Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General
y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el XVI
Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.
11 de julio de 2010
DIOS SE HACE NUESTRO
HUÉSPED PARA HACERSE NUESTRO ANFITRIÓN
Alabemos al Señor, Dios nuestro, porque al enviarnos
a su Hijo amado se hizo huésped de la humanidad y, por su muerte y
resurrección, se convirtió en nuestro anfitrión en la vida eterna.
La hospitalidad de los pueblos de Medio
Oriente es algo tan singular y característico que resulta algo
proverbial y prácticamente sagrado. Este rasgo cultural es tan
importante que no se puede descuidar para entender no sólo la primera
lectura, sino también el evangelio de Lucas en este domingo.
En la primera lectura de hoy escuchamos un fragmento
del Génesis en el que tres misteriosos personajes se
presentan ante la tienda de Abrahán, en la encina de Mambré. Abrahám
no escatima esfuerzos para atender a aquellos tres huéspedes, ofreciéndoles
todo lo que necesitaran para rehacerse del largo y caluroso camino.
Igualmente, las dos hermanas de Betania ofrecen acogida y amistad
a Jesús; especialmente Marta, que “se multiplicaba para dar abasto
en el servicio”. Es esta una actitud que debemos cultivar. En
una sociedad en la que todo el mundo mira por si mismo, y las puertas
de las casas están cerradas, por el miedo, la inseguridad, la violencia;
el evangelio nos invita a estar atentos, abiertos, acogedores,
especialmente para los más necesitados.
La hospitalidad de Abrahám ante el Dios que
pasa, incluso como un necesitado, es premiada con la fertilidad,
bendición incomparable en la mentalidad bíblica. Más aún, por su hospitalidad,
Abrahám se convierte en amigo de Dios e intercesor de estos pueblos,
que han rechazado la visita divina y han llegado a profanarla con
su conducta desordenada. Su pecado les ha impedido reconocer la presencia
de Dios en medio de ellos al pasar por sus calles. (Sodoma y Gomorra)
En el evangelio, vemos a Jesús, que precisamente
elogia la hospitalidad de María por recibirlo, acogerlo e intimar
con él. Es necesario abrirse al paso de Dios por nuestra vida.
Es determinante que seamos sensibles y estemos atentos a su presencia
para acogerlo, escucharlo y servirle como él quiere ser servido.
Todo esto se da diariamente no sólo en el
culto y en la oración. Ahí comienza, y de una manera especial
en la Eucaristía, pero si no nos lleva al encuentro con
los demás, especialmente con quienes carecen de afecto, cuidados
materiales, salud, trabajo, migrantes, enfermos y, en fin de lo necesario,
no podemos decir que estamos sirviendo a Dios plenamente.
En un mundo tan inhóspito, tan indiferente ante
el otro y que facilita tan poco la comunicación amable entre las personas,
la actitud de Abrahán y la de las dos hermanas Marta y María nos
dan una elocuente lección de hospitalidad; nos invitan a tener
un corazón acogedor para con los demás. No hará falta que cada vez
les guisemos un ternero cebado como Abrahám o que removamos toda la
cocina como Marta. Muchas veces lo que los demás esperan de nosotros
es INTERES, ATENCIÓN, CARA ACOGEDORA, UNA PALABRA AMIGA, UNA SONRISA,
UN APRETON DE MANOS O UN ABRAZO SINCERO.
Pero además de la hospitalidad, hay algo más
que quiere enseñarnos el Señor en este domingo, descubrir en el
prójimo al mismo Dios, al mismo Cristo Jesús. Y dar importancia
a la oración, a la contemplación, a la escucha de la Palabra de Dios.
Abrahám ve a Dios en los tres peregrinos. Y las hermanas del
evangelio saben que están alojando al Mesías.
Ante la queja de Marta, Jesús amablemente, le
recuerda que “solo una cosa es necesaria: María escogió la mejor
parte”, porque aprovecha la ocasión de que tiene al Maestro en
casa, y lo escucha. Lo esencial no son las cosas materiales, sino
la escucha atenta de la Palabra de Dios que ilumina nuestras vidas.
Pidámosle al Señor que nos conceda conjugar
en nuestras vidas las dos actitudes, la de Marta y la de María:
la caridad detallista y la oración y la escucha, la oración y la acción.
Son complementarias. Cada cristiano debe saber conjugar las dos
dimensiones en su vida: hemos de ser hospitalarios, pero también discípulos.
Con tiempo para los demás, pero también para nosotros mismos y para
Dios. Personas de oración y de contemplación, de reflexión interior
y de celebración con la comunidad; pero también dispuestos, al compromiso,
a la acción y a la entrega concreta y al trabajo servicial.
La unión con Cristo se alimenta de modo privilegiado
en la Eucaristía, en la Santa Misa en la que con devoción y
entusiasmo participamos particularmente cada domingo, que luego debe
tener traducción práctica en la caridad con los que viven con nosotros.
Jesús no desautoriza el trabajo de Marta, pero le da una lección:
debe saber encontrar tiempo para la escucha de la fe y de la oración.
Bendigamos al Señor y agradezcámosle la palabra
que nos da este domingo y a la luz de la misma reestructuremos nuestra
jerarquía de valores, y que esto tenga efectos prácticos en nuestra
vida.
Imitemos a nuestra muchachita y Madrecita Santa
María de Guadalupe, Maestra de hospitalidad al acoger en su seno
al Hijo de Dios, para que con su auxilio nos abramos a Dios en las
personas de quienes nos necesitan.
Amén.