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Homilía
pronunciada por Mons. Jorge Palencia Ramírez de Arellano, Vice - Rector y Coordinador General de la Pastoral de Santuario, en el XVIII Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.
1 de agosto de 2010

Hermanos, hermanas,

En la Palabra de Dios de hoy aparecen la vanidad, la codicia, la necedad, el “tener”, el buscar seguridades, el acumular bienes. En la primera lectura tomada de los libros Sapienciales del Antiguo Testamento, del libro Qohélet, nos da una respuesta válida a la vida de hoy:  “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol, en esta vida?” es decir, el hombre no logra ninguna felicidad o provecho con los bienes de este mundo y sus esfuerzos por conseguirlos, pues todo es vanidad, absurdo y vacío. Claramente nos llama a no centrar nuestra vida en lo pasajero, nos pide que todos nuestros trabajos en la vida tengan sabor de eternidad. Aprendamos a disfrutar cada momento de nuestra vida; aprendamos a ser felices en una relación fraterna y de amistad con nuestros semejantes; aprendamos a llenar nuestras manos de buenas obras; pasemos haciendo el bien a todos. No vivamos de un modo egoísta y enfermizo tras la avidez de lo pasajero. No dejemos que las preocupaciones de la vida emboten nuestra mente y nuestro corazón, esforcémonos por madurar interiormente y alcanzar la capacidad de amar, de servir y de vivir la auténtica solidaridad cristiana con los que menos tienen, más desprotegidos, los que tienen alguna necesidad.

Para lograr esto, San Pablo en la Segunda Lectura, nos habla de unirnos a Cristo resucitado, de valorar nuestro bautismo, de que somos hombres y mujeres nuevos, de vivir en libertad, de entregar la vida, en definitiva de saber ponerse en las manos de Dios Padre. Nunca olvidemos como decía San Pablo que, nuestra vocación es la libertad, donde nuestra fe nos hace vivir nuestra vida cristiana. Despojándonos de las realidades de “pecado” en nuestras vidas, Cristo irrumpe en nuestras vidas, tal como lo hemos escuchado en el Evangelio de hoy.

Un hombre se acercó a Jesús pidiéndole que interviniera, en un asunto de herencia familiar, diciéndole: “Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. Jesús, sin embargo, evita a toda costa de involucrarse en el litigio familiar y plantea su discurso a un nivel diferente. No se pone de parte de ninguno, sino que, colocando una parábola sobre un un hombre rico lleno de egolatría y avarícia, demuestra que tanto un hermano como el otro estaban en un error, pues ambos estaban cegados por la ambición material y el deseo de “tener”, considerando los bienes de la herencia de primera importancia por encima de la fraternidad y la libertad del corazón.

El mensaje de la parábola es claro: el rico descrito es un insensato, un necio, pues no ha descubierto lo relativo y efímero de los bienes materiales y lo engañoso de la ambición y del deseo de poseer, y ha olvidado que la única realidad auténticamente consistente es Dios.

Nosotros hermanos, debemos recibir la Palabra de Dios este domingo y reconocer nuestro apego a los bienes materiales y nuestra ansia de posesión y de “tener”. Lo que el evangelio nos llama es “hacernos ricos a los ojos de Dios” descubriendo otra manera de ver las realidades y bienes temporales, no dejando que nos esclavicen, nos encierren a vivir una vida sin sentido cristiano.

En el fondo de esta enseñanza de Jesús esta una vivencia profunda de Cristo y su Padre Dios, de la cual vivía convencido y que nos propone para vivirla también nosotros: Cuando Dios creó al mundo y al hombre,  quiso Dios que hubiera un desarrollo armónico, Dios dispuso que el trabajo produjera bienestar, bienes materiales, y que en la profundidad de corazón, el hombre  supiera compartir lo poco o mucho con otros, a semejanza de Dios providente. Aquí esta el núcleo central del mensaje de Jesús hoy: abrir nuestras vidas a los demás, compartir lo mucho o poco que Dios nos da con aquel en necesidad.

Por eso la frase de Jesús hoy, es perfecta: "Guardaos de toda codicia". Es la codicia la que cambia nuestras almas y nuestros corazones. En este mundo de hoy el cristiano debe medir bien su postura de auténtico  discípulo de Jesús, al evaluar su apego a lo material, al dinero y su nivel de codicia.

"La avaricia que es una idolatría". Pablo lo define estupendamente en la Carta a los Colosenses, que hoy hemos escuchado. Pocos adjetivos hacen falta ya. Es dinero es un ídolo de nuestro tiempo, que esta ahí, conviviendo con nuestras creencias y haciéndose sitio. Es muy importante que el cristiano piense en su posición exacta respecto a las riquezas y cual es el sitio que esas riquezas ocupan en su corazón.

Jesús nos presenta el camino: “ Amontonar tesoros en el cielo”  descubrir el valor de compartir, de la solidaridad con los más pobres, es también abrir los ojos ante la ambigüedad que se esconde en un desarrollo económico mundial y en una técnica que desconoce la dignidad del hombre y la miseria en la que vive la gran mayoría de la humanidad. No seamos tan miopes que sólo nos veamos a nosotros mismos; volvamos también la mirada hacia nuestro prójimo. No podemos desligarnos de la fidelidad en el compromiso que tenemos de construir un mundo más justo, más humano, más fraterno, más digno de todos.

Un claro ejemplo de que esto es posible, lo tenemos en nuestro hermano San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, quien en su vivir como cristiano, en su discipulado, supo despegarse de los bienes materiales, ponerse a la total disponibilidad de prójimo, que era su anciano tío Juan Bernardino. Y Juan Diego lo dio todo hasta despojarse de su tilma, para que en ella se quedara la muestra más gran de la ternura de Dios para nosotros, la imagen de nuestra Niña y Señora Santa María de Guadalupe. Y un vivo ejemplo de mirar por los demás lo demuestran sus últimos 17 años de vida, cuando dejándolo radicalmente todo, se dedicó por completo a vivir al lado de la Reina del Cielo, aquí en el Tepeyac. Hoy después de haber celebrado el VIII aniversario de canonización podemos, pedir a nuestra Madre y Señora, Santa María de Guadalupe: Madre convierte mi corazón hacia los demás, hacia quienes me rodean, mi familia, mis amigos, mis conciudadanos, transforma nuestro corazón, como transformarte el corazón de nuestro hermano San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Que así sea.

 

 
 
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