SOMOS
OBRA DEL ESPÍRITU
Mis amados hermanos y
hermanas, demos gracias a Dios que, por su Espíritu, hemos sido
hechos hijos suyos para gloria de su nombre, pues, por el bautismo
fuimos rescatados del poder del pecado y llevados a una vida
perfecta en Cristo, Jesús.
La fiesta del Bautismo del Señor es la
última del ciclo navideño. Una fiesta que expresa, como la de
la Epifanía, que Jesús, el niño nacido en Belén, es la manifestación
de Dios mismo: es el Hijo amado de Dios. Este tono de
manifestación aún se mantendrá el domingo próximo. Cuando contemplemos
a Jesús transformando el agua insípida de la humanidad en el
delicioso vino el Rey.
Mis amados hermanos, el ciclo de Navidad
propiamente acaba hoy. Y, miren, mis amados hermanos, a las
orillas del Jordán, Juan Bautista predica la conversión de los
pecadores para acoger el Reino de Dios que se aproxima. Jesús
desciende con la gente al agua para hacerse bautizar. El bautismo
para los judíos era un rito penitencial, al cual se acercaban
confesando los propios pecados. Sin embargo, el bautismo que
Jesús recibe no es un bautismo de penitencia. La manifestación
inesperada del Padre y del Espíritu le da un significado preciso.
Jesús es proclamado “Hijo amado del Padre” y sobre Él
se posa el Espíritu Santo, Él está invadido y lleno de Espíritu
Santo, que lo reviste de la misión de Profeta, Sacerdote y Rey,
y por eso Él nos va a participar también de esta triple misión
llenándonos la piel de Espíritu Santo.
Los invito, hermanos, a ver con mayor
detenimiento, el mensaje de cada una de las lecturas bíblicas,
que la liturgia nos propone hoy para nuestra, a fin de encontrarnos
con nuestro Buen Padre Dios y dejarnos enseñar por Él.
El trozo de Isaías, que acabamos de escuchar
en la primera lectura, es el anuncio del próximo retorno del
pueblo elegido de Babilonia a Jerusalén. Es una verdadera explosión
de alegría no tanto por el acontecimiento histórico en sí mismo,
sino por los motivos invisibles relacionados con la liberación:
se habla del perdón total de los pecados ya expiados y del restablecimiento
de la amistad entre Dios y su pueblo, en donde Dios actúa como
un pastor en medio de su rebaño. Se trata, mis amados hermanos,
del pastor que viene con poder pero sobre todo con amor, con
ternura como tal, con un amor muy especial que libera a el pueblo.
A esta voluntad divina de encontrarse con el hombre debe corresponder
la voluntad del hombre de encontrarse con su Dios.
El Salmo Responsorial, el 103, nos ha
hecho cantar la alabanza, el agradecimiento por el don que Dios
nos hace de su propia grandeza: ¡Alaba alma mía al Señor!
¡Alaba alma mía al Señor! ¡Dios mío, qué grande eres!” La
grandeza que por la fe descubrimos en la pequeñez de Jesús,
pequeño en Belén, pequeño en su Bautismo, pequeño en la cruz.
San Pablo, en la carta a Tito, reflexiona sobre la salvación
que Jesucristo nos ha dado y que hemos recibido por el Bautismo.
Es un texto para meditarlo detenidamente, un texto muy denso
y rico.
El trozo del Evangelio de san Lucas que
acabamos de escuchar, mis amados hermanos, es muy semejante
al de Mateo y de Marcos, especialmente en la primera parte,
donde está, diríamos, la interrogante del pueblo acerca de la
identidad del bautista. Juan aclara, sin ambages, que no es
el Mesías; que es tan distinto, que ni siquiera se debe comparar.
Según san Juan Crisóstomo, comentando el Evangelio de Mateo,
el Bautista querría decir: “En realidad, yo no merezco contarme
entre sus esclavos, ni siquiera entre sus ínfimos esclavos ni
desempeñar la parte más humilde de su servicio. Por eso no habló
de su sandalia, sino de la correa de su sandalia; lo que le
parecía el último extremo a que se podía llegar”. (Hom.
sobre el Ev. de Mt., 11,5). Propio de Lucas es el hecho de que
Jesús esté en oración al momento de su bautismo, y el don del
Espíritu Santo, en forma visible como de paloma, es como la
respuesta a esa oración. Esto, mis queridos hermanos y hermanas,
es algo muy propio de este evangelista. Se dice que el cielo
se abrió y bajó el Espíritu Santo. Al respecto dice san Hipólito:
“Antes, las puertas del cielo permanecían cerradas y la región
de arriba era inaccesible” lo cual significa, continúa el
padre de la Iglesia, que “se hizo la reconciliación del invisible
con los invisibles, del inaccesible con nosotros, mis hermanos.
Los poderes del cielo se llenaron de alegría y fueron curadas
las enfermedades de la tierra; las cosas que permanecían escondidas
salieron a la luz; los que estaban entre el número de los enemigos
se hicieron amigos” (Hom. sobre la santa Teofanía, 6).
Mis amados hermanos y hermanas, esta
fiesta del Bautismo de Jesús es la celebración de la manifestación
de la Trinidad en nombre de la cual somos bautizados nosotros
los cristianos (cf. Orígenes, en Ev. de Mt., 58).Pero la narración
es también una descripción de la Iglesia que, como Jesús, ora
y hace que descienda el Espíritu sobre nosotros para que seamos
hijos de Dios. De manera que cada vez que la Iglesia bautiza,
se oye, en cierto modo, la voz del Padre que nos llama hijos
amados, pues, ve en nosotros a su propio Hijo, cuando tú, cuando
yo, cuando nosotros fuimos bautizados se escuchó esa voz del
Padre: eres mi hijo amado, eres mi predilecto, eres mi consentido.
Y por eso también en ese momento nos lleno de Espíritu Santo.
Mis amados hermanos, ¡esa es nuestra
vocación ser hijos de Dios! Quiero decir, hermanos, que
estamos llamados a realizar el proyecto del Padre en nosotros
y a favor de todos los que Él nos quiera encomendar. El bautismo,
mis hermanos, nos pone en comunión con Dios, comunión íntima,
en comunión con la Trinidad Santa y con su familia santa: el
pueblo de Dios, la Iglesia. Por este sacramento pasamos de la
solidaridad en el pecado al la solidaridad en el amor de hermanos.
Por eso, mis queridos hermanos y hermanas,
podemos decir; una vez más que vivir cristianamente, no es otra
cosa que vivir el propio bautismo, que vivir cristificados.
Ojalá nos interesáramos todos en vivir, paso a paso, el proceso
catecumenal y de reiniciación cristiana que se nos propone hoy
en la Iglesia, especialmente como nos lo recomienda nuestro
padre y pastor de esta Arquidiócesis de México. Es urgente revalorar
nuestro propio bautismo como señal de nuestra opción por una
vida cristiana más intensa y testimonial. A la luz de esta reflexión,
podríamos también revalorar el bautismo de los niños, no para
suprimirlos, sino para cuidar más las formas como lo celebramos
y las catequesis que impartimos.
Que Nuestra Preciosa Niña y Celestial
Señora, Santa María de Guadalupe nos alcance la gracia de renovarnos
continuamente para vivir más coherentemente nuestra condición
de hijos adoptivos de Dios y nos pongamos, por el testimonio,
al servicio de los alejados de la práctica cristiana y de los
que todavía no creen.
Amén.