Mis amados hermanos
y hermanas, nuestras celebraciones son siempre celebración de
la fe y una oportunidad de crecer en ella. Es bueno ser conscientes
de esto de vez en cuando al centrar nuestra atención en ese don
de Dios que junto con el amor y la esperanza nos identifican como
cristianos.
Y como en toda acción
litúrgica, la Palabra se hace presente para ilustrarnos
con su sabiduría. Por eso acogemos precisamente con la meditación
de la Palabra de Dios, a partir de la Escritura, el alimento insustituible
que nos lleva a profundizar en la fe que expresamos en las celebraciones
y mueve nuestra vida cotidiana. Este domingo la Palabra, es
decir Jesús mismo, termina de instruirnos en el tema del domingo
pasado: el desapego a los bienes materiales confiando plenamente
en Dios y cuidarnos de la codicia, siempre como expresión de
la fe, la esperanza y de la caridad.
De hecho, mis amados
hermanos y hermanas, en la primera parte del texto evangélico de
hoy, Jesús continúa sobre este asunto, pero el texto litúrgico ha
saltado unas palabras suyas que son muy iluminadoras y que vale
la pena escuchar: No anden buscando qué comer o qué beber;
no se angustien. Todo eso son cosas que busca la gente
del mundo. En cuanto a ustedes el Padre sabe que las necesitan
(v. 29-30) y concluye dándonos, en una frase, la clave de comprensión
de su mensaje sobre este asunto tan delicado como controvertido
y difícil de asimilar y asumir. Y dice, entonces: Basta que
busquen su Reino y lo demás lo recibirán por añadidura (v.31).
Miren, mis amados hermanos
y hermanas, del trozo evangélico de hoy, en la primera parte, los
invito a que no dejemos pasar lo que significa la afirmación que
hace Jesús a la manera de un sabio que enseña con sentencias o proverbios:
Porque donde está el tesoro de ustedes, allí también estará
su corazón (v,34). Esta frase, a manera de conclusión,
es una forma de resumir su enseñanza en lo que toca a nuestra actitud
ante los bienes materiales, pues, precisamente lo que Jesús nos
pide es que tengamos, por un lado, un total desapego a los bienes
materiales que son efímeros, que son relativos, mientras que
pongamos toda nuestra atención e interés en buscar lo que realmente
vale para Dios y para nuestro bien. Es necesario, mis hermanos,
llenar el corazón y la mente de los valores del evangelio y dejemos
a un lado la falsa seguridad que da el poseer.
Por lo que toca a la
segunda parte del evangelio de hoy, tenemos que caer en la cuenta
de que, en realidad, Jesús no cambia de tema, sino que ahora
su enseñanza es para hacernos entender que lo que nos ha pedido
no puede llevarnos a pensar que nos está induciendo a una total
e irresponsable despreocupación. Más bien al contrario, nos indica
ahora que eso que nos exige, para ser verdaderos discípulos,
debe mantenerse toda la vida en una actitud de vigilancia y perseverancia.
Su enseñanza no puede entenderse como autorización a tener una actitud
espiritualista o providencialista de quien se desentiende de todo
compromiso por la justicia unida de cara a una fraternidad auténtica.
De ninguna manera, mis
amados hermanos. Es necesario, estar atentos y en vigilancia
permanente para que, viviendo siempre el momento, el hoy, el
aquí y el ahora, no nos desentendamos de lo que nos toca a fin
de hacer de este mundo un lugar donde se vivan ya los valores del
Reino, los valores del Evangelio, como adelanto de lo que se
nos promete. Es necesario, mis hermanos, creer que nuestro trabajo
sirve para las causas del Reino. Precisamente nuestro desapego,
mis hermanos, tendrá que sentar testimonio, nuestro desapego da
fe de nuestra esperanza de que las promesas se han de cumplir
gracias a la fidelidad de nuestro Dios misericordioso. El desapego
permanente y vigilante es testimonio vivo de nuestra fe, de nuestra
esperanza, de nuestro amor de Dios.
Si Dios es fiel, nosotros,
por nuestra parte, sólo podemos serlo si nos mantenemos despiertos
en vigilante espera, en el total abandono en Dios, a la manera
de Abraham, como nos lo ha sido propuesto en la segunda lectura
a los Hebreos que hemos proclamado. La orientación hacia el Señor,
tan absoluta y radical como nos la pide, frente a los bienes materiales,
no puede ser posible sin la perseverante vigilancia sobre nuestras
actitudes porque éstas pueden cambiar ante la aparente ausencia
de Dios. Eso, por desgracia, nos sucede con mucha frecuencia.
Para hacernos entender
esto, Jesús compuso la parábola que hemos escuchado este
domingo en la cual se nos recuerda que somos siervos, no señores
o patrones. A nosotros no nos toca disponer, a nosotros no
nos toca ordenar o decidir ni siquiera sobre lo que es necesario
hacer; simplemente nos toca administrar lo que se no ha encomendado
con los tiempos y formas que nos corresponden. Ante los que nos
exige el Señor no tenemos otra alternativa que obedecer en el amor.
¡Somos siervos, no señores!
Esta exigencia de Jesús,
por otro lado, aunque parezca demasiado dura, es, sin embargo, sólo
otra forma de presentarnos la exigencia original de la enseñanza
de Moisés: amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con todo tu ser
(Dt 6,4-5). No podemos cambiar las decisiones divinas. No nos
queda, entonces, mis amados hermanos y hermanas, que elegir a
Dios en todo instante y en cada momento. Ojalá que la Sagrada
Eucaristía que celebramos y recibimos como signo de comunión con
Dios y con los hermanos, sea la ocasión semanal de mantenernos al
ritmo de esta exigencia, y nos permita vivir en la perseverancia
renovando nuestro compromiso de poner libre y gozosamente nuestros
bienes al servicio de los que menos tienen.
María de Nazaret, nuestra
Muchachita y Celestial Señora y Madre, nos da ejemplo de disponibilidad
total al servicio de los intereses del Reino, nos alcanza del
Padre la gracia de vivir una nueva manera de ser hermanos.
Amén.