiente, que los judíos
convertidos al cristianismo —representados por el hermano mayor—
deben abrir su mente y su corazón para dejar que los paganos —es
decir los que no eran judíos y representados por el menor— sean
acogidos en la nueva fe con los mismos derechos de los hijos del
único Dios.
Dios y Padre de amor y de ternura quiere que
todos sus hijos se salven y ha venido a buscarnos a través de su
Hijo amado Jesucristo. Nosotros los que estamos en su casa no podemos
engreírnos y creernos lo únicos herederos de su Reino. Antes al
contrario, mis amados hermanos y hermanas, experimentando, apreciando
y valorando lo que Él nos da, hemos de tender a difundir la riqueza
de la fe y el amor con que somos tratados para que muchos otros
lo conozcan par que, a su vez, experimentado su ternura, quieran
conocerlo, amarlo y seguirlo. La riqueza del Palabra de Dios es
inmensa, no se agota. Hay para todos. No seamos, queridos hermanos,
como el hijo mayor que, a pesar de estar en casa, no se aprovecha
de la abundancia y la riqueza del padre. En su casa, es decir, en
la Iglesia, hay de todo y para todos los que quieran estar sanos,
fuertes y felices. Dios, rico en misericordia, no nos escatima nada,
absolutamente nada. Nos ha entregado a su Hijo hasta derramar la
última gota de su sangre. Deberíamos considerarnos permanentemente
en fiesta, mis hermanos.
Por eso tampoco tiene sentido que, como el hermano
menor, abandonemos el hogar para ir a pasar penurias, carencias
y necesidades de toda clase. Este hijo menor tuvo el valor y la
humildad necesaria para reconocer que había dejado todo a cambio
de nada, y esa es nuestra historia frecuente, mis hermanos. Y en
su corazón creció la esperanza de ser acogido por el amor de un
Padre que lo esperaba; conocía mejor que el mayor a su Padre y confiaba
en su misericordia y en su ternura; presentía ya el perdón del padre.
Mientras que el mayor, tan apegado a la casa, en el momento del
regreso de su hermano, no revela más que amargura, aburrimiento
y frustración, desprecio: ¡ese hijo tuyo! ni siquiera se atreve
a decir el nombre.
Mis hermanos, ¿cuántas veces tenemos nosotros
ese mismo dedo inquisidor: esos, aquellos? Mis hermanos, no excluyamos
a nadie, menos sabiendo y conociendo por experiencia propia ¡qué
grande es nuestro Padre Dios! ¡qué gran corazón tiene lleno de bondad,
de misericordia, siempre acogedor! Y cómo experimentamos ese abrazo
de Dios en el rostro dulce y sereno de nuestra Morenita del Tepeyac,
Santa María de Guadalupe. Ella es el trasunto del amor mismo de
Dios.
Miren, mis hermanos, cuando clasificamos a los
demás y lo señalamos como pecadores, con frecuencia ¿no estaremos
manifestando más que nada cierta envidia?
Pidamos a nuestra Muchachita y Celestial Señora
y Madre de misericordia, la Virgencita de Guadalupe que, mediante
la práctica del amor fraterno, nos haga, con su intercesión, cada
vez más dignos de un Padre como el que decimos conocer.
Amén.