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Homilía
pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México, en la Basílica de Guadalupe, con motivo del primer aniversario de la Canonización de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
                                                                                                                                    
31 de julio del 2003

              Dios y su Madre Santísima saben cuánto es el gozo de un servidor de ustedes, actual sucesor de fray Juan de Zumárraga, al poder celebrar este primer aniversario de la canonización de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el humilde mensajero de Santa María de Guadalupe, a quien mi predecesor recibió con inicial desconfianza, pero que fue nada menos que el instrumento providencial de Dios para el nacimiento de nuestra Iglesia mexicana y nuestra patria mestiza, hija de dos aparentemente irreconciliables enemigos, trabados entonces en odios, abusos y enfrentamientos.

              San Pablo, en su carta a los efesios, proclama algo que, hablando de nuestro México, podemos y debemos nosotros repetir literalmente: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que por medio de Él nos ha bendecido desde el cielo con toda bendición del Espíritu. Porque nos eligió con Él, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos y sin defecto a sus ojos, por el amor; destinándonos, ya entonces, a ser adoptados por hijos suyos, por medio de Jesús Mesías -conforme a su querer y a su designio- a ser un himno a su gloriosa generosidad, que derramó sobre nosotros por medio de su Hijo querido, el cual, con su sangre, nos ha obtenido la liberación, el perdón de los pecados, muestra de su inagotable generosidad. Y la derrochó con nosotros -y ¡con cuánta sabiduría e inteligencia! revelándonos su designio secreto, conforme al querer y proyecto que él tenía para llevar la historia a su plenitud: hacer la unidad del universo por medio del Mesías, de lo terrestre y de lo celeste.” (Ef. 1, 3-10). Esto, literalmente lo vimos realizarse en nuestra tierra, y con un toque aún más amoroso de lo pudieron sentir los efesios, pues aquí el amor divino nos lo confirió con una delicadísima caricia materna, al hacer de María Santísima y de Juan Diego los definitivos proclamadores de su Evangelio en nuestra tierra.

              Ese “ser adoptados por hijos suyos” nos lo proclamó Ella, y nos lo transmitió san Juan Diego, pues, habiéndole confiado que era “la siempre Virgen Santa María, Madre del arraigadísimo Dios… por quien se vive… del Dueño del cerca y del junto, del Creador de las Personas, del Dueño del cielo y de la tierra”, le reveló también que era Madre suya y “de todos los que en esta tierra estábamos en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, lo que a mí clamen, los que busquen, los que confíen en mí” (Nican Mopohua, vv, 30-31). Verdaderamente derrochó con nosotros su “sabiduría e inteligencia” al organizar nuestro “Acontecimiento Guadalupano”, algo tan grandioso y tan sencillo que Su Santidad el Papa Juan Pablo II no ha dudado en calificarlo, reiteradamente, como un maravilloso “ejemplo de evangelización perfectamente inculturada” , y extender, por ello, su fiesta a todo nuestro Continente Americano.

              Nuestros antepasados indios ya escuchaban entonces, a través de Zumárraga y de los otros heroicos misioneros españoles, ese “designio secreto” que Dios, desde un principio, había tenido de “llevar la historia a su plenitud: hacer la unidad del universo por medio del Mesías, de lo terrestre y de lo celeste”, pero no podían acabarlo de entender, al no poder enmarcarlo dentro de los parámetros de su cultura, que concebía que sólo en el mundo de Dios podía haber unidad, pues en este mundo del hombre todo era incesante guerra entre el sol, la luna y las estrellas, guerra en el que el hombre estaba convocado a participar.

              Por eso María Santísima, a través de san Juan Diego, les "inculturó" ese designio secreto de su Hijo, haciendo que brotaran en nuestro árido Tepeyac bellísimas flores divinas, estampando en su tilma su imagen maravillosa, en la que se les mostraba simultáneamente virgen y madre preñada de un nuevo Sol, al cual el sol de antes, la luna y las estrellas reverenciaban, nimbándola a Ella en perfecta paz, con lo que pudieron al instante comprender “la unidad del universo por medio del Mesías, de lo terrestre y de lo celeste”, que “’Él es modelo y fin del universo creado; Él es antes que todo, y el universo tiene en él su consistencia. Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia, el principio, el primero en nacer de la muerte, para tener en todo la primacía, pues Dios, la plenitud total, quiso habitar en Él, para, por su medio, reconciliar consigo el universo, lo terrestre y lo celeste, después de hacer la paz por su sangre derramada en la cruz.” (Col. 1, 17-20), y que Ella amorosamente los invitaba a incorporarse a El, invitación que aceptaron al instante, corriendo al Bautismo con desbordante entusiasmo; adelantando un paso más en el camino de la Humanidad a la plena unidad escatológica, cuando "toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda boca proclame que Jesús, el Mesías, es Señor para gloria de Dios Padre" (Fil. 2, 10-11).

