SALVACIÓN GRATUITA PERO CON CONDICIONES
MÍNIMAS
Mis amados hermanos y hermanas, todos, adoremos
a Dios con nuestra alabanza y reconocimiento por la grandeza de
su misericordia. Verdaderamente, mis hermanos, el misterio
del Dios, en quien creemos, es tan insondable, que
nunca lo podremos abarcar, porque su anchura y su profundidad son
inconmensurables. ÉL ES INFINITO EN TODO SENTIDO. Y sin embargo,
queridos hermanos, ES UN DIOS CERCANO, tan gratuitamente
cercano que sólo se nos pide la fe para poder experimentarlo en
su cercanía al mismo tiempo que en su trascendencia. ¡Y pensar
que Él es el término de nuestro destino, él es el termino de nuestras
felicidad! ¡Porque fuimos llamados a la existencia para vivir alegremente
en la eternidad junto a Él! Se trata de un llamamiento universal,
válido para toda la humanidad de todos los tiempos. Nuestra vocación
consiste, nada menos, en que vivamos en comunión con Él eternamente.
Nos hizo para Él, diría san Agustín.
Mis hermanos y hermanas, Él es nuestra salvación,
Él es nuestro destino ¿Cómo, pues, puede formularse la pregunta
de que si es cierto que son pocos los que se salvan? Es una
pregunta ociosa que Jesús no responde directamente, todos esperaban
que respondiera con una respuesta brevesísima, un monosílabo, no,
porque todos fuimos creados con ese único destino y lo alcanza
quien se deja atraer por ese llamado amoroso de vida eterna.
La pregunta dejaría entrever que Dios, es un Dios de minorías, o
que existiría la posibilidad de que Dios fracase en sus proyectos
de amor y no es así, mis hermanos.
Acudir, a este llamado, sin embargo, mis queridos
hermanos, es una propuesta a nuestra libertad y a nuestra responsabilidad.
Porque DIOS NO OBLIGA, DIOS PROPONE AMOROSAMENTE, pero cada
quien se salva si responde a ese amoroso llamamiento. “Dios que
te creó sin ti, no te salvará sin ti” decía san Agustín o como
nosotros decimos en nuestro refrán popular: “A Dios rogando y
con el mazo dando”.
Veamos, como siempre, cómo nos lo hace ver la
Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura de este domingo.
Así, en la primera lectura, hemos escuchado cómo el profeta Isaías
habla de la convocatoria que Dios hace a todos los pueblos de la
tierra para que lo conozcan y para hacer de todos un sólo pueblo
que lo reconocerá y le dará el culto que le es debido sólo a Él,
el único soberano de toda la tierra. Esta gran verdad, tan llena
de esperanza, la celebra el Salmo Responsorial con el que hemos
respondido a la primera lectura. Se trata de un brevísimo himno
de alabanza a Dios de alcance universal, tal como lo entendió san
Pablo cuando lo cita en su carta a los Romanos (15,11). “Que
alaben al Señor todos los pueblos, que todos los pueblos lo aclamen”.
En el Evangelio de hoy san Lucas nos
transmite una lección dada por Jesús, en su momento, pero que también
es fruto de la experiencia de la Iglesia primitiva sobre la predicación
del Evangelio a todos los paganos, especialmente a los griegos y
a los romanos, primeros destinatarios fuera de los judíos. Y efectivamente,
hermanos, el evangelista, desde su comunidad en territorio pagano,
tiene la imperiosa necesidad de entender cómo ha de comportarse
la Iglesia naciente en expansión ante los paganos que están
integrándose a las comunidades en busca de la verdad y la salvación.
En esta comprensión de la misión de la Iglesia, las palabras de
Jesús son bien claras y, miren, mis hermanos, justifican el que
acojan con simpatía y a veces, con tolerancia y comprensión a quienes
solicitan agregarse, no sin dejar bien claro que existen ciertas
exigencias que hay que observar para salvarse. Nadie está dispensado
de esforzarse por entrar en el Reino de Dios, en el Reino de los
cielos.
