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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en la celebración del Bautismo del Señor
, en la Basílica de Guadalupe.

10 de enero de 2010
Año Sacerdotal

SOMOS OBRA DEL ESPÍRITU

Mis amados hermanos y hermanas, demos gracias a Dios que, por su Espíritu, hemos sido hechos hijos suyos para gloria de su nombre, pues, por el bautismo fuimos rescatados del poder del pecado y llevados a una vida perfecta en Cristo, Jesús.

La fiesta del Bautismo del Señor es la última del ciclo navideño. Una fiesta que expresa, como la de la Epifanía, que Jesús, el niño nacido en Belén, es la manifestación de Dios mismo: es el Hijo amado de Dios. Este tono de manifestación aún se mantendrá el domingo próximo. Cuando contemplemos a Jesús transformando el agua insípida de la humanidad en el delicioso vino el Rey.

Mis amados hermanos, el ciclo de Navidad propiamente acaba hoy. Y, miren, mis amados hermanos, a las orillas del Jordán, Juan Bautista predica la conversión de los pecadores para acoger el Reino de Dios que se aproxima. Jesús desciende con la gente al agua para hacerse bautizar. El bautismo para los judíos era un rito penitencial, al cual se acercaban confesando los propios pecados. Sin embargo, el bautismo que Jesús recibe no es un bautismo de penitencia. La manifestación inesperada del Padre y del Espíritu le da un significado preciso. Jesús es proclamado “Hijo amado del Padre” y sobre Él se posa el Espíritu Santo, Él está invadido y lleno de Espíritu Santo, que lo reviste de la misión de Profeta, Sacerdote y Rey, y por eso Él nos va a participar también de esta triple misión llenándonos la piel de Espíritu Santo.

Los invito, hermanos, a ver con mayor detenimiento, el mensaje de cada una de las lecturas bíblicas, que la liturgia nos propone hoy para nuestra, a fin de encontrarnos con nuestro Buen Padre Dios y dejarnos enseñar por Él.

El trozo de Isaías, que acabamos de escuchar en la primera lectura, es el anuncio del próximo retorno del pueblo elegido de Babilonia a Jerusalén. Es una verdadera explosión de alegría no tanto por el acontecimiento histórico en sí mismo, sino por los motivos invisibles relacionados con la liberación: se habla del perdón total de los pecados ya expiados y del restablecimiento de la amistad entre Dios y su pueblo, en donde Dios actúa como un  pastor en medio de su rebaño. Se trata, mis amados hermanos, del pastor que viene con poder pero sobre todo con amor, con ternura como tal, con un amor muy especial que libera a el pueblo. A esta voluntad divina de encontrarse con el hombre debe corresponder la voluntad del hombre de encontrarse con su Dios.

El Salmo Responsorial, el 103, nos ha hecho cantar la alabanza, el agradecimiento por el don que Dios nos hace de su propia grandeza: ¡Alaba alma mía al Señor! ¡Alaba alma mía al Señor! ¡Dios mío, qué grande eres!” La grandeza que por la fe descubrimos en la pequeñez de Jesús, pequeño en Belén, pequeño en su Bautismo, pequeño en la cruz. San Pablo, en la carta a Tito, reflexiona sobre la salvación que Jesucristo nos ha dado y que hemos recibido por el Bautismo. Es un texto para meditarlo detenidamente, un texto muy denso y rico.

El trozo del Evangelio de san Lucas que acabamos de escuchar, mis amados hermanos, es muy semejante al de Mateo y de Marcos, especialmente en la primera parte, donde está, diríamos, la interrogante del pueblo acerca de la identidad del bautista. Juan aclara, sin ambages, que no es el Mesías; que es tan distinto, que ni siquiera se debe comparar. Según san Juan Crisóstomo, comentando el Evangelio de Mateo, el Bautista querría decir: “En realidad, yo no merezco contarme entre sus esclavos, ni siquiera entre sus ínfimos esclavos ni desempeñar la parte más humilde de su servicio. Por eso no habló de su sandalia, sino de la correa de su sandalia; lo que le parecía el último extremo a que se podía llegar”. (Hom. sobre el Ev. de Mt., 11,5). Propio de Lucas es el hecho de que Jesús esté en oración al momento de su bautismo, y el don del Espíritu Santo, en forma visible como de paloma, es como la respuesta a esa oración. Esto, mis queridos hermanos y hermanas, es algo muy propio de este evangelista. Se dice que el cielo se abrió y bajó el Espíritu Santo. Al respecto dice san Hipólito: “Antes, las puertas del cielo permanecían cerradas y la región de arriba era inaccesible” lo cual significa, continúa el padre de la Iglesia, que “se hizo la reconciliación del invisible con los invisibles, del inaccesible con nosotros, mis hermanos. Los poderes del cielo se llenaron de alegría y fueron curadas las enfermedades de la tierra; las cosas que permanecían escondidas salieron a la luz; los que estaban entre el número de los enemigos se hicieron amigos” (Hom. sobre la santa Teofanía, 6).

Mis amados hermanos y hermanas, esta fiesta del Bautismo de Jesús es la celebración de la manifestación de la Trinidad en nombre de la cual somos bautizados nosotros los cristianos (cf. Orígenes, en Ev. de Mt., 58).Pero la narración es también una descripción de la Iglesia que, como Jesús, ora y hace que descienda el Espíritu sobre nosotros para que seamos hijos de Dios. De manera que cada vez que la Iglesia bautiza, se oye, en cierto modo, la voz del Padre que nos llama hijos amados, pues, ve en nosotros a su propio Hijo, cuando tú, cuando yo, cuando nosotros fuimos bautizados se escuchó esa voz del Padre: eres mi hijo amado, eres mi predilecto, eres mi consentido. Y por eso también en ese momento nos lleno de Espíritu Santo.

Mis amados hermanos, ¡esa es nuestra vocación ser hijos de Dios! Quiero decir, hermanos, que estamos llamados a realizar el proyecto del Padre en nosotros y a favor de todos los que Él nos quiera encomendar. El bautismo, mis hermanos, nos pone en comunión con Dios, comunión íntima, en comunión con la Trinidad Santa y con su familia santa: el pueblo de Dios, la Iglesia. Por este sacramento pasamos de la solidaridad en el pecado al la solidaridad en el amor de hermanos.

Por eso, mis queridos hermanos y hermanas, podemos decir; una vez más que vivir cristianamente, no es otra cosa que vivir el propio bautismo, que vivir cristificados. Ojalá nos interesáramos todos en vivir, paso a paso, el proceso catecumenal y de reiniciación cristiana que se nos propone hoy en la Iglesia, especialmente como nos lo recomienda nuestro padre y pastor de esta Arquidiócesis de México. Es urgente revalorar nuestro propio bautismo como señal de nuestra opción por una vida cristiana más intensa y testimonial. A la luz de esta reflexión, podríamos también revalorar el bautismo de los niños, no para suprimirlos, sino para cuidar más las formas como lo celebramos y las catequesis que impartimos.

Que Nuestra Preciosa Niña y Celestial Señora, Santa María de Guadalupe nos alcance la gracia de renovarnos continuamente para vivir más coherentemente nuestra condición de hijos adoptivos de Dios y nos pongamos, por el testimonio, al servicio de los alejados de la práctica cristiana y de los que todavía no creen.

Amén.

 

 
 
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