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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el XXV Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.

Domingo 19 de septiembre de 2010.
“XXV Aniversario de los Sismos de la Ciudad de México de 1985”

OREMOS POR LOS ADMINISTRADORES PÚBLICOS

Queridos hermanos: En la conmemoración que estamos viviendo en estos días no podemos negar que Dios, nuestro Padre nos ha bendecido de una manera generosa. No tiene sentido decir que su amor por nosotros sea mayor que a otras naciones, pero sí tiene sentido reconocer cómo, a pesar de que no correspondemos suficientemente al don de la fe que recibimos desde hace cerca de quinientos años, Él ha permanecido fiel  llamándonos incesantemente a gozar de la salvación con el anuncio del evangelio y manteniéndonos en su amor misericordioso, pero sobre todo, proporcionándonos todos los recursos para ser una nación digna. Y entre tantos dones suyos a favor de este pueblo, ocupa el primer lugar la graciosa e inigualable presencia de la Madre de su Hijo y madre nuestra, Nuestra Señora de Guadalupe que amorosa nos mantiene unidos como nación y como Iglesia mexicanas. ¡Bendita sea!

Por eso, hermanos, agradezcamos hoy, como cada domingo, el don de su Palabra que nunca nos falta. Siempre nos ilumina y nos va señalando el camino a seguir para que seamos el pueblo que Él tiene en sus designios de amor. Y nada más oportuno para estas fiestas patrias, como “orar, hacer acciones de gracias y súplicas” (1Tm, 2,1) por quienes tienen que tomar las decisiones en la conducción política, económica y social de esta nación. Así nos lo recomienda la Palabra del Señor por medio de su apóstol san Pablo en la segunda lectura, a fin de “poder llevar una vida tranquila y en paz entregada a Dios y respetable en todo sentido”  (2,2).

Ahora bien, tanto el profeta Amós en la primera lectura, como el mismo Jesús por medio del evangelista san Lucas, nos sugieren muy oportunamente, en qué aspecto de las actividades de estos administradores públicos, y de nosotros mismos, por lo que nos toca administrar,  hemos de orar para responder a las expectativas de Dios, ya que Él es el único amo y señor de todo lo que tenemos. En efecto, no podemos perder de vista que lo que tenemos lo hemos recibido como administradores, no como dueños absolutos.

No podemos negar que la alabanza al administrador deshonesto resulta extraña en la enseñanza de Jesús. Por lo cual, si nos empeñamos por dilucidar la enseñanza que el fondo contiene el texto, podemos ver que en realidad la alabanza no es directamente al administrador por su actitud deshonesta, sino a la sagacidad con la actúa. Ese hombre se ha percatado de la situación personal en la ha incurrido precisamente por ser deshonesto. De manera que decide aprovechar el tiempo que le queda para asegurar su futuro. Esta sagacidad que consiste en hacerse amigos que lo traten bien cuando ya no tenga de qué vivir, debe ser imitada por los discípulos para ganarse una vida futura con Dios. No olvidemos que la vida futura, la celeste, se gana aquí en la tierra, en la historia, con todas sus vicisitudes y oportunidades que forman parte de ella.

Así pues, volvamos, hermanos, al inicio de esta reflexión para considerar a la luz de la Palabra cómo es importante y por qué la oración por los gobernantes. Y al aludir a las responsabilidades y a la honestidad con la que deben proceder las autoridades civiles, no olvidemos que todos, tenemos el encargo de administrar algo que nos toca y no podemos de ninguna manera delegar o descargar en otros, y mucho menos eludir; algo de lo cual tenemos que dar cuentas a otros o la misma sociedad, simplemente por ser parte de ella. No todo lo tiene que resolver la autoridad. Esperar que así sea, sería un signo, que por desgracia existe, de inmadurez cristiana y civil.

De manera que conviene que, para dar signos de desarrollo cultural, cívico y cristiano, hemos de aceptar que para construir un país, como dice el apóstol, digno de respeto y en paz, nos convenzamos, primer lugar, de que nuestra relación de unos con otros como cristianos exige de nosotros un auténtico y profundo sentido de la justicia social y del bien común. De que nada nos pertenece absolutamente, por más que nos afanemos por conseguirlo, sino que se nos da confiado para administrarlo en beneficio propio, sí, y del bien de los demás. Y esta tiene que ser, desde luego, la actitud que caracterice a los servidores públicos, incluidos, claro que sí, los religiosos.

Como dice un autor: “Su corazón ha de pertenecer a Dios. Él debe ser el Señor que tiene y que aman. Sólo a partir de esta vinculación a él es posible una relación con lo bienes terrenos que sea justa y capaz de asegurar el futuro. Quien reconoce a Dios como Señor, lo reconoce también como Señor de todos los bienes materiales y sabe que él no puede ser dueño absoluto, sino administrador… Quien sirve a Dios, está libre en relación con el dinero. El que sirve al dinero, constituye a éste en su dios se apega a él, espera de él la plenitud de la vida y no la puede emplear ya libremente a favor de los demás” (Klemens Stock, o.c.).

Así que, mis hermanos, oremos por nuestras autoridades, sean del color o partido político al que pertenezcan, a fin de conduzcan este país por las sendas de la justicia, el progreso y la paz en la fraternidad y el esfuerzo solidario, especialmente a favor de los más necesitados.

Seguramente, nuestra Señora e Guadalupe, la que siempre está como Madre nuestra, interceda por este pueblo que Dios le encomendó y a quien sirve con maternal solicitud.

Amén.

 
 
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