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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el XIX Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.
8 de agosto de 2010

LA FE ES LA FORMA DE POSEER YA LO QUE SE ESPERA

Mis amados hermanos y hermanas, nuestras celebraciones son siempre celebración de la fe y una oportunidad de crecer en ella. Es bueno ser conscientes de esto de vez en cuando al centrar nuestra atención en ese don de Dios que junto con el amor y la esperanza nos identifican como cristianos.

Y como en toda acción litúrgica, la Palabra se hace presente para ilustrarnos con su sabiduría. Por eso acogemos precisamente con la meditación de la Palabra de Dios, a partir de la Escritura, el alimento insustituible que nos lleva a profundizar en la fe que expresamos en las celebraciones y mueve nuestra vida cotidiana. Este domingo la Palabra, es decir Jesús mismo, termina de instruirnos en el tema del domingo pasado: el desapego a los bienes materiales confiando plenamente en Dios y cuidarnos de la codicia, siempre como expresión de la fe, la esperanza y de la caridad.

De hecho, mis amados hermanos y hermanas, en la primera parte del texto evangélico de hoy, Jesús continúa sobre este asunto, pero el texto litúrgico ha saltado unas palabras suyas que son muy iluminadoras y que vale la pena escuchar: No anden buscando qué comer o qué beber; no se angustien. Todo eso son cosas que busca la gente del mundo. En cuanto a ustedes el Padre sabe que las necesitan (v. 29-30) y concluye dándonos, en una frase, la clave de comprensión de su mensaje sobre este asunto tan delicado como controvertido y difícil de asimilar y asumir. Y dice, entonces: Basta que busquen su Reino y lo demás lo recibirán por añadidura (v.31).

Miren, mis amados hermanos y hermanas, del trozo evangélico de hoy, en la primera parte, los invito a que no dejemos pasar lo que significa la afirmación que hace Jesús a la manera de un sabio que enseña con sentencias o proverbios: Porque donde está el tesoro de ustedes, allí también estará su corazón (v,34). Esta frase, a manera de conclusión, es una forma de resumir su enseñanza en lo que toca a nuestra actitud ante los bienes materiales, pues, precisamente lo que Jesús nos pide es que tengamos, por un lado, un total desapego a los bienes materiales que son efímeros, que son relativos, mientras que pongamos toda nuestra atención e interés en buscar lo que realmente vale para Dios y para nuestro bien. Es necesario, mis hermanos, llenar el corazón y la mente de los valores del evangelio y dejemos a un lado la falsa seguridad que da el poseer.

Por lo que toca a la segunda parte del evangelio de hoy, tenemos que caer en la cuenta de que, en realidad, Jesús no cambia de tema, sino que ahora su enseñanza es para hacernos entender que lo que nos ha pedido no puede llevarnos a pensar que nos está induciendo a una total e irresponsable despreocupación. Más bien al contrario, nos indica ahora que eso que nos exige, para ser verdaderos discípulos, debe mantenerse toda la vida en una actitud de vigilancia y perseverancia. Su enseñanza no puede entenderse como autorización a tener una actitud espiritualista o providencialista de quien se desentiende de todo compromiso por la justicia unida de cara a una fraternidad auténtica.

De ninguna manera, mis amados hermanos. Es necesario, estar atentos y en vigilancia permanente para que, viviendo siempre el momento, el hoy, el aquí y el ahora, no nos desentendamos de lo que nos toca a fin de hacer de este mundo un lugar donde se vivan ya los valores del Reino, los valores del Evangelio, como adelanto de lo que se nos promete. Es necesario, mis hermanos, creer que nuestro trabajo sirve para las causas del Reino. Precisamente nuestro desapego, mis hermanos, tendrá que sentar testimonio, nuestro desapego da fe de nuestra esperanza de que las promesas se han de cumplir gracias a la fidelidad de nuestro Dios misericordioso. El desapego permanente y vigilante es testimonio vivo de nuestra fe, de nuestra esperanza, de nuestro amor de Dios.

Si Dios es fiel, nosotros, por nuestra parte, sólo podemos serlo si nos mantenemos despiertos en vigilante espera, en el total abandono en Dios, a la manera de Abraham, como nos lo ha sido propuesto en la segunda lectura a los Hebreos que hemos proclamado. La orientación hacia el Señor, tan absoluta y radical como nos la pide, frente a los bienes materiales, no puede ser posible sin la perseverante vigilancia sobre nuestras actitudes porque éstas pueden cambiar ante la aparente ausencia de Dios. Eso, por desgracia, nos sucede con mucha frecuencia.

Para hacernos entender esto, Jesús compuso la parábola que hemos escuchado este domingo en la cual se nos recuerda que somos siervos, no señores o patrones. A nosotros no nos toca disponer, a nosotros no nos toca ordenar o decidir ni siquiera sobre lo que es necesario hacer; simplemente nos toca administrar lo que se no ha encomendado con los tiempos y formas que nos corresponden. Ante los que nos exige el Señor no tenemos otra alternativa que obedecer en el amor. ¡Somos siervos, no señores!

Esta exigencia de Jesús, por otro lado, aunque parezca demasiado dura, es, sin embargo, sólo otra forma de presentarnos la exigencia original de la enseñanza de Moisés: amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con todo tu ser (Dt 6,4-5). No podemos cambiar las decisiones divinas. No nos queda, entonces, mis amados hermanos y hermanas, que elegir a Dios en todo instante y en cada momento. Ojalá que la Sagrada Eucaristía que celebramos y recibimos como signo de comunión con Dios y con los hermanos, sea la ocasión semanal de mantenernos al ritmo de esta exigencia, y nos permita vivir en la perseverancia renovando nuestro compromiso de poner libre y gozosamente nuestros bienes al servicio de los que menos tienen.

María de Nazaret, nuestra Muchachita y Celestial Señora y Madre, nos da ejemplo de disponibilidad total al servicio de los intereses del Reino, nos alcanza del Padre la gracia de vivir una nueva manera de ser hermanos.

Amén.

 
 
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