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Versión estenográfica
H
omilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la
Noche de la Vigilia Pascual, en la Basílica de Guadalupe.

3 de abril de 2010
Año Sacerdotal

 

Mis amados hermanos y hermanas, Cristo ha resucitado ¡Aleluya! ¡Aleluya!

¡Te alabamos Señor por tus obras magnificas! Esto lo estamos diciendo al Señor cuando cantamos el Aleluya. ¡Te alabamos por tus obras magnificas Señor, porque en este día has sacado de entre los muertos al gran pastor de las ovejas nuestro Señor Jesucristo, que todo ser que alienta alabe tu nombre Señor ahora y por los siglos de los siglos! Amén.

Mis amados hermanos, hemos abierto esta Vigilia Pascual, con una pequeña maravilla. La Basílica estaba totalmente a oscuras y entre todos poco a poco la hemos ido iluminando a partir de la luz tomada del Cirio Pascual; a partir de la luz de Cristo. Porque sólo quien se deja iluminar por Cristo y encender por Cristo ilumina, irradia, paz, amor, verdad y justicia.

Primero hemos encendido con fue nuevo el Cirio Pascual, mirémoslo ¡qué hermoso! representa a Jesús; Jesús vive ahora; Jesús viviente ahora y por eso el Cirio tiene grabadas las cifras 2010. Estaba apagado, como habían apagado la vida de Jesús en la cruz. Lo hemos encendido con fuego nuevo recordando que el Padre lo ha resucitado y lo ha enaltecido.

Jesús es la luz del mundo. Nosotros que estábamos en la oscuridad hemos encendido nuestros cirios a partir del Cirio Pascual. Y hemos hecho retroceder la oscuridad, somos muchos pero formamos una sola luz, la del Cirio Pascual, la luz de Cristo.

Mis hermanos y hermanas, estrenemos las fiestas pascuales ¡Aleluya! El Señor nos llama a iluminar con la luz de Cristo nuestro mundo. Quizás alguien pensará: ¿qué puedo yo hacer yo contra el mal, contra el odio, contra la guerra, contra la desesperanza, contra el miedo, contra la tristeza? ¿qué puedo hacer yo contra la violencia, contra la inseguridad, los secuestros, contra el narcotráfico, contra la injusticia y la corrupción? Puedes encender tu corazón en la luz de Jesús; puedes ayudar al hermano a encender el suyo, recuérdalo. Si la luz de Cristo está contigo, la oscuridad no podrá vencerte.

Nuestro Cardenal Norberto Rivera, con sus Obispos Auxiliares, nos han entregado un mensaje lleno de esperanza: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí ha resucitado, el Señor está vivo. El mismo que vimos sepultado y crucificado, no está en el sepulcro ha atravesado el umbral que nadie había pasado jamás y lo contemplamos glorioso, revestido de majestad y hermosura.  Y dicen nuestros obispos de esta Arquidiócesis de México: Esta es la alegre noticia, que ilumina nuestra cruda realidad. Un México que se desgarra en la brutal e irracional violencia fruto de la codicia, del ansia de poder, de la corrupción sin escrúpulos, de la pérdida de valores cristianos y humanos, de la desintegración familiar y de la política ejercida, como poder carente de su vocación, que es el servicio a la patria. El triunfo del Señor es un acontecimiento, que nos da la certeza de que el mal no tendrá la última palabra en la destrucción que deja a su paso el crimen organizado, la violencia de los derechos humanos en el sufrimiento de miles de familias inocentes que padecen los estragos de una guerra. Si hacemos vida este misterio de la resurrección del Señor que estamos celebrando encontraremos una respuesta a la pobreza que sufren miles de familias que no tienen oportunidades para vivir dignamente, a los millones de jóvenes que no vislumbran un futuro alentador; a la niñez que sufre la ausencia de sus padres y una educación deficiente en auténticos valores; a las políticas perversas que aprueban leyes asesinas como la del aborto o inmorales, como las que atacan la naturaleza y santidad del matrimonio y sacarifican los derechos superiores de los niños. A la luz de este acontecimiento de la resurrección debemos ver también la crisis que estamos padeciendo al interior de nuestra Iglesia a raíz de que algunos sacerdotes deshonestos y criminales con sus abominables acciones de abusos de niños inocentes han dañado irremediablemente a sus víctimas, han traicionado su ministerio sagrado. Han enlodado a la Iglesia y han avergonzado a sus hermanos sacerdotes. desde el triunfo del Señor sobre el pecado y la muerte la fe nos invita a ver más allá de la cruz y la tumba, pues, el sepulcro estaba vacío.