En este contexto, mis hermanos, pongamos atención,
la puerta estrecha significaría que para llevar a cabo la salvación
del hombre, de todo ser humano, Dios cuenta con lo que Él puede
aportar de sí mismo: de sus capacidades, su apertura, su disponibilidad
consciente y dinámica. Es desde ahora como se gana el cielo,
mis amados hermanos, lo meditábamos hace ocho días también, no hay
un más allá, sino un acá, no hay un después, sino un ahora, desde
ahora nos tenemos que ganar el reino de los cielos; es en la vida
diaria donde ponemos de manifiesto que aceptamos o no aceptamos
la oferta de la salvación. En la vida de todos los días nos jugamos
nuestra propia vida, la vida eterna.
No podemos andar presumiendo de ser muy creyentes,
de ser muy guadalupanos, de que conocemos a Dios, si no nos esforzamos
por sintonizar con su voluntad, sino nos empeñamos en ser coherentes
con esa fe guadalupana que decimos tener. La comunión con Dios
culmina en la vida eterna hacia donde nos encaminamos, pero
ya tiene que darse en nuestra existencia terrena. Lo que se nos
da gratuitamente hay que recibirlo comprometidamente ya como respuesta
agradecida y alegre. La salvación viene, mis hermanos, cuando aceptamos
a Jesús y vivimos los valores del Evangelio: la justicia, la generosidad,
la solidaridad, la verdad, la atención generosa al prójimo… Esa
es la puerta estrecha. La puerta por la que todos, ABSOLUTAMENTE
TODOS, estamos invitados a entrar. Mientras tanto, mis hermanos,
hay que empeñarnos en salvar al hombre completo, hay que salvarlo
de su dignidad de persona, cuando vive como animal, hay que salvarlo
en su amor, cuando vive odiando, hay que salvarlo en su felicidad,
cuando vive en un infierno o cayendo en falsos paraísos, todos sabemos
que el hombre está en peligro, lo puede destruir una bomba de neutrones,
una explosión de violencia, una explosión epidémica, que se yo.
Los hombres somos esclavos de nuestros propios inventos y estos
monstros tratan de aniquilar al hombre y hay que salvarlos, mis
amados hermanos, del odio, del egoísmo, sobretodo del egoísmo, definitivamente
salvarlo de sí mismo, y miren Dios quiere que todos los hombres
se salven y Cristo es el único Salvador.
Por otro lado, mis hermanos, podemos ver en
la Sagrada Escritura, que hoy se nos ha proclamado, la
realidad misteriosa de la salvación universal a la que nosotros
como Iglesia hemos de servir. Para eso, ES NECESARIO
que COMO JESÚS, NOS PONGAMOS EN DIÁLOGO PERMANENTE Y HONESTO
para escuchar atenta y pacientemente a todos con quienes
vivimos en la sociedad. Todos han de ser considerados interlocutores
dignos de diálogo. Y a todos es necesario responder amablemente,
evitando discusiones estériles que pudieran ser un grave obstáculo
para el encuentro. Claro, que tenemos que responder y proponer
la verdad con toda su fuerza, pero sin pretensiones ajenas al Evangelio
y a la misma verdad y a la caridad misionera.
La verdad, mis hermanos, especialmente la del
Evangelio, se propone pacíficamente, se siembra donde
hay disponibilidad y apertura. Si no existe esa actitud, no
tenemos que enojarnos ni desesperarnos o desanimarnos. NO SOMOS
NOSOTROS LOS QUE CERRAMOS LA PUERTA, ES DIOS. Y lo hace con
quien pretende entrar a su manera. Pero eso le toca a Dios, no a
nosotros. No podemos hacer todo el bien ni evitar todo el mal.
Está de por medio la libertad y está de por medio la responsabilidad
de cada uno que el mismo Dios respeta.
Mis amados hermanos, pidamos al Señor, por intercesión
de nuestra Patrona de nuestra libertad, nuestra Muchachita y Madrecita
Tonantzin–Guadalupe, que todos lo entendamos y lo vivamos mejor
en los momentos de proponer, más que imponer, pero tampoco defender,
los valores de la fe en la sociedad actual.
Amén.