              San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, primer santo indígena americano, fue protagonista y fiel portador de ese máximo regalo que nos otorgó el amor divino: el Acontecimiento Guadalupano, que vino a convertirse en el puente de unión entre la cultura india y la cultura española, entre dos pueblos que habían estado enfrentados uno en contra del otro, y todo “con un eje religioso, que le da cohesión e identidad nueva y que desembocó en la formación de una raza mestiza. En este contexto, Juan Diego brilla como uno de los protagonistas de esta síntesis admirable: por un lado es indígena con los suyos, con una tradición que venía desde remotos antepasados y cuya permanencia en el tiempo era sinónimo de verdad, por otro lado, entra en contacto con el mundo de lo «nuevo» y que, por lo mismo, no tenía garantía de veracidad. No obstante, aprende a dialogar con la fuente de los símbolos españoles: la Virgen María y el fruto bendito de su vientre, Jesús, y lo asimila de manera excepcional en una experiencia religiosa que deja ver la fuerza de gracia en el escogido. La historia de las apariciones es el testimonio vivo de la eficacia de Maria como Maestra de un laico indígena evangelizador” , quien, entregándose en sus manos maternas, supo ser “eslabón entre el mundo antiguo mexicano, no cristiano, y la propuesta misionera venida por la mediación de España. Él es el elegido por Dios para el encuentro de Jesucristo con la cultura indígena, a través de la mediación de María.”

               Con gozo constatamos, con ese maravilloso ejemplo, cómo la omnipotencia divina supo completar el trabajo de los evangelizadores, adaptando su Evangelio a la cultura de los evangelizados, prueba paladina del cumplimiento de la promesa de Jesús al enviar a sus discípulos a enseñar a todas las naciones, con la certeza de que "-¡Yo estaré con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo!" (Mt 28, 20). Esto es, precisamente, lo que nos alienta y estimula a continuar nuestra tarea evangelizadora, conscientes de que, si entregamos a su servicio el total de nuestras pobres fuerzas, como tan generosamente supieron hacerlo los misioneros que roturaron este virgen campo de América, Dios completará nuestros esfuerzos con su Gracia y aun, como en este caso, con un portentoso milagro de evangelización inculturada.

              En la homilía que pronunció nuestro Santo Padre aquí mismo, en este bendito suelo de Tepeyac, el día de la Beatificación de Juan Diego, el 6 de mayo de 1990, hacía resaltar que “a semejanza de los antiguos personajes bíblicos, que eran una representación colectiva de todo el pueblo, podríamos decir que Juan Diego representa a todos los indígenas que acogieron el Evangelio de Jesús, gracias a la ayuda maternal de María, inseparable siempre de la manifestación de su Hijo y de la implantación de la Iglesia, como lo fue su presencia entre los apóstoles en día de Pentecostés.”

              San Juan Diego, fue un indio con todas las virtudes que ennoblecen su raza: digno y humilde, sencillo y resuelto, modelo de Santidad; un indio que trató de vivir siempre de una manera coherente con su fe, un indígena que supo hacer de su humildad y sencillez su fortaleza; un hombre mexicano que llevaba en su sangre, en su piel morena, la silueta de las montañas de México, en su trote seguro las aguas de los ríos y manantiales de nuestro país; en sus ojos suaves la mirada de la dulce Señora del Cielo. María fijó sus ojos en él, designándolo "su embajador, en quien absolutamente depositaba su confianza" (Nican Mopohua, v. 139), para transmitir su mensaje de amor, de consuelo, de ternura, de fe, de esperanza a todo un pueblo nuevo, mestizo, que nacía entre dolores de parto.

              San Juan Diego fue un laico y misionero. Esta es la hora precisamente de los laicos misioneros. Como ya también nos exhortaba el Santo Padre aquel 6 de mayo de 1990 “«a todos los fieles laicos de esta nación» para que asuman todas sus responsabilidades en la transmisión del mensaje evangélico y en el testimonio de una fe viva y operante en el ámbito de la sociedad mexicana. Desde este lugar privilegiado de Guadalupe, corazón de México siempre fiel, deseo convocar a todo el laicado mexicano a comprometerse más activamente en la re-evangelización de la sociedad. Por tanto, hijas e hijos queridísimos, seguid firmes y mantened las tradiciones que vuestros antepasados, indios y europeos os enseñaron de palabra o por carta. Y que este mismo Señor Nuestro, Jesús el Mesías en persona, a través de su Madre Santísima, y Dios nuestro Padre que nos ha amado tanto y que graciosamente nos ha dado un ánimo indefectible y una magnífica esperanza, os anime interiormente y os afiance en todo bien, de palabra y de obra.”

              ¡Qué hermoso es ver al Mensajero correr por los montes llevando consigo el tesoro divino, el anuncio de la Salvación para todos los pueblos! (Cfr. Is 52, 7). Juan Diego, indio fiel y sencillo, humilde y recio, de corazón limpio, mensajero que nos trajiste la gran noticia de que la Madre de Dios, la Niña del Cielo, puso su mirada en este pueblo, que su hermosa persona se posó en nuestro suelo para darnos a Quien es todo su Amor y Consuelo, para entregarnos a su propio Hijo, Hijo de Ella, Hijo de Dios, ten misericordia de nosotros, clama y proclama, una vez más, tu mensaje sobre estos montes y valles, entre los espinos y abrojos de las injusticias, entre la aridez y el polvo de la corrupción, entre las piedras y la desolación de las falsedades, exactamente ahí donde más se necesita la calidez de la verdad, la fragancia de la justicia, la fertilidad de la paz. Ya que tan fielmente nos transmitiste su mensaje, obtennos ahora que nuestra Madre del Cielo, la Niña hermosa de la piel morena, nos haga el milagro de vernos todos como verdaderos hermanos, hijos del mismo Padre celestial.

 
 
 
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