1
de agosto de 2010
Hermanos, hermanas,
En la Palabra de Dios de hoy aparecen la vanidad,
la codicia, la necedad, el “tener”, el buscar seguridades, el acumular
bienes. En la primera lectura tomada de los libros Sapienciales
del Antiguo Testamento, del libro Qohélet, nos da una respuesta
válida a la vida de hoy: “¿Qué provecho saca el hombre de todos
los afanes que persigue bajo el sol, en esta vida?” es decir, el
hombre no logra ninguna felicidad o provecho con los bienes de este
mundo y sus esfuerzos por conseguirlos, pues todo es vanidad, absurdo
y vacío. Claramente nos llama a no centrar nuestra vida en lo pasajero,
nos pide que todos nuestros trabajos en la vida tengan sabor de
eternidad. Aprendamos a disfrutar cada momento de nuestra vida;
aprendamos a ser felices en una relación fraterna y de amistad con
nuestros semejantes; aprendamos a llenar nuestras manos de buenas
obras; pasemos haciendo el bien a todos. No vivamos de un modo egoísta
y enfermizo tras la avidez de lo pasajero. No dejemos que las preocupaciones
de la vida emboten nuestra mente y nuestro corazón, esforcémonos
por madurar interiormente y alcanzar la capacidad de amar, de servir
y de vivir la auténtica solidaridad cristiana con los que menos
tienen, más desprotegidos, los que tienen alguna necesidad.
Para lograr esto, San Pablo en la Segunda Lectura,
nos habla de unirnos a Cristo resucitado, de valorar nuestro bautismo,
de que somos hombres y mujeres nuevos, de vivir en libertad, de
entregar la vida, en definitiva de saber ponerse en las manos de
Dios Padre. Nunca olvidemos como decía San Pablo que, nuestra vocación
es la libertad, donde nuestra fe nos hace vivir nuestra vida cristiana.
Despojándonos de las realidades de “pecado” en nuestras vidas, Cristo
irrumpe en nuestras vidas, tal como lo hemos escuchado en el Evangelio
de hoy.
Un hombre se acercó a Jesús pidiéndole que interviniera,
en un asunto de herencia familiar, diciéndole: “Maestro, di a mi
hermano que reparta conmigo la herencia”. Jesús, sin embargo, evita
a toda costa de involucrarse en el litigio familiar y plantea su
discurso a un nivel diferente. No se pone de parte de ninguno, sino
que, colocando una parábola sobre un un hombre rico lleno de egolatría
y avarícia, demuestra que tanto un hermano como el otro estaban
en un error, pues ambos estaban cegados por la ambición material
y el deseo de “tener”, considerando los bienes de la herencia de
primera importancia por encima de la fraternidad y la libertad del
corazón.
El mensaje de la parábola es claro: el rico
descrito es un insensato, un necio, pues no ha descubierto lo relativo
y efímero de los bienes materiales y lo engañoso de la ambición
y del deseo de poseer, y ha olvidado que la única realidad auténticamente
consistente es Dios.
Nosotros hermanos, debemos recibir la Palabra
de Dios este domingo y reconocer nuestro apego a los bienes materiales
y nuestra ansia de posesión y de “tener”. Lo que el evangelio nos
llama es “hacernos ricos a los ojos de Dios” descubriendo otra manera
de ver las realidades y bienes temporales, no dejando que nos esclavicen,
nos encierren a vivir una vida sin sentido cristiano.
En el fondo de esta enseñanza de Jesús esta
una vivencia profunda de Cristo y su Padre Dios, de la cual vivía
convencido y que nos propone para vivirla también nosotros: Cuando
Dios creó al mundo y al hombre, quiso Dios que hubiera un desarrollo
armónico, Dios dispuso que el trabajo produjera bienestar, bienes
materiales, y que en la profundidad de corazón, el hombre supiera
compartir lo poco o mucho con otros, a semejanza de Dios providente.
Aquí esta el núcleo central del mensaje de Jesús hoy: abrir nuestras
vidas a los demás, compartir lo mucho o poco que Dios nos da con
aquel en necesidad.
Por eso la frase de Jesús hoy, es perfecta:
"Guardaos de toda codicia". Es la codicia la que cambia
nuestras almas y nuestros corazones. En este mundo de hoy el cristiano
debe medir bien su postura de auténtico discípulo de Jesús, al
evaluar su apego a lo material, al dinero y su nivel de codicia.
"La avaricia que es una idolatría".
Pablo lo define estupendamente en la Carta a los Colosenses, que
hoy hemos escuchado. Pocos adjetivos hacen falta ya. Es dinero es
un ídolo de nuestro tiempo, que esta ahí, conviviendo con nuestras
creencias y haciéndose sitio. Es muy importante que el cristiano
piense en su posición exacta respecto a las riquezas y cual es el
sitio que esas riquezas ocupan en su corazón.
Jesús nos presenta el camino: “ Amontonar tesoros
en el cielo” descubrir el valor de compartir, de la solidaridad
con los más pobres, es también abrir los ojos ante la ambigüedad
que se esconde en un desarrollo económico mundial y en una técnica
que desconoce la dignidad del hombre y la miseria en la que vive
la gran mayoría de la humanidad. No seamos tan miopes que sólo nos
veamos a nosotros mismos; volvamos también la mirada hacia nuestro
prójimo. No podemos desligarnos de la fidelidad en el compromiso
que tenemos de construir un mundo más justo, más humano, más fraterno,
más digno de todos.
Un claro ejemplo de que esto es posible, lo
tenemos en nuestro hermano San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, quien
en su vivir como cristiano, en su discipulado, supo despegarse de
los bienes materiales, ponerse a la total disponibilidad de prójimo,
que era su anciano tío Juan Bernardino. Y Juan Diego lo dio todo
hasta despojarse de su tilma, para que en ella se quedara la muestra
más gran de la ternura de Dios para nosotros, la imagen de nuestra
Niña y Señora Santa María de Guadalupe. Y un vivo ejemplo de mirar
por los demás lo demuestran sus últimos 17 años de vida, cuando
dejándolo radicalmente todo, se dedicó por completo a vivir al lado
de la Reina del Cielo, aquí en el Tepeyac. Hoy después de haber
celebrado el VIII aniversario de canonización podemos, pedir a nuestra
Madre y Señora, Santa María de Guadalupe: Madre convierte mi corazón
hacia los demás, hacia quienes me rodean, mi familia, mis amigos,
mis conciudadanos, transforma nuestro corazón, como transformarte
el corazón de nuestro hermano San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
Que así sea.