El Señor ha resucitado, está entre nosotros y pide transformar nuestra vida, desatarla de las vendas de la codicia y del poder de la corrupción, de la violencia embrutecida, de la indiferencia, de la intolerancia y de la inmoralidad. Nos pide voltear la mirada a Él, el único que puede sanar nuestras heridas; Él único que puede transformar nuestra muerte en vida y recuperar la esperanza, para nuestra patria tan amada, por su misericordioso corazón y que brotó del regazo de nuestra preciosa Niña Santa María de Guadalupe.

Hasta aquí las palabras de nuestros obispos.

Mis amados hermanos y hermanas, esta que estamos celebrando en la noche y en la madrugada más bella de la historia, es la noche y la madrugada más esperada. La idea del cuerpo muerto de Jesús pesaba sobre sus amigos más que la losa del sepulcro. Tres mujeres se disponían a embalsamarlo con aromas no podían dejarle así amaban al Maestro; amaba a Jesús y eran activas, pero no podían salirse del contexto de la muerte, lo amortajarían como es debido, necesitarían ayuda para correr la piedra que cerraba el sepulcro. Estos eran sus pensamientos cuando de repente descubren que la sepultura estaba abierta, abierta y vacía, y oyen una voz que les dice: Jesús, el Nazareno, el crucificado no está aquí ha resucitado. Miren el lugar donde lo pusieron en su momento, a la salida del sol en un momento todo había cambiado la muerte había sido vencida, vencida para siempre.

Miren, mis amados hermanos y hermanas, Pascua es eso, que Jesús ha pasado de la muerte a la vida y en el dinamismo de este paso de su Pascua, se nos lleva a nosotros bautizados en su nombre a bajo al fondo de la muerte para sacarnos de ella a nosotros. Ha asumido nuestro pecado para salvarnos de él. El sepulcro vacío de Jesús anuncia que todos los sepulcros han de quedar vacíos un día, y los hospitales, las cárceles, los campos de concentración, los antros de perdición de nuestros jóvenes adolescentes y los antros de torturas. La resurrección de Jesús anuncia la nuestra y funda así la única esperanza solida de los hombres. Cristo resucitado da respuesta a todas nuestras esperanzas, la que necesita una palabra de perdón; un gesto que lo levante; una medicina que lo cure definitivamente o el que espera algo que ilumine su vida de una relación integradora de un encuentro amoroso.

Hoy, mis amados hermanos y hermanas, pensamos en nuestro bautizo y nos ratificamos discípulos de Cristo, seguidores de Jesús y nos ratificamos en la fe de la Iglesia y nos sentimos agradecidos y felices de a ver sido bautizados. Renovamos las promesas de aquel bautismo. El apóstol Pablo, que hemos escuchado en las lecturas después del Viejo Testamento, de estos textos maravillosos, nos lo ha recordado: debemos andar, dice Pablo, una vida nueva considerándose muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. Durante el tiempo cuaresmal nos hemos ido preparando para ellos, ahora es el momento de hacer posible que el mundo conozca a Jesús en la novedad de la vida de lo que somos sus discípulos. Por eso nosotros el mejor testimonio que podemos dar es tener siempre una cara pascua, una cara feliz, porque el corazón expresa y manifiesta esa felicidad y alegría en el rostro, en los ojos, en las actitudes. Ojala que ninguno este con cara de empachado, porque Cristo ha resucitado; porque Cristo vive. Si está empachado que vaya con el médico, pero que su cara la ponga alegre.

Hermanos, miren, nuestro compromiso, nuestro reto, nuestra tarea es la de sembrar semillas de resurrección, es decir: poner gracia en el fondo de las penas. ¿Quién de nosotros no tiene penas? Pero hay que poner gracia ahí; esta gracia que Dios nos da permanentemente; poner salud donde está la herida; poner amor donde hay condena. Sembrar resurrección es poner perdón donde hay ofensas; sembrar resurrección es poner alegrías donde hay tristeza, poner unión donde hay discordia, poner esperanza donde hay desesperación, miedo, desilusión. Poner amor mucho, mucho amor donde hay odio, donde hay egoísmo, donde haya excluidos, levantar a los que yacen en el polvo.

Mis hermanos, la comunión, el meter al pobre, al que sufre en el corazón, en el corazón de Jesús, en el corazón nuestro también, en el corazón de la Morenita del Tepeyac, Santa María de Guadalupe. Sembrar resurrección es anunciar y trabajar por los valores del Reino.

Que nuestra dulce Madre del Tepeyac, nuestra Muchachita y Celestial Señora, la Virgen de la nueva vida, al que nos trajo al arraigadísimo Dios por quien se vive, testigo fiel del resucitado, nos enseñe y nos acompañe por los caminos de la vida nueva que su Hijo trasmite por su Espíritu, Espíritu Santo. Que glorioso Jesús abre su costado y lo derrama a chorros a raudales sobre nosotros.

Que Ella nos enseñe a dar gracias y a bendecir a nuestro Dios por las grandes maravillas, que ha hecho entre nosotros y a favor nuestro.

Amén.

¡Aleluya!

 
 
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