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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el XXI Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.

22 de agosto de 2010

SALVACIÓN GRATUITA PERO CON CONDICIONES MÍNIMAS

Mis amados hermanos y hermanas, todos, adoremos a Dios con nuestra alabanza y reconocimiento por la grandeza de su misericordia. Verdaderamente, mis hermanos, el misterio del Dios, en quien creemos, es tan insondable, que nunca lo podremos abarcar, porque su anchura y su profundidad son inconmensurables. ÉL ES INFINITO EN TODO SENTIDO. Y sin embargo, queridos hermanos, ES UN DIOS CERCANO, tan gratuitamente cercano que sólo se nos pide la fe para poder experimentarlo en su cercanía al mismo tiempo que en su trascendencia. ¡Y pensar que Él es el término de nuestro destino, él es el termino de nuestras felicidad! ¡Porque fuimos llamados a la existencia para vivir alegremente en la eternidad junto a Él! Se trata de un llamamiento universal, válido para toda la humanidad de todos los tiempos. Nuestra vocación consiste, nada menos, en que vivamos en comunión con Él eternamente. Nos hizo para Él, diría san Agustín.

Mis hermanos y hermanas, Él es nuestra salvación, Él es nuestro destino ¿Cómo, pues, puede formularse la pregunta de que si es cierto que son pocos los que se salvan? Es una pregunta ociosa que Jesús no responde directamente, todos esperaban que respondiera con una respuesta brevesísima, un monosílabo, no, porque todos fuimos creados con ese único destino y lo alcanza quien se deja atraer por ese llamado amoroso de vida eterna. La pregunta dejaría entrever que Dios, es un Dios de minorías, o que existiría la posibilidad de que Dios fracase en sus proyectos de amor y no es así, mis hermanos.

Acudir, a este llamado, sin embargo, mis queridos hermanos, es una propuesta a nuestra libertad y a nuestra responsabilidad. Porque DIOS NO OBLIGA, DIOS PROPONE AMOROSAMENTE, pero cada quien se salva si responde a ese amoroso llamamiento. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” decía san Agustín o como nosotros decimos en nuestro refrán popular: “A Dios rogando y con el mazo dando”.

Veamos, como siempre, cómo nos lo hace ver la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura de este domingo. Así, en la primera lectura, hemos escuchado cómo el profeta Isaías habla de la convocatoria que Dios hace a todos los pueblos de la tierra para que lo conozcan y para hacer de todos un sólo pueblo que lo reconocerá y le dará el culto que le es debido sólo a Él, el único soberano de toda la tierra. Esta gran verdad, tan llena de esperanza, la celebra el Salmo Responsorial con el que hemos respondido a la primera lectura. Se trata de un brevísimo himno de alabanza a Dios de alcance universal, tal como lo entendió san Pablo cuando lo cita en su carta a los Romanos (15,11). “Que alaben al Señor todos los pueblos, que todos los pueblos lo aclamen”.

En el Evangelio de hoy san Lucas nos transmite una lección dada por Jesús, en su momento, pero que también es fruto de la experiencia de la Iglesia primitiva sobre la predicación del Evangelio a todos los paganos, especialmente a los griegos y a los romanos, primeros destinatarios fuera de los judíos. Y efectivamente, hermanos, el evangelista, desde su comunidad en territorio pagano, tiene la imperiosa necesidad de entender cómo ha de comportarse la Iglesia naciente en expansión ante los paganos que están integrándose a las comunidades en busca de la verdad y la salvación. En esta comprensión de la misión de la Iglesia, las palabras de Jesús son bien claras y, miren, mis hermanos, justifican el que acojan con simpatía y a veces, con tolerancia y comprensión a quienes solicitan agregarse, no sin dejar bien claro que existen ciertas exigencias que hay que observar para salvarse. Nadie está dispensado de esforzarse por entrar en el Reino de Dios, en el Reino de los cielos.

