OREMOS POR LOS ADMINISTRADORES
PÚBLICOS
Queridos
hermanos: En la conmemoración que estamos viviendo en estos días
no podemos negar que Dios, nuestro Padre nos ha bendecido de una
manera generosa. No tiene sentido decir que su amor por nosotros
sea mayor que a otras naciones, pero sí tiene sentido reconocer
cómo, a pesar de que no correspondemos suficientemente al don de
la fe que recibimos desde hace cerca de quinientos años, Él ha permanecido
fiel llamándonos incesantemente a gozar de la salvación con
el anuncio del evangelio y manteniéndonos en su amor misericordioso,
pero sobre todo, proporcionándonos todos los recursos para ser una
nación digna. Y entre tantos dones suyos a favor de este pueblo,
ocupa el primer lugar la graciosa e inigualable presencia de la
Madre de su Hijo y madre nuestra, Nuestra Señora de Guadalupe que
amorosa nos mantiene unidos como nación y como Iglesia mexicanas.
¡Bendita sea!
Por eso,
hermanos, agradezcamos hoy, como cada domingo, el don de su Palabra
que nunca nos falta. Siempre nos ilumina y nos va señalando el camino
a seguir para que seamos el pueblo que Él tiene en sus designios
de amor. Y nada más oportuno para estas fiestas patrias, como “orar,
hacer acciones de gracias y súplicas” (1Tm, 2,1) por quienes tienen
que tomar las decisiones en la conducción política, económica y
social de esta nación. Así nos lo recomienda la Palabra del Señor
por medio de su apóstol san Pablo en la segunda lectura, a fin de
“poder llevar una vida tranquila y en paz entregada a Dios y respetable
en todo sentido” (2,2).
Ahora bien,
tanto el profeta Amós en la primera lectura, como el mismo Jesús
por medio del evangelista san Lucas, nos sugieren muy oportunamente,
en qué aspecto de las actividades de estos administradores públicos,
y de nosotros mismos, por lo que nos toca administrar, hemos
de orar para responder a las expectativas de Dios, ya que Él es
el único amo y señor de todo lo que tenemos. En efecto, no podemos
perder de vista que lo que tenemos lo hemos recibido como administradores,
no como dueños absolutos.
No podemos
negar que la alabanza al administrador deshonesto resulta extraña
en la enseñanza de Jesús. Por lo cual, si nos empeñamos por dilucidar
la enseñanza que el fondo contiene el texto, podemos ver que en
realidad la alabanza no es directamente al administrador por su
actitud deshonesta, sino a la sagacidad con la actúa. Ese hombre
se ha percatado de la situación personal en la ha incurrido precisamente
por ser deshonesto. De manera que decide aprovechar el tiempo que
le queda para asegurar su futuro. Esta sagacidad que consiste en
hacerse amigos que lo traten bien cuando ya no tenga de qué vivir,
debe ser imitada por los discípulos para ganarse una vida futura
con Dios. No olvidemos que la vida futura, la celeste, se gana aquí
en la tierra, en la historia, con todas sus vicisitudes y oportunidades
que forman parte de ella.
Así pues,
volvamos, hermanos, al inicio de esta reflexión para considerar
a la luz de la Palabra cómo es importante y por qué la oración por
los gobernantes. Y al aludir a las responsabilidades y a la honestidad
con la que deben proceder las autoridades civiles, no olvidemos
que todos, tenemos el encargo de administrar algo que nos toca y
no podemos de ninguna manera delegar o descargar en otros, y mucho
menos eludir; algo de lo cual tenemos que dar cuentas a otros o
la misma sociedad, simplemente por ser parte de ella. No todo lo
tiene que resolver la autoridad. Esperar que así sea, sería un signo,
que por desgracia existe, de inmadurez cristiana y civil.
De manera
que conviene que, para dar signos de desarrollo cultural, cívico
y cristiano, hemos de aceptar que para construir un país, como dice
el apóstol, digno de respeto y en paz, nos convenzamos, primer lugar,
de que nuestra relación de unos con otros como cristianos exige
de nosotros un auténtico y profundo sentido de la justicia social
y del bien común. De que nada nos pertenece absolutamente, por más
que nos afanemos por conseguirlo, sino que se nos da confiado para
administrarlo en beneficio propio, sí, y del bien de los demás.
Y esta tiene que ser, desde luego, la actitud que caracterice a
los servidores públicos, incluidos, claro que sí, los religiosos.
Como dice
un autor: “Su corazón ha de pertenecer a Dios. Él debe ser el Señor
que tiene y que aman. Sólo a partir de esta vinculación a él es
posible una relación con lo bienes terrenos que sea justa y capaz
de asegurar el futuro. Quien reconoce a Dios como Señor, lo reconoce
también como Señor de todos los bienes materiales y sabe que él
no puede ser dueño absoluto, sino administrador… Quien sirve a Dios,
está libre en relación con el dinero. El que sirve al dinero, constituye
a éste en su dios se apega a él, espera de él la plenitud de la
vida y no la puede emplear ya libremente a favor de los demás” (Klemens
Stock, o.c.).
Así que,
mis hermanos, oremos por nuestras autoridades, sean del color o
partido político al que pertenezcan, a fin de conduzcan este país
por las sendas de la justicia, el progreso y la paz en la fraternidad
y el esfuerzo solidario, especialmente a favor de los más necesitados.
Seguramente,
nuestra Señora e Guadalupe, la que siempre está como Madre nuestra,
interceda por este pueblo que Dios le encomendó y a quien sirve
con maternal solicitud.
Amén.