En este contexto, mis hermanos, pongamos atención, la puerta estrecha significaría que para llevar a cabo la salvación del hombre, de todo ser humano, Dios cuenta con lo que Él puede aportar de sí mismo: de sus capacidades, su apertura, su disponibilidad consciente y dinámica. Es desde ahora como se gana el cielo, mis amados hermanos, lo meditábamos hace ocho días también, no hay un más allá, sino un acá, no hay un después, sino un ahora, desde ahora nos tenemos que ganar el reino de los cielos; es en la vida diaria donde ponemos de manifiesto que aceptamos o no aceptamos la oferta de la salvación. En la vida de todos los días nos jugamos nuestra propia vida, la vida eterna.

No podemos andar presumiendo de ser muy creyentes, de ser muy guadalupanos, de que conocemos a Dios, si no nos esforzamos por sintonizar con su voluntad, sino nos empeñamos en ser coherentes con esa fe guadalupana que decimos tener. La comunión con Dios culmina en la vida eterna hacia donde nos encaminamos, pero ya tiene que darse en nuestra existencia terrena. Lo que se nos da gratuitamente hay que recibirlo comprometidamente ya como respuesta agradecida y alegre. La salvación viene, mis hermanos, cuando aceptamos a Jesús y vivimos los valores del Evangelio: la justicia, la generosidad, la solidaridad, la verdad, la atención generosa al prójimo… Esa es la puerta estrecha. La puerta por la que todos, ABSOLUTAMENTE TODOS, estamos invitados a entrar. Mientras tanto, mis hermanos, hay que empeñarnos en salvar al hombre completo, hay que salvarlo de su dignidad de persona, cuando vive como animal, hay que salvarlo en su amor, cuando vive odiando, hay que salvarlo en su felicidad, cuando vive en un infierno o cayendo en falsos paraísos, todos sabemos que el hombre está en peligro, lo puede destruir una bomba de neutrones, una explosión de violencia, una explosión epidémica, que se yo. Los hombres somos esclavos de nuestros propios inventos y estos monstros tratan de aniquilar al hombre y hay que salvarlos, mis amados hermanos, del odio, del egoísmo, sobretodo del egoísmo, definitivamente salvarlo de sí mismo, y miren Dios quiere que todos los hombres se salven y Cristo es el único Salvador.

Por otro lado, mis hermanos, podemos ver en la Sagrada Escritura, que hoy se nos ha proclamado, la realidad misteriosa de la salvación universal a la que nosotros como Iglesia hemos de servir. Para eso, ES NECESARIO que COMO JESÚS, NOS PONGAMOS EN DIÁLOGO PERMANENTE Y HONESTO para escuchar atenta y pacientemente a todos con quienes vivimos en la sociedad. Todos han de ser considerados interlocutores dignos de diálogo.  Y a todos es necesario responder amablemente, evitando discusiones estériles que pudieran ser un grave obstáculo para el encuentro. Claro, que tenemos que responder y proponer la verdad con toda su fuerza, pero sin pretensiones ajenas al Evangelio y a la misma verdad y a la caridad misionera.

La verdad, mis hermanos, especialmente la del Evangelio, se propone pacíficamente, se siembra donde hay disponibilidad y apertura. Si no existe esa actitud, no tenemos que enojarnos ni desesperarnos o desanimarnos. NO SOMOS NOSOTROS LOS QUE CERRAMOS LA PUERTA, ES DIOS. Y lo hace con quien pretende entrar a su manera. Pero eso le toca a Dios, no a nosotros. No podemos hacer todo el bien ni evitar todo el mal. Está de por medio la libertad y está de por medio la responsabilidad de cada uno que el mismo Dios respeta.

Mis amados hermanos, pidamos al Señor, por intercesión de nuestra Patrona de nuestra libertad, nuestra Muchachita y Madrecita Tonantzin–Guadalupe, que todos lo entendamos y lo vivamos mejor en los momentos de proponer, más que imponer, pero tampoco defender, los valores de la fe en la sociedad actual.

Amén.

 
